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El plano y el alzado
«Vigueras notó la presión del muslo de Blanca contra el suyo.» Relato
Por Germán Álvarez Publicado en Relatos en 23 noviembre, 2021 0 Comentarios 16 min lectura
"Cachorros de arena", de Lola Vivas Anterior Siguiente

El plano y el alzado

 

El espejo del ascensor le mostró un hombre de treinta y tantos, buen mozo, un poco entrado en carnes, que parecía haber crecido dentro de un traje negro con brillos. El pantalón-pitillo se ceñía a los muslos. Los zapatones negros, de punta chata, eran dos barcazas. Vigueras se abrochó el botón de la chaqueta y vio cómo se abría un poco el faldón trasero. Se ajustó el nudo de la corbata fucsia y se vio elegante, tenía razón su madre. Un pasillo aéreo sobrevolaba el jardín japonés hasta una plancha de madera, el doble de ancha que una puerta, con una ventanita oblonga de acero y vidrio ahumado: Ungría-Lesseps Proyectos. Estaba entornada, se oía el rumor de la fiesta desde mitad del pasillo. Vigueras se cambió de mano el cilindro de cartón de metro y medio y volvió a preguntarse por qué el arquitecto le había invitado a él y no a su jefe de Servi-Autocad, donde trabajaba. Empujó la puerta con timidez.
Cerca de cuarenta personas charlaban, bebían y tomaban canapés; algunos bailaban. Él ya había estado allí más veces, trayendo planos al señor Ungría, pero ese día habían corrido los enormes paneles de cristal para incorporar al estudio toda la terraza, donde la iluminación salía de las plantas y arbustos y, hostia, era una pasada.
Una mujer de melena castaña oscura le interceptó el paso. Llevaba un vestido corto, de lentejuelas, con un escote en uve hasta la mitad de los hombros, pegado como una segunda piel. ¿Llevaría sujetador esta tía? ¿Y bragas? La falda dejaba ver unas rodillas huesudas y unas pantorrillas finas que contrastaban con la redondez de sus caderas. Sostenía una bandeja de canapés asiáticos que Vigueras no identificaba y una copa mediada de martini seco.
−Y tú ¿quién eres?
−Vigueras… Vengo de… he aprovechado para traerle al señor Ungría…
−¿Vigueras? ¿Así te llaman en casa? ¿Vigueras, sube pan? ¿Vigueras, baja la tele? −La mujer le miraba relajadamente.
Él sonrió y apretó más el cartucho con su manaza. La mujer tenía unos ojos oscuros que apenas pestañeaban y unos labios muy rojos. Joven no le pareció; podía andar por los cuarenta.
−No, bueno, Amador. Amador Vigueras. Trabajamos para Ungría-Lesseps Proyectos…
−Yo soy la mujer de Ungría-Lesseps Proyectos. −Apuró la copa y giró el talle para dejarla en la bandeja de una filipina que pasaba, aprovechando para coger otra-. Ven.
Vigueras la siguió por entre la gente. ¡Dios!, allí nadie llevaba corbata; ni siquiera traje. Se veían chaquetas claras, amplias y blandas, vaqueros de diseño, camisas abiertas o polos de colores vivos. ¿Y las mujeres? ¡Bueno, bueno, las tías! A cada cual más sofisticada, como diría su jefe de Servi-Autocad. Y mira que eran todas cuarentonas y más, pero, oye, que si la minifalda, el taconazo, o la falda hasta el suelo; que si blusas vaporosas y tocados más raros que la leche. Dejaron la sala y la siguió por un pasillo de techo alto, con paredes atestadas de estanterías y gaveteros; la caligrafía artística en los lomos hablaba de un orden desenfadado y milimétrico. La tía taconeaba delante de él con un contoneo flexible y dejaba un rastro de perfume que le entraba a uno hasta el alma. En la cocina, dos filipinas uniformadas componían fuentes de canapés. La mujer vació de un trago su martini y lo dejó junto con la bandeja en una encimera.
−Bertina, Maricrís, dejamos ya el tataki y sacamos los calamarcitos y las samosas de carrillera. Recójanme copas vacías, por favor.
El pasillo moría en un archivador estrecho que se elevaba hasta un lucernario. A cierta altura, bajo un letrero de “En curso”, se apilaban canutos de cartón. La mujer cerró la puerta, miró a Vigueras y luego al enorme cilindro que sostenía en la mano izquierda.
−¿Cómo puedes sujetarlo con una sola mano? −Le cogió el canuto y puso su palma pequeña contra la de él; tenía la piel suavísima, con las uñas pintadas color avellana. Vigueras notó la tibieza de los dedos y el frío de un anillo−. Acércame esa escalera, Amador. Gracias. No, lo subo yo. Sujétame y ahora me lo pasas.
Ella subió dos peldaños y Vigueras le apoyó la mano en la espalda sin presionar.
−Este va más arriba. Sujétame, te digo. -Él se puso de puntillas para poder alcanzar ahora los riñones de ella, tocándolos con las puntas de los dedos. Ella subió un peldaño más y le miró desde arriba.
−¿Quieres sujetarme o vas a dejar que me escalabre? −Le cogió la mano y la apoyó en su trasero−. Pásamelo.
Vigueras alzó el canuto con la vista baja, sintiendo en su mano izquierda la turgente rotundidad de una nalga y, de refilón, el hueco de la hendidura con la otra. A ella le estaba costando colocar el tubo entre los otros, cambiaba el peso de un pie al otro y a él le llegaba el rebote blando de su culo con el perfume de sándalo y violeta. Estaba empezando a sudar por las patillas y los sobacos. Levantó la mirada con cautela y siguió hacia arriba la diminuta costura marrón de las medias hasta donde el tejido se hacía más tupido, ya en el interior de la falda. Ella dio un último empujón, bajó y se sacudió enérgicamente las palmas. Le miró y le puso las yemas de sus dedos en la patilla.
−Estás sudando. Y además te tengo seco. Vamos.
Ya en el salón, la música se había vuelto más movida. En la terraza, un puñado de hombres y mujeres ocupaban dos sofás y se pasaban unos porros; una mujer pelirroja estaba sentada de espaldas y apoyaba las piernas en la barandilla, fumaba de un narguile sobre una mesita velador. A su derecha, cuatro mujeres con pantalones de cuero ceñidos hacían una coreografía bien acompasada, parecía ensayada; levantaban las muñecas, giraban como eses rotatorias e iban agachándose, haciendo círculos con hombros y caderas y enlazándose las manos en corro. Vigueras y la mujer llegaron ante la bandeja de un camarero y ella le dirigió una mirada interrogativa.
−Para mí una cervecita está bien.
−Una cervecita te va a hacer sudar más.
Ella cogió dos martinis y le pasó uno.
−¡Mi querido Vigueras! −Oyó a su espalda.
El propio Ungría se dirigía hacia ellos dos, seguido por un grupo de hombres sonrientes. Debía de ser diez o quince años mayor que los demás y era también el más atildado. A Vigueras le impresionaba su planta; erguido, menudo, muy esbelto, siempre vestido como si acabara de salir del probador de un sastre de lujo; tenía la nariz aguileña, pelo canoso peinado hacia atrás, y parecía traspasarte cuando te miraba con sus ojos azules. Nunca sonreía, a veces no sabías si te hablaba en serio o en broma mas que si se reían los demás. Pero era todo un señor, un tío muy enrollado; y a él, hay que joderse, le tenía enchufe descarado; decía que Vigueras era la sublimación de la delineación; fuera lo que fuese eso le sonaba bien.
−Este señor −Ungría cogió a Vigueras por el hombro y lo apartó para enfrentarlo a la audiencia−, es el señor Vigueras, mi pianista. Digamos que yo compongo la partitura y él arranca al AutoCAD sus últimos estremecimientos. ¡Y con estas manitas! −Ungría levantó una manaza de Vigueras y la mostró al público sonriente.
Le subió el calor a la cara y miró justo donde no quería. Ella le observaba fijamente, con los brazos cruzados; las mangas hasta el codo de su vestido dejaban ver sus antebrazos bien torneados, con varias pulseras.
−Mirad a donde queráis. −La palma hacia arriba de Ungría señalaba fotos de edificios que colgaban enmarcados−. En todos podréis apreciar el dueto Ungría-Vigueras.
Hubo risas amables. Vigueras, atrapado por el brazo de Ungría, notó que se le subía algo el martini. Empezaba otra vez a sudar y le preocupaba que Ungría, que olía a agua de colonia fresca, notara su tufo.
−Vigueras −Ungría le apretó más el hombro y habló como quien se dirige a una abuela medio sorda, mirando a la concurrencia−, ¿cuántos años hace que…?
−Hay que ir poniendo las sillas, Nacho −le interrumpió su mujer.
−…que tú y yo colaboramos mano a ma…
−Nacho, tenemos que movernos para hacer sitio.
−Que las vayan juntando Albertina y Maricrís. −Ungría se giró hacia su mujer con paciencia exasperada y volvió a la concurrencia-. Cuando dos artistas se juntan…
−Es que si nos quedamos aquí no pueden ponerlas.
Vigueras hizo ademán de ofrecerse para colocar esas sillas; Ungría le retuvo el hombro con un apretón firme.
−Blanca, por favor, vamos a dejar que estas mujeres, que son mayorcitas, se busquen un poco la vida, ¿no?
Blanca ya se había girado y taconeaba enérgicamente hasta donde esperaban las filipinas. En dos patadas hizo