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Ojos de niebla
«Dejo que mi hermano se resbale entre mis manos y veo como el agua le va cubriendo la boca, la nariz, la cara...» Relato
Por Elena García Publicado en Relatos en 3 octubre, 2021 3 Comentarios 17 min lectura
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Ojos de niebla

 

Voy a tener un hermano. Mis padres dicen que debo estar contenta porque es una buena noticia, aunque el jabalí me ha dicho otra cosa. Hasta hoy nunca me había hablado. Siempre le he visto colgado en la chimenea, con la lengua rosa como un chicle Bang Bang y los colmillos de abajo sobresaliendo del hocico, puntiagudos, amarillos, dispuesto a pegarme un bocado en cuanto le diera la espalda, mirando con ese ojo raro, como si algo peligroso estuviera a nuestro alrededor y solo él pudiera verlo.
«Ese hermano tuyo no va a traerte nada bueno», me ha dicho de pronto, mientras cambiaba de ropa a mi muñeca. Me asusté. Los animales no hablan: balan, mugen, ladran, pero el jabalí me lo dijo cuando estábamos los dos solos en el cuarto de estar. Dijo que las cosas a partir de ese momento serían muy diferentes. Yo me tapé los oídos con las dos manos para no escucharle. No me gustaba lo que decía y me puse a mirar por la ventana, dándole la espalda; el viento arrastraba la tierra hasta hacer remolinos con ella en la escalera del porche. El invierno es demasiado largo; si se pudiera  jugar fuera.
Mi madre lleva ya muchos días sin levantarse de la cama. Dice que si juega conmigo perderá al bebé. Algo grande le ha salido en el vientre. Ahora solo me pone sumas y restas o caligrafía y me aburro mucho. Ella dice que dentro de su tripa está mi hermano y que yo también estuve allí. Mejor que no nazca, si va a ser así.
Me gustaría salir a jugar a la calle, ir a buscar flores para mi madre pero es invierno. Ya es de noche y vuelve a soplar el viento como un quejido largo. Antes mi madre y yo leíamos y hacíamos láminas con purpurina. Vaya asco salir de ella, como cuando cazan al lobo de Caperucita y le rajan la panza. El jabalí dice que así nacen todos: los gatos, los perros, las ovejas, las vacas, todos, pero yo le digo que nosotros somos hombres, no animales.
—Ponte los zapatos y el abrigo. Debemos llevar a mamá al hospital —dice mi padre.
—Pero si es de noche.
—Mamá está muy enferma, el bebé puede que se adelante —dice él buscando las llaves del coche.
Cojo mi muñeca, pero se me olvidan la bufanda y los guantes. Mi madre hace ruidos extraños, sopla y resopla, tiene los dientes hacia fuera, como si quisiera comernos, como nuestro jabalí. Lo de la muñeca me lo dijo él, dijo que el hospital estaba lejos y que la carretera estaba oscura. «No es una carretera, es un camino», le corregí.
Voy mirando por la ventanilla del coche. Mi padre conduce demasiado rápido, las piedras saltan hacía los cristales y el polvo va dejando una cola de culebra iluminada de rojo a nuestro paso.
—¿Cuánto queda? —pregunto.
Mi padre no contesta. Está oscuro y las luces no llegan a alumbrar nada más que unos metros por delante. Parece que mi padre intenta esquivar los socavones. Mamá se queja, respira fuerte haciendo mucho ruido, en su ropa ha aparecido sangre.
—Mamá, ¿te has hecho una herida?
—Es el bebé —dice mientras un bache la impulsa hacía el techo.
De repente, frente a nosotros, aparece el jabalí, los faros lo iluminan, es el animal más grande que he visto en mi vida, nos mira enfadado, con unos colmillos enormes, preparado para saltar sobre nosotros. Me asusto y tiro mi muñeca para pararlo. Mi padre pisa el freno, pienso que el bicho salta sobre nosotros y veo su ojo raro. Es nuestro jabalí, el de nuestra casa. La luna va quebrándose por donde cayó mi muñeca. El coche atraviesa como si fuera niebla al animal. Derrapamos, mi padre gira el volante a la izquierda, luego a la derecha, nosotros nos vamos a la derecha y luego a la izquierda, saltamos en los asientos, me doy en la barbilla con el asiento de mi madre. El coche se detiene. Después de preguntar si estamos bien, mi padre me grita.
