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Los dragones del Führer
«Entre las trincheras la orden de atacar llega a gritos, como siempre.» Relato
Por Óscar Cerezo Publicado en Relatos en 28 septiembre, 2021 2 Comentarios 10 min lectura
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Los dragones del Führer

 

Hemos parado los pies a esos yankees que ganaron en Normandía. Pese a que estos bosques están costando mucha sangre al Reich, creo que no olvidarán este 16 de diciembre.

No ha dejado de nevar en todo el día y sus puestos de ametralladoras se confunden con el resto. Los copos son como trozos de tela hasta que llegan al suelo, donde se quedan quietos unos segundos y desaparecen. Somos más que ellos, pero solo podemos llegar hasta allí corriendo entre los árboles y las balas. Saltando sobre los que ya han caído y creando huellas nuevas que otros siguen.

Entre las trincheras la orden de atacar llega a gritos, como siempre. Los más jóvenes, los que no tendrán más de quince o dieciséis años comienzan a llorar. Otros se ajustan el casco y comprueban que sus armas tienen suficiente munición. Detrás de nosotros los morteros suenan mientras el mariscal de campo reparte las tabletas. Una vez que el amargor se deshace en la garganta dejas de tener hambre y sueño, y nos convertimos en dragones grises que salen volando de esos agujeros en la tierra. Rompemos las ramas y escupimos fuego. La nieve de las copas nos cae encima pero no sentimos el frío, nuestras escamas nos protegen mientras sacamos a los americanos de sus madrigueras y les mordemos hasta que dejan de moverse. Cuando todo acaba, cuando solo se oyen gritos en nuestro idioma y los brazos en alto del enemigo, algunos dragones yacen muertos, con los ojos abiertos y espuma en la boca, luego volvemos a ser soldados y caemos de rodillas sobre la nieve roja. No sé por qué se llevan en fila a los yankees, deberían acabar con todos por matar a los dragones del Führer.

Hoy solo se habla de los muertos de Malmedy. Los nuestros tomaron el pueblo y consiguieron atrapar a ochenta americanos, los oficiales de las SS los han colocado de rodillas, a todos, y después les han disparado en la nuca. La noticia se ha propagado como la pólvora encendida por toda Francia y ahora son ellos quienes ejecutan a todo aquel que se encuentran con una calavera de las SS. No hacen preguntas, solo disparan, y ya.

Por la tarde ha llegado una división Panzer y un centenar de soldados de la Luftwaffe, muchos de ellos están heridos y cuentan cómo los americanos y los ingleses están tomando el control de lo que durante tanto tiempo ha sido nuestro, aun así les hemos aplaudido. Cerrando el convoy iba un Tiger Ausf, hacía tiempo que no veía uno de esos monstruos de acero, es increíble, y hoy más que nunca me siento orgulloso de pertenecer a este ejército y su noble causa.

Parece que la masacre de Malmedy y sus represalias se han hecho con el valor de los que dudan del poder del Führer. Los conductores de los tanques han arrancado los emblemas de sus cuellos pues son muy parecidas a las calaveras de las SS; qué más quisieran ellos que pertenecer a ese grupo de elegidos. Yo mismo los mataría por alta traición a la patria. El único que luce orgulloso sus insignias es el carrista del Tiger y los suyos, los que ante nosotros han pintado dos nuevas rayas blancas en su cañón de 88 mm. He contado doce, doce tanques americanos menos. Por un momento me los he imaginado quemándose dentro de sus latas de hierro, gritando como ratas. El carrista del Tiger no habla mucho, solo fuma, bebe y luego revienta las botellas vacías contra la pared. Es moreno y de ojos marrones, no parece alemán.

El día no es muy frío para ser casi Navidad y las noticias que llegan son poco alentadoras, al parecer todos los pasos fronterizos con nuestro país están tomados por los que se hacen llamar «los aliados». Somos la última resistencia.

Está empezando a haber problemas con algunos soldados que abusan de la pervitina. Antes, muy al principio, nos la daban en tabletas de chocolate, ahora ya nadie se esconde, sabemos lo que es, lo que ese cristal nos provoca y nos gusta. Nos gusta convertirnos en dragones y matar americanos, nada nos puede parar, al menos en esos momentos en los que volamos sobre las trincheras. A medio día han fusilado a tres soldados que intentaron acabar con el mariscal de campo que administra las drogas. Eran chicos valientes.

Estamos rodeados, Bastogne, la ciudad que debemos tomar, está sumida en escombros y soldados caídos, esos malditos americanos no dejan de disparar sus morteros y sus ametralladoras, no importa que sea de día o de noche, no descansan, saben que somos los últimos antes de que Francia sea liberada. Odio el sonido de sus aviones.

La nieve se ha congelado, está sucia y solo silban las balas. Los árboles caen como ya han caído varios de mis mejores amigos. Albrecht, antes de marcharse, me entregó una carta para su familia. Clemens ni siquiera tuvo la oportunidad de expresar su última voluntad; he guardado su identificación, si salgo de esta haré que lo despidan como en verdad se merece.

