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Concepción
«Todos tienen derecho a una muerte tranquila.» Relato
Por Berta Rodríguez Publicado en Relatos en 10 noviembre, 2021 0 Comentarios 9 min lectura
María Charneco en Nueva York Anterior Siguiente

Concepción

 

–¿Se ve ya? –pregunta Concha al doctor Mamadoú, que tiene metida la cabeza entre sus piernas con la enfermera a su izquierda por si necesita ayuda.
—Todavía no. Empuje más —le contesta tranquilo.
—Tiene que ser negro.
—Eso ya lo veremos, usted empuje.
Tras el doctor hay una pared de cristal oscuro que impide el paso de la luz solar y mantiene la temperatura ambiente a 33°C. A pesar de la profundidad del vidrio, se trasluce un círculo blanco y difuso. Concha se fija en la gran araña amarilla que sube por la esquina. Las hay por todas partes. Es imposible deshacerse de ellas. Las odia. También las hay en su casa subterránea.
Les gusta la oscuridad. Son el resultado de una mutación que ha logrado adaptarse a las  altas temperaturas del planeta. Se intentó investigar su proceso de conversión genética para replicarlo en humanos, pero fue un fracaso. La araña se ha detenido justo en el centro del círculo del sol y realiza movimientos como de vaivén con su cuerpo mientras las patas permanecen agarradas al cristal.
Las piernas de Concha, abiertas, colocadas sobre los estribos, sirven de soporte para la sábana verde que le oculta el momento de la expulsión. También le han atado los brazos en cruz sobre otras extensiones de la camilla, para que no pueda moverse hasta finalizar el proceso. Las correas automáticas le laceran las llagas de su piel.
Una piel que había sido blanca y pecosa. De princesa, decía su madre. Había crecido con su familia en la isla del Hierro en el océano Atlántico. Al anochecer, se sentaban en el jardín para disfrutar de la brisa que llegaba del mar. Pero su madre había muerto, igual que una alta proporción de los seres humanos con pieles tan claras como la suya; con fototipo 1 en la escala de Fitzpatrick, ahora ulcerada y seca. Agrietada como la tierra. Deshidratada por los 58,5°C de temperatura media que ha alcanzado el planeta y que solo las pieles más oscuras son capaces de soportar.
La enfermera mira hacia la araña. Se distrae. Intenta  darle un manotazo pero no llega y pone cara de fastidio.
—Ya sé que no hacen nada, pero me dan miedo —le dice al doctor.
El doctor, concentrado en su trabajo, echa un vistazo a la enfermera; no sabe de qué le está hablando y recoloca su atención en su paciente a punto de parir.
—Empuje —repite.
Mientras lo hace, Concha visualiza un bebé negro que sale de su útero. Su familia se mudó al norte de la península huyendo de la permanente canícula, ya hace veinte años. A La Coruña. El bebé que ha engendrado modificará su sistema endotérmico y eso le permitirá adaptarse al calor y a las radiaciones. Ya no tendrá que ocultarse bajo tierra en ese cuarto oscuro y sin ventilación.
De repente, la enfermera se ha subido a una silla y ha aplicado un aerosol sobre la araña que en seguida ha caído en el suelo fulminada.
—Lo siento, no me he podido aguantar. Estaba a punto de depositar sus huevos. Está preñada.
El doctor mira a la enfermera aturdido como si no supiera de qué está hablando. Molesto, le reprende:
—Atienda lo que tenemos entre manos, por favor. Esto está a punto de salir.
De nuevo, Concha siente un pujo. También cuando venía de camino hacia la clínica se ha tenido que parar en medio del paso de cebra sorprendida por una contracción. Un chico joven con una túnica blanca impoluta, que parecía tener prisa por detrás, casi se choca con ella. Antes de alejarse le ha gritado que a ver si se morían ya de una vez ella y el resto de los apestados. Se quita esa imagen de la cabeza porque tiene que concentrarse. Ya está aquí. Está saliendo, ahora, ya, un poco más. Por fin, nota la expulsión completa del ser que ha traído al mundo con el único objetivo de poder resistir. Uno negro. Así es como las pocas mujeres blancas que han sobrevivido en la Tierra han logrado adaptar su sistema de regulación endotérmico y su producción melanímica.
Ellas ya no tienen ni que vivir bajo tierra ni que sufrir el dolor añadido de las llagas y el riesgo de septicemia. Tras la concepción de individuos con fototipo 5 de piel, al fertilizar sus óvulos in vitro con el esperma de hombres negros, sus cuerpos se han vuelto capaces de soportar el calor infernal del planeta y la radiación solar. Algunas incluso viven en pareja con sus donantes. Aunque no está bien visto que mantengan los engendros con vida porque se considera que debilitan la raza.
Al abrir los ojos de nuevo, los clava en los de la enfermera, marrones con iridiscencias ámbar, cuyas pupilas se han encogido, apenas unos milímetros, al ver lo que Concha ha expulsado. El doctor, por su parte, levanta la cabeza de entre sus piernas y anuncia la palabra “blanco” con la misma rutina que lo haría al indicarle a su androide “con leche”, cuando este le pregunta por las mañanas, en su apartamento con vistas a Finisterre, cómo quiere tomar el café.
—¿El qué? —pregunta Concha como incrédula, con sus piernas abiertas y atadas.
—Lo que ha salido —contesta él mientras se da impulso para retirarse hacia atrás, sentado en  su sillín  de ruedas ergonómico.
La enfermera la observa con el pequeño cuerpo ensangrentado entre las manos. Concha, callada, gira hacia un lado la cara como para ocultarla; no quiere que la miren así. Ni siquiera es capaz de identificar lo que siente en ese momento.  Delante,  el pequeño cartel azul que tantas veces ha visto junto a la puerta de entrada: A peaceful death is everybody’s right. El logotipo de la empresa responsable es un círculo formado por las bases de un grupo de cinco o seis triángulos isósceles a modo de rayos de sol. Concha respira hondo tres veces seguidas. Una gota de sudor se le escurre por la mejilla desde la sien.
Un débil gemido la saca de su estupor.  La enfermera, de piel jugosa, turgente y tan oscura como el petróleo, con movimientos mecánicos, empaqueta el diminuto cuerpo recién expulsado de su útero. Antes de terminar, lo alza hacia ella con un gesto como para preguntarle si quiere echarle un vistazo. Concha vuelve la cabeza de nuevo hacia la puerta y la enfermera se encoge de hombros, deja el bulto sobre al encimera y se acerca a ella para terminar de limpiarla y desatarla para que se pueda vestir.
Después de subirse la cremallera del mono antitérmico, Concha se acerca al espejo que hay  junto a la puerta de salida. Su cara está ulcerada y repleta de pústulas.
–Piel de princesa —se dice a sí misma.
Se acuerda a su madre trenzándole el pelo de pequeña frente al espejo del baño. El doctor Mamadoú todavía se lava en la zona de desinfección. Utiliza una pastilla de jabón que restriega con energía por todo el brazo, hasta el codo, y luego aclara bien bajo el grifo. El organismo fallido todavía emite unos sonidos ahogados bajo las gasas en las que ha sido envuelto. Una inyección de nitrógeno, que le administra la enfermera en el corazón, acalla el molesto ruido.
Concha, ahora sí, mira el pequeño bulto inerte, que la enfermera tiene en sus brazos, a punto de ser lanzado por el succionador de desechos quirúrgicos dentro de su embalaje correspondiente, el de plástico amarillo para restos de origen biológico.
—¿Necesita que le ayudemos con algo más? —le pregunta ella cuando ve que Concha sigue parada ante la puerta.
Concha asiente:
—Doctor, ¿le importaría…? —pregunta dubitativa.
El doctor se gira hacia ella mientras se termina de secar las manos.
—En absoluto, estamos aquí para ayudarla —le contesta enseñándole sus dientes blanqueados—. ¿Está usted segura?
Concha se gira hacia el cartel azul, al lado de la puerta de entrada y asiente.
—En ese caso, habrá que pedir que nos traigan otro embalaje de los amarillos para envíos, tamaño L —le dice el doctor a la enfermera, todavía con el trapo para secarse entre las manos.
—Ya lo había previsto, doctor. Lo tengo aquí mismo. Todo controlado —le contesta ella, mientras empieza a preparar una segunda inyección. Esta vez, el protocolo obliga a que sea el médico el que la administre.


Berta Rodríguez, alumna de la XII Promoción del Máster de Narrativa, nació en Madrid y es licenciada en Historia del Arte y diplomada en Ciencias de la Educación. Se dedicó al mundo inmobiliario, hasta que volvió a la universidad para hacerse maestra. Ejerció de profesora de Educación Primaria durante varios años. Se especializó en literatura infantil, bibliotecas escolares y en tecnologías educativas, además de desempeñarse como directora de colegio. Actualmente es presidenta de una fundación familiar, Child Heroes, dedicada a los niños en situación de vulnerabilidad en Sierra Leona y Benín. También ha colaborado en el consejo editorial de La Rompedora, donde su relato, Un cuento, ha sido publicado anteriormente.


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