—¿Estás tonta o qué? ¿Por qué has hecho eso?
—Era el jabalí de casa. Me he asustado —digo llorando.
—¿El jabalí? ¿Qué jabalí? Yo no he visto nada —dice mi madre.
Ellos no entienden.
—Que sí, que sí. Dice que el bebé traerá mala suerte.
Mi padre sale e inspecciona los daños. Vuelve a entrar.
—Se ha roto la cubierta, no podemos seguir. Además la luna está agrietada.
Mi madre grita, el bebé le ha dado un pinchazo de morirse. Además le duele el cuello del frenazo y no hay cobertura. Mi padre coge el teléfono y sale del coche. Camina hasta que se pierde en la oscuridad. Mi madre se queja cada poco. Estoy segura que ha sido el jabalí de casa, que quería avisarme y va a tener razón, ese bebé no es bueno.
—Yo prefiero que se muera —digo.
Mi madre me da un bofetón en la cara. Suena como las piedras cuando caen. Escuece. ¿Por qué me pega? Es el bebé el que le hace daño, no yo.
—Ojalá se muera —vuelvo a repetir.
—Si sigues diciendo eso tendrás la culpa de lo que suceda. Los deseos son peligrosos. Fuiste tú la que tiraste la muñeca y provocaste este desastre —dice mi madre apretando los dientes, tan seria, que más que dolorida parece rabiosa. Sigo pensando que es mejor que no nazca.
Mi madre tarda muchos días en volver. La casa sin ella parece un campo en barbecho, mi padre lo llama «un campo quemado por el hielo». Odio al bebé. También me he enfadado con el jabalí por hacerme tirar la muñeca, provocar el accidente y todo lo que pasó después. Él se ríe mostrando más sus colmillos y me da miedo estar a solas con él.
En el cuarto de estar hace frío aunque mi padre enciende la lumbre todas las mañanas, luego se apaga porque a mí no me deja echar más leña, le da miedo que me queme. Sin embargo, el jabalí me dice que soy muy mayor, que puedo hacerlo sola, que me castigan por lo que dije sobre el bebé. Prefiero estar en mi habitación. El jabalí me da escalofríos. Siempre está ahí, en lo alto, vigilándome, corrigiéndome, retándome. Siempre me mira con ese ojo diferente, como si tuviera niebla en el interior.
—Papá, ¿por qué el jabalí nos mira?
—¿Cómo?
—Así, como mal —digo.
—¿Te da miedo?
Le digo que yo ya soy muy mayor para que la cabeza de una fiera me haga temblar. Solo quiero que él lo oiga. Mi padre se ríe. Hacía mucho tiempo que no lo oía reírse, me gusta cómo suena.
—¿Cuándo viene mamá? —pregunto.
Entonces deja de reír.
Mi padre me lleva a comprar unas pinturas nuevas mientras esperamos a mi madre. El comercio está en la plaza, cerca de una cruz de granito y de una iglesia. En la ciudad hay carreteras y muchas casas muy seguidas.
Nosotros vivimos una casa en el medio del campo. No hay árboles alrededor, las primeras encinas crecen detrás de las colinas, resguardadas del hielo y del viento. Lo único vivo es la hierba que asoma entre las piedras, como migas de pan para no equivocar el camino. Pero, sobre todo, nosotros tenemos invierno, eso dice mi madre. Si nevara sería como un cuento de navidad, pero en nuestro campo no nieva.
—Papá, ¿por qué nosotros no tenemos carretera hasta la casa?
—Porque vivimos en el campo.
La respuesta no me convence. Si tuviéramos carretera no habríamos tenido el accidente y mamá habría salido antes del hospital, aunque el bebé habría nacido de todas formas, pero, encima, ahora tiene los huesos rotos.
Una campanilla suena al abrir la puerta del comercio. Cuando entro siento frío y huelo a húmedo. Logro ver a un señor que mira como si tuviera niebla en los dos ojos, son como los ojos del jabalí, me da miedo. Me toca la cabeza, su mano es áspera. Quiere darme un beso pero yo no quiero. Me da asco. Se ríe como un bicho feroz. Aprieto muy fuerte la mano de mi padre.
Menos mal que la campanilla vuelve a sonar, entra una señora.