Apenas podemos movernos, la ropa está rígida y no abriga, y ellos, los americanos, no dejan de gritar mientras disparan; seguro que nos insultan, pues yo lo hago constantemente. Los maldigo esperando el momento de atacar, todos lo hacemos, todos esperamos a que nos den el cristal que quita el miedo y nos hace volar.

Uno a uno y con la mano abierta vamos recibiendo nuestra dosis, algunos lo miran sabiendo lo que eso significa, otros se lo echan a la boca sin pensar y corren a por su casco y su fusil. Yo me quedo allí un instante, en silencio. Observo cómo el miedo cambia sus rostros, algunos vacían sus tripas y el mariscal me da un abrazo y me llama hijo. Me ha hecho pensar en mi padre y en los pfannkuchen de mantequilla y chocolate que hacía mi madre.

Antes de salir de nuestros agujeros esperamos a que las bengalas dejen de iluminarlo todo. Escucho el castañeo de los dientes de mis compañeros y los soplidos cargados de vaho. Yo no dejo de pestañear y abrir la boca, no siento las mandíbulas. En cuanto las bengalas se apagan llega el silencio, nadie dispara, ni ellos ni nosotros y de repente nuestros cuerpos se transforman en dragones que braman entre sus fauces, que despliegan sus alas y vuelan. Nuestro vuelo es rasante. Nos disparan como a patos de feria pero conseguimos llegar a sus madrigueras, los despedazamos con nuestras garras, algunos dragones se comen el corazón de los extranjeros y otros simplemente mueren matando. Perseguimos a los americanos que corren, sus bayonetas se clavan en nuestros cuerpos pero eso no nos detiene. Alzamos el vuelo y nos sacudimos la nieve, somos los dragones del Führer, el orgullo de la nación. No se cuantos americanos he cazado, pero cada vez somos menos. Las orugas de sus tanques rompen todo a su paso, giran en círculos sobre las trincheras intentando enterrarnos en vida. Tengo que llegar a su nido de ametralladora, tengo que volar e impedir que maten más dragones. Si, volaré muy alto y caeré sobre ellos, sobre ese cañón al rojo que parece poder derretirse. Acabo con el municionero, me mira a los ojos mientras muere; no es mayor que yo. Luego caigo al suelo con el otro, nos manchamos de barro y nieve y le arranco una oreja, grita mucho, hasta que su cuello se rompe y todo se para. Mi ropa está mojada de sangre y empiezo a marearme.

Cuando despierto vuelvo a ser un soldado, me llevan arrastrando los pies, cogido de los brazos entre dos reclutas como yo. Uno de ellos no lleva gorra. Me fijo en que me han quitado parte el uniforme y tengo el estómago vendado, voy cubierto con una manta con las siglas U.S y nos paramos donde hay más como yo. Sus caras miran al suelo y ninguno está armado. Los americanos nos vigilan, somos ganado al que muestran su victoria ofreciendo cigarrillos. Observo a mi alrededor y la verdad de todo aquello me atrapa. Nuestros Panzer aún están en llamas creando columnas de humo negro. El Tiger Ausf tiene las cadenas de su oruga completamente destruidas y sobre la torreta está el cuerpo sin vida del carrista que no parecía alemán, nadie le ha quitado aún la pistola de su mano.

La luz del día deja ver sus banderas al viento y la barbarie de la que ambos hemos sido responsables. Los cuerpos mutilados comienzan a congelarse. Sus tripas se niegan a abandonar su color. No veo dragones, solo niños vestidos de soldados junto a los árboles rotos, allí, tirados, con sus bocas llenas de sangre, su piel blanca y los ojos velados. A pesar de que han vencido hay muchos americanos llorando, sentados en el camino. Otros miran el cielo en silencio mientras fuman y los que aún no pueden descansar nos dicen que nos movamos, que empecemos a caminar, que pronto estaremos en casa.


Óscar Cerezo, alumno de la XII Promoción del Máster de Narrativa, nació en Madrid. Policía de profesión y escritor de corazón, publica su primer libro de relatos, Hacer el amor con las palabras, en el año 2016. Inmediatamente después, en ese mismo año, comienza su formación como escritor en la Escuela de Escritores de Madrid, donde en la actualidad cursa el Máster de Narrativa. Posteriormente, en el año 2017, publica su segundo libro de relatos, El Mercader de sentimientos, (en proceso de reedición con la editorial Éride ediciones). En breve también verá la luz una tercera publicación que cerrará lo que el autor llama, la trilogía de los sentimientos. Incansable creador y amante de la épica trabaja en la actualidad en un proyecto de fantasía que pronto disfrutarán sus lectores.


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  1. Hola, Oscar.
    He leído tu relato y me ha resutado muy fácil ponerme dentro de la acción. Me ha gustado mucho el enfoque de los soldados-dragones. Muchas gracias por este estupendo regalo que nos haces.
    Un saludo.

    1. Muchas gracias a ti, Entique; gracias por tu tiempo y por dejarte atrapar por ese mundo fantasista, por esos jóvenes dragones. Me llena de alegría saber que te gustó. Un saludo!

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