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Lo bello y lo sublime
«Si te asesinan en Londres a finales del xix, no eres nadie si tu cadáver no pasa por la sala de disección del doctor Osler.» Relato
Por Pablo Rivas Publicado en Relatos en 16 noviembre, 2021 0 Comentarios 8 min lectura
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Lo bello y lo sublime

 

Si te asesinan en Londres a finales del xix, no eres nadie si tu cadáver no pasa —para una autopsia— por la sala de disección del doctor Osler, en los bajos del Royal Free Hospital; y aquel asesinado sí que era alguien: nada menos que Ranjit Devi, el hijo mayor del cónsul de las Indias Orientales en Londres.

—Queridos miembros de Scotland Yard y acompañantes —comenzó diciendo el doctor Osler—, después de 20 años como cirujano militar al servicio del glorioso ejército de la Reina Victoria en Afganistán, India y Pakistán, y otros 30 ejerciendo como forense, resolver esta muerte me ha parecido un juego de niños.

Graham, el detective de Scotland Yard a cargo del crimen, miró al doctor y no pudo evitar resoplar, como el que oye el sermón del domingo. Pensó que el pelo blanco del doctor, tal vez excesivo para su edad, sus grandes cejas canosas y las patillas unidas en la barbilla, a la moda de 40 años antes, le daban efectivamente el aspecto de un amable reverendo anglicano. Aunque ahora, junto a un cadáver, con la camisa blanca remangada por encima de los codos y su eterno mandil de cuero marrón claro, plagado de manchas secas de sangre y fluidos, recordaba más a un carnicero escocés tras un viernes de ayuno en Cuaresma.

El doctor Osler había citado en la sala de autopsias, además de los investigadores, a todas las personas con una mínima relación con el difunto: su novia, las dos o tres prostitutas asiáticas que más frecuentaba, su padre, amigos cercanos y algunos malhechores con los que se había emborrachado alguna vez. Graham se movió nervioso al pensar que solo el doctor Osler podía resolver el asesinato pero, a cambio, tendrían que soportar sus historias de viejo carca y su odiosa exhibición de inteligencia.

Por las ventanas de la sala de autopsias entraba una generosa cantidad de luz solar, algo infrecuente para finales de octubre en la ciudad. En el centro de la sala, una robusta mesa de madera sostenía el bulto del difunto, tapado por completo con una sábana amarillenta, manchada aquí y allá con fluidos de distintos colores.

—Les adelanto, amigos, que el responsable de la muerte no era un desconocido para la víctima.

El doctor hizo una pausa dramática que Graham encontró innecesaria.

—Pero, antes de nada, voy a repasar los detalles que me han dado de la escena del crimen.

El doctor, con las manos aún con restos de sangre, tomó unas hojas de papel y comenzó a leer. Graham era consciente de que era su informe policial.

—El cadáver de este desdichado joven fue encontrado ayer por la tarde por su doncella en el sótano de la casa familiar en el East End. Estaba tirado en el suelo en una postura que el señor Graham, aquí presente, ha definido como inverosímil.

El doctor tiró con cuidado de la manta que cubría el cadáver dejando su cabeza a la vista. Se oyó un murmullo de la audiencia. Los ojos del joven, amarillos como la cúrcuma, permanecían muy abiertos. A simple vista, era incuestionable que mantenían la suficiente humedad como para indicar que la muerte había sido reciente. Entre sus labios asomaba el extremo de una lengua azulada. A Graham le recordó el gesto de un ahorcado que tuvo que descolgar hace unos años porque el verdugo estaba demasiado borracho como para hacerlo. Se tapó la boca y la nariz. La sala se había llenado del clásico olor a sangre mezclada con formol; nunca llegaría a acostumbrarse a eso.

—Lo más llamativo del caso —continuó el doctor Osler— es que el dedo índice de la mano izquierda del difunto apareció cortado a nivel de la segunda falange.

Para aparente alivio de todos, el doctor ahorró a los asistentes la visión de la mano con el dedo amputado.

—Según nos dice el informe, el dedo exangüe se encontró a pocos metros, mordisqueado por las ratas, junto a una pila de libros cercana. Además, el detective nos describe que hallaron un machete de caza clavado en una mesa que presidía la estancia al lado del cadáver. También tuvo la observación, muy relevante en mi opinión, de señalar que se encontraron dos o tres ratas muertas con el hocico ensangrentado cerca del cadáver.

Graham levantó una ceja a oír el detalle de las ratas: ignoraba del todo su posible importancia. Pensó en cómo aquel viejo doctor podía interpretar los detalles como nadie más podía. Se notaba que le encantaba su trabajo. En sus disertaciones, muchas veces le había oído decir que veía belleza en los órganos lacerados y en la sangre coagulada; que disfrutaba del olor de los fluidos en descomposición. Lo más sorprendente es que afirmaba que estos órganos le hablaban. Tras analizar los informes, el lugar del crimen y los interrogatorios, el doctor Osler aseguraba que los tejidos muertos le susurraban al oído el nombre del asesino. «¡Sublime, sublime!», se le oía decir durante las autopsias.

Para sorpresa de todos, Osler, en lugar de destapar más el cadáver, sacó una rata muerta y se la mostró a los asistentes: una rata de aquellas encontradas junto al cuerpo.

—Señoras y caballeros —dijo Osler con voz potente—, este hermoso animal ha muerto por la misma causa que el joven que hoy nos ocupa.

El doctor Osler miró a la audiencia, que permanecía muda. Graham se preguntó cuándo diablos había ido el doctor a la escena del crimen a por esa rata.

—Sus pequeños órganos —continuó el doctor— están coagulados, al igual que los del joven; y vean sus ojos amarillentos, al igual que los del difunto. Con toda probabilidad, esta rata encontró la muerte tras mordisquear el dedo amputado del joven.

El doctor Osler miró de nuevo a los participantes por si alguno mostraba alguna señal de saber de qué estaba hablando; pero, si alguien lo sabía, no daba señales evidentes de ello.

Con cierta desgana, como quien habla con niños antes de adquirir la compresión oral, acabó su disertación.

—En mi opinión, algún potente veneno ha causado la muerte del joven y de la rata. Un veneno que invadió el cuerpo de este desdichado, comenzado por su dedo. Dados los orígenes del chico, sospecho que le mordió alguna serpiente que trajera de algún viaje a las Indias Orientales, y que mantuvo oculta en su sótano, por razones que solo caben en un cerebro joven y atolondrado. Me inclino por la cobra de anteojos, también conocida como Naja naja, como la causante más probable del incidente.

El doctor detuvo su relato; se diría que para oír el silencio extremo que reinaba en la sala.

—En resumen, la ponzoña de una cobra causó la muerte del joven en minutos, y la amputación del dedo que se hizo antes de morir, con el machete encontrado en la escena del crimen, fue a todas luces inútil…

Cuando parecía que había acabado la disertación, el doctor pareció recordar algo.

—¡Por cierto! La cobra debe seguir en su casa, así que ¡Graham! —gritó al detective como una madre que apremia a sus hijos a hacer sus tareas—. ¡Cierren bien puertas y ventanas de esa vivienda hasta que encuentren esa serpiente!


Pablo Rivas es alumno de la XII Promoción del Máster de Narrativa. Nació en Madrid, España, antes de la Crisis del Petróleo, aunque siempre deseó nacer del muslo de Zeus. Médico, internista, infectólogo, doctor en medicina, escritor médico y experto en andar desenfocado. Tras tratar de salvar vidas durante años en la vida real, ahora descarga toda su crueldad natural, complejos y delirios en sus personajes. Como escritor se empeña en estar como en casa en todos los géneros. De él se dice que su pasión es superior a sus razonamientos. Escribe para ser gente. Luchar, buscar, hallar y no rendirse.


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