—A esta niña no la conozco. ¿Cuántos años tienes, bonita? —La señora tiene gafas y unos pelillos le salen al final de la boca como una rata.
—Ocho —contesto mirando a mi padre.
Sé que no le gusta que hable con desconocidos. Aunque en el campo no hay desconocidos, solo estamos nosotros. Y el jabalí.
—Esta niña tendría que asistir a mis clases, la escolarización es obligatoria a partir de los seis años —dice la señora.
—En casa recibe una buena educación. Le recuerdo que nosotros somos educadores. —Me aprieta la mano y salimos de la tienda.
—¿Y tu hermano? —pregunta el señor tuerto de los dos ojos. No puedo responder  porque ya estamos fuera.
En la plaza los niños juegan a pillarse. Yo les miro. Saltan sobre un dibujo pintado sobre la acera, hablan muy alto, chillan. A mí no me dejan gritar, mis padres dicen que no es necesario para pasarlo bien.
—Papá, ¿por qué yo no voy al colegio?
No me contesta.
A mí me dejan salir a jugar sola de vez en cuando también, pero hay tantas piedras que no puedo correr mucho porque se meten dentro de las zapatillas, tampoco puedo montar en la bici porque con tanta piedra no soy capaz de pedalear. Ahora que el jabalí habla puedo decir que tengo un amigo, aunque me dé miedo.
—¿Quieres jugar con ellos? —me pregunta mi padre.
—Prefiero ir a buscar a mamá.
Mi hermano llega a casa una tarde muy fría de diciembre. El viento sopla y parece un lobo aullando. Mi madre lo lleva envuelto en una manta de lana. No me ha dejado verlo porque está dormido. Cuando lo descubre parece uno de mis muñecos pero mueve los brazos. Es horroroso, no tiene pelo, es muy pequeño, casi no abre los ojos, tiene la piel transparente y arrugada como las crías de ratón recién paridas.
—¿Te gusta tu hermano? —pregunta mi padre.
—Es feísimo.
Se ríen pero no le beso. Me da asco besar a un ratón.
—Cuidado, no lo toques. Tiene la cadera mal —dice mi madre llevándose al bebé hacia su pecho. —Si hubiésemos llegado antes al hospital.
—Fue culpa de jabalí —digo.
—Tú no querías un hermano y tiraste la muñeca contra la luna.
A partir de la llegada del bebé, todo ha cambiado: mi madre ya no se enfada conmigo porque me ensucio la ropa con las pinturas o porque leo libros de mayores, incluso dejo todos mis juguetes esparcidos por el medio. Ella se pasa todo el tiempo en su habitación. El bebé no para de llorar, siempre tiene frío o hambre o fiebre. Al jabalí tampoco le cae bien. Mi madre ya no me enseña a sumar ni a restar, ni deja que me bañe, ahora me tengo que duchar porque ya soy mayor. Me he hecho muy amiga del jabalí otra vez.
Él cuenta muchas historias. Dice que son historias muy antiguas, de mucho antes de que yo naciera, que antes de nosotros, en nuestra casa, vivió el abuelo de mi padre y antes, él, el jabalí. Le llamo mentiroso porque los jabalíes no viven en casas. Me cuenta que el abuelo de mi padre lo mató, pero tuvo que darle un golpe en el ojo y más de diez puñaladas. Él le pegó tres mordiscos y le dejó sin mano. Dice que el abuelo estaba orgulloso de haberlo cazado y el animal de haberle arrancado la mano, aunque se quedara tuerto. Yo creo que, a veces, ve todo con el ojo malo, como al  bebé, y por eso dice que está maldito.
—Tú no le hagas caso. Es solo un bicho que intenta meterte miedo —dice mi padre.
Está claro que mi padre no me cree. El bebé llora otra vez y me voy al cuarto de estar. De repente se oye un grito tremendo, como si hubiesen encontrado un cuerpo muerto en algún lugar de la casa. Salgo corriendo. Una nube enorme de hormigas voladoras salen de la habitación de mis padres, de los pijamas de recién nacido y de las sábanas, la cuna, el cuerpo arrugado del bebé, la cara de miedo de mi madre, la cama de mis padres, el suelo, el techo, no hay ni un solo rincón donde no haya hormigas con alas, son como las piedras que se juntan fuera de la casa. Mamá llora. A mí me gusta ver todas esas hormigas volando.
—Jabalí, ¿has sido tú? —le pregunto.
—Tú bien sabes quién lo ha hecho —dice.
La bestia se ríe y enseña todos sus dientes. Me da miedo.
Mi hermano no para de llorar. Mi madre quiere ir al médico, pero mi padre dice que esperarán a que se haga de día, que los bebés tienen fiebre sin razón y que no quiere otro accidente.
Por la mañana no se ve nada. Una niebla muy blanca recubre la casa. Como el bebé sigue llorando, mi madre lo lleva al médico ella sola. Yo me quedo con mi padre al cuidado de la casa.
Quiero ayudar, mis padres parecen tan tristes que se me ocurre prepararles un pastel. Al jabalí le parece muy buena idea. Pongo una cazuela con agua y enciendo el fuego. Tengo que esperar a que hierva. Como me aburro mirando el agua, me voy a leer uno de mis libros.
Mi madre vuelve acompañada de los señores que estaban en la librería. Una llama salta de la cazuela a las cortinas.     El agua se ha consumido. Mi padre pone una tapadera encima del recipiente y la llama se extingue. Mi madre coge al bebé que vuelve a berrear. Mi padre coge una manta y cubre las cortinas. La cazuela se ha vuelto negra, por dentro y por fuera.
—Yo solo quería ayudar —digo, pero nadie me escucha.
La señora dice que yo debo ir al colegio, que todo aquello no es una casualidad, que necesito mano dura, que mis padres son descuidados y que vivimos muy aislados. Mi padre les dice que no necesita lecciones y les cierra la puerta de casa.
Mi madre se sienta frente a mi padre como si fuera una hoja que cae al suelo y dice:
—El bebé tenía una hormiga de alas dentro del oído, aplastada aposta, como una bola.
—Las maté a todas. Había un nido al lado del cambiador del bebé.
Yo me senté entre ambos, como antes de que llegara mi hermano. Los dos me miraban colorear los insectos con el color negro.
—Yo no he sido, pero él sabía que pasarían cosas malas —digo señalando al jabalí.
Los dos me regañan por decir mentiras y me miran con ojos de niebla, como los del jabalí.
El bebé siempre llora. Mi madre dice que le duele la tripa, que tiene gases. A mí ya no me gusta estar dentro de casa, él lo ocupa todo con sus berridos. Como hace sol, pido permiso para jugar en la calle, quiero buscar la tumba del jabalí. Me resbalo varias veces porque aún no se ha derretido el hielo de la noche. Encuentro el lugar que me dijo. Es un sitio especial: hay un montón de piedras bien colocadas en forma de cruz. Entre ellas veo cómo corre un alacrán de color rojo fuego. Ese es el único animal que puede vivir allí. Quiero cazarlo, como el abuelo de mi padre al jabalí, pero yo no tengo escopeta ni cuchillo. Si pica, dolerá mucho, lo he leído en un libro de mayores. Tengo guantes, después de cazarlo, recojo piedras para hacerle la tumba.
Al volver a casa se lo cuento al jabalí, pero ya no me habla, es como si hubiera desaparecido al visitar su tumba. A lo mejor así es la muerte. El bebé llora otra vez. Quiero la vida de antes, poder bañarme y chapotear, poder aprender con mi madre, que me lea cuentos y no ese llanto todo el día. Es asqueroso tener un hermano.
Mi madre está bañando al bebé. Me acerco para contarle lo de la tumba y el alacrán, pero llaman al teléfono. El bebé se pone a llorar. El teléfono vuelve a sonar. Mi madre me pide que sujete a mi hermano un momento. Parece decírmelo con asco. Desde el accidente, me mira con los mismos ojos tuertos que el jabalí. Dejo que mi hermano se resbale entre mis manos y veo como el agua le va cubriendo la boca, la nariz, la cara, los ojos se le llenan de niebla, de silencio.


Elena García, alumna de la XII Promoción del Máster de Narrativa, nació en Salamanca, España. Licenciada en Periodismo por la Universidad Pontificia de Salamanca y tallerista desde 2009, la escritura ha sido siempre su deseo. Ahora ya es el eje principal de sus días, en Escuela de Escritores. Varios de sus relatos pueden leerse en la revista Cuentos para el Andén.


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