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Año Nuevo
"...charlo con mi madre por teléfono y la escucho reír, feliz con mi hermano, en la misma casa donde una vez fuimos tan tristes." Relato
Por Silvia Fernández Tito Publicado en Relatos en 12 abril, 2021 8 Comentarios 9 min lectura
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Año Nuevo

 

La noche del 31 de diciembre es como la espina de un cactus que consigue atravesar la planta de un zapato y llega al pie desnudo; una de esas noches a las que me gustaría volver por el simple hecho de comprobar cómo sucedieron verdaderamente las cosas. Mi madre tiene una versión, yo tengo la mía, mi hermano tiene la suya, mi padre, mi abuelo, mis tíos y hasta mis primos tienen la suya; y sin embargo, nunca hemos juntado todas esas versiones, nunca construimos una versión única a la cual aferrarnos. Tal vez por eso es un recuerdo amargo. Una herida abierta.
Cierro los ojos y de alguna manera espero encontrar algo en mis pantanosos recuerdos que me diga que me equivoco, que durante doce años me equivoqué, que estuve mal, absolutamente errada, que todo fue cuestión del alcohol y de las copas demás y de la hora y del ambiente oscuro del salón. Pero no.
Papá miró a tía Vera durante toda la noche. Mientras mamá sacaba el chancho del horno, mientras ambas preparaban la ensalada, mientras la tía fregaba los platos. Papá estuvo pendiente de esa mujer durante toda la noche y nadie se dio cuenta, ni siquiera mi madre, para quien las aventuras de mi padre no eran algo nuevo, sino río pasado. Mamá siempre ha sido así: confiada, muy confiada, y olvidadiza. De esas personas para las que perdonar significa empezar de nuevo sin voltear a ver los errores.
Yo tenía trece años, pero seguía comportándome como una niña. Nada de ayudar en la cocina, yo estaba en el patio correteando con mis primos; riendo con Julia, jugando a la pelota con José, enseñando a Magalí paradas de manos. Mi hermano también estaba con nosotros. Él sí que iba a la cocina para ver si mamá necesitaba ayuda, pero ella lo despachaba. Los Años Nuevos tenían eso de mágico, de repente solo las mujeres adultas cocinaban y los niños éramos libres de jugar, de prender cohetes, de subir y dormitar un rato antes de que llegase la hora de la cena –en mi casa se cena justo después de medianoche–. Por el rabillo del ojo, en mitad de alguna pirueta, vi como papá estaba atento a la cocina. Como si quisiese ayudar, como si estuviese dispuesto a cocinar con mamá por primera vez en su vida. Me sorprendió, lo admito. Me reí de la sorpresa, lo recuerdo bien. Era como si por fin las cosas estuviesen listas para cambiar; el aire se sentía ligero, fresco, las flores del jardín se me hicieron luminosas, llené mis pulmones de ilusión.
En esa cena estaba presente solo la familia de mi madre. A las doce nos abrazamos entre todos, nos deseamos feliz año, besos por aquí y por allá y pequeños regalos sorpresa para los más pequeños. Miguel y José reventaron cohetes en el jardín, el resto subió a la terraza para ver los fuegos artificiales que llenaban de luz y colores el cielo. Más aplausos, risas y un poco de llanto. Tenía trece años y los buenos deseos iban dirigidos hacia mis calificaciones, hacia mi futura graduación del colegio, hacia mi futuro en general. Recuerdo que sentí que me hacía mayor esa noche, pero solo ahora sé con certeza hasta qué punto.
Después cenamos de lo lindo: el chancho había quedado estupendo, en su punto, y había tanta comida que cuando llegamos al postre ya nos dolía la panza. Los niños ayudamos a limpiar la mesa y recogimos los platos, dejándolos listos para lavar en la encimera de la cocina. Papá estaba bastante animado. Tenía los ojos rojos y la risa de quien tiene algo de alcohol en la sangre. Había estado bebiendo vino con mi tío y hacía de las suyas. Bailaba con mamá en mitad de un salón adaptado para el baile. La llamaba «mi vida, mi amor, mi cielo», palabras que solamente salían de su boca cuando ya estaba perdido.
Hoy estoy segura de que no lo estaba, que estuvo fingiendo todo ese tiempo. Si no, cómo habría conseguido esquivar la guardia de mi madre y la puerta (mamá tiene sus fantasmas de infancia, no le gusta que la gente borracha salga a la calle, dice que los accidentes suceden así, en los descuidos), cómo habría burlado al abuelo, que tiene un oído fino, cómo habría hecho la vista gorda con tía Norma, que fue la última en dormirse.
Antes de que el bailongo comenzara los niños ya habíamos huido escaleras arriba. El baile, los gritos de júbilo, los vasos de cerveza rebosantes, todo eso eran diversiones de adulto, en cambio, la de los niños eran mejores, mucho más entretenidas. Primero caminamos entre el tejado en busca de cohetes que no hubiesen reventado y después contamos historias de terror hasta que nos venció el sueño. En una misma habitación dormimos todos en colchones dispersos en el suelo.
Pienso que ambos, mi tía Vera y mi padre, estaban compinchados. Esperaron a que todos estuviésemos dormidos para tomar la llave de la puerta principal e irse a un motel. Apuesto lo que sea a que ambos subieron las escaleras de puntillas, que la mujer comprobó que los niños estuviésemos dormidos, que mi padre tomó las llaves del velador y le dio un vistazo a mamá antes de irse, porque todo su plan se habría ido al carajo si ella despertaba o a cualquiera nos entraban ganas de ir al baño en plena madrugada. Sin embargo, nada pasó, los dos salieron airosos por la puerta grande y tomaron un taxi de la esquina. En las grabaciones de seguridad se ve cómo mi padre le abre la puerta del coche a la tía Vera y luego él entra, cerrando la puerta de un portazo, perdiéndose entre las calles de una ciudad entumecida.
No creo que hubiesen contado con que mi madre se iba a despertar al poco rato, no lo suficientemente temprano como para evitar que se fueran, pero sí como para notar sus ausencias. Los buscó por toda la casa y, al no encontrarlos, sumó dos más dos es cuatro y armó la ecuación tan rápido que lo único que alcanzó a salir de su garganta fue el llanto que nos despertó primero a algunos, luego a la mayoría; un llanto tan vivo, tan lastimero que ni siquiera tuvo que explicar lo que sucedía. Sus ojos inundados lo decían todo, la ausencia de tía Vera y mi padre solo eran las pruebas.
Hasta la mañana del primero de enero albergué la esperanza de que mis padres no fuesen a ser como otros matrimonios; creía con fe ciega en que ellos lograrían mantenerse juntos pese a todo. Al ver a mi padre tan atento con mamá durante los meses previos a la fiesta de Año Nuevo, pensé que aquello era señal de que por fin se había dado cuenta de lo que tenía delante.
Al final resultó que los buenos tratos no eran otra cosa que una fachada, una treta más de las miles que él inventó durante años para irse con otras en secreto. Mi abuela, su madre, jura que su hijo es un santito, de esos que deberían estar en un altar y no bajo el título de divorciados.
No obstante, mi madre no se divorció de mi padre después de que él se fue con la tía. En cambio, mi tío sí que se divorció al cabo de un año, aunque al principio parecía tan decidido como mamá a salvar el desastre que ellos llamaban matrimonio.
Para que mi madre se diese cuenta de su propio valor tuvieron que pasar varios años, hasta que después de volver de una reunión con sus compañeros de trabajo, hizo las maletas y se marchó a un hotel. Así, de repente. Y también de repente pidió el divorcio. Nada de lo que hizo mi padre pudo convencerla para que se quedara.
Ese es el recuerdo. Al que vuelvo cada vez que tengo ocasión, sabe Dios por qué. Porque lo cierto es que me siento contenta cuando charlo con mi madre por teléfono y la escucho reír, feliz con mi hermano, en la misma casa donde una vez fuimos tan tristes.


Silvia Fernández Tito es alumna de la Décimo Primera Promoción del Máster de Narrativa y nació en Bolivia. Es comunicadora Social licenciada por la Universidad Autónoma Gabriel René Moreno. Ejerció como periodista en El Día y otros medios en la ciudad de Santa Cruz de la Sierra, además de haber incursionado en la fotografía.


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  1. Felicitaciones Silvia Fernández Tito. Me encanta tu narrativa. Yo escribo, sin publicar aún nada. Me gusta el cuento breve que habla de una vida. Tu lo haces demasiado bien. Me gustaría tener comunicación contigo. Soy Colombiana, Manizaleña, Psicóloga de profesión, madre divorciada y abuela nueva. Te deseo muchos éxitos y lluvias de bendiciones.

  2. Un relato precioso, la narrativa es directa pero te lleva al lugar y al tiempo, vives el momento, puedes formar parte. Duele el dolor de mujer. Una decisión que tarda, pero que es valiente y feliz.
    Enhorabuena.

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