menu Menú
Tardes de helado
"Tiro del vestido de mi madre pero ni se gira, sigue mirando al señor de los helados con la misma cara de tonta que, según ella, pongo yo cuando veo la tele." Relato
Por Jennifer Martínez Publicado en Relatos en 25 mayo, 2021 2 Comentarios 5 min lectura
Anterior Siguiente

Tardes de helado

 

Vamos a bajar a comprar un helado, mamá me lo prometió esta mañana. Hace unos días que vimos que por fin estaban limpiando la heladería. Mi preferido es el de stracciatella. Comer helado y no llevar leotardos es lo que más me gusta de mayo, aunque mis piernas sean blancuchas y torcidas; papá dice que es porque coloco mal los pies. Me tengo que poner otra vez las bambas «de ir al parque», son feas y siempre están sucias; mi madre, sin embargo, tiene un montón de zapatos, todos bonitos y limpios como los de la presentadora de master chef, que se ven los dedos de los pies y las uñas rojas. A mí no me deja pintármelas, y los zapatos bonitos, «de ir a restaurantes», tienen tiras blancas con brillos rosas y azules, y cuando me aburro me gusta ver cómo muevo los dedos de los pies al ritmo de la música que me invento, parecen culebrillas de río. Pero, bueno, lo importante aquí es el helado; todos los días, al volver del cole pasamos por delante de la heladería y siempre tiene las luces apagadas, los estantes de los conos vacíos, sillas amontonadas donde hacemos cola para elegir el sabor y las neveras sin luces llenas de bandejas que, en vez de helado verde, marrón, blanco, amarillo y rosa tienen todas, como los trajes de papá, el mismo tono de  gris.
Mamá no, ella tiene millones de vestidos de todos los colores y jerséis y zapatos. A veces abro su armario cuando estoy en casa porque todo huele a ella; también me pongo su perfume pero no huelo como su armario.
Me he sentado en el suelo, está frio, llevo no sé cuánto tiempo esperando a que salga del baño. Mi padre dice que las señoritas siempre se colocan el vestido con las manos debajo de las piernas para sentarse y que no se les vea nada, pero si me lo levanto así, solo con las braguitas, puedo notar mucho más el fresquito.

Por fin sale del baño, se ha puesto el pintalabios rojo, el que más me gusta, y el pelo suelto; está muy guapa. Yo siempre llevo coletas, a mí no me gustan, mis amigas del cole ya no las llevan, dicen que es de niña de infantil, también se meten con mis pecas, las odio, mi madre también tiene, pero no se le ven con el maquillaje.
Nunca usamos el ascensor. Al bajar por las escaleras, mi madre hace ese ruido que tanto me gusta con el tacón, muchas veces cuando estoy en casa sé que es ella la que llega por el ruido de sus zapatos. Yo intento hacerlo con los míos pero no suenan tan fuerte.

Al abrir la puerta de la heladería suena la campanilla y ya noto el sabor de las pepitas de chocolate del helado de stracciatella en mi boca, miro a mi madre, que saluda con una sonrisa gigante al señor de los helados, «me alegro que hayas vuelto», le dice. Nunca había pensado dónde está el señor de los helados en invierno, como era pequeña…, ahora ya tengo diez y sé que Asia es un continente y que ha pasado el invierno allí, supongo que porque siempre hace calor y puede seguir vendiendo helados. El señor nos dice lo de siempre: que parecemos hermanas, que yo estoy muy mayor y que por mi madre no pasan los años, bla, bla, bla y me pregunta si el de stracciatella sigue siendo mi helado favorito, le digo que sí con la cabeza porque me da un poco de vergüenza. Mi madre apoya el codo en el  mostrador y su cara sobre su mano con una sonrisa rara, le pregunta cosas sobre su casa allí, hablan sobre la paz del cerebro, la playa, el yoga, eso sí lo he entendido bien porque en gimnasia, los días de lluvia, hacemos yoga dentro de clase. Habla un montón y hace un rato que ya no le escucho porque estoy mirando los chorretones blancos que empiezan a caer por el cono de galleta, tiro del vestido de mi madre pero ni se gira, sigue mirando al señor de los helados con la misma cara de tonta que, según ella, pongo yo cuando veo la tele. Viéndola así apoyada, me doy cuenta de que también tiene las piernas torcidas.


Jennifer Martínez es alumna de la Décimo Segunda Promoción del Máster de Narrativa y nació en Avilés, Asturias. Estudió el grado de Lengua y Literatura Española en la Universidad Complutense de Madrid y desde el año pasado se dedica de tiempo completo a la escritura creativa.


Anterior Siguiente

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Cancelar Publicar el comentario

  1. Jennifer, solo darte las gracias por lo bonito que escribes. Me he imaginado en todo momento cada palabra que tu has narrado y ha sido muy especial. Enhorabuena y gracias por compartir esta parte tan íntima. Tienes mucha luz ❤️

  2. Es un texto que engancha y te hace querer leer más. Una historia oculta con la madre. Aunque lo relata una niña, te hace simpatizar y sentirte pequeña y la ilusión de ese helado.
    Buen inicio.

keyboard_arrow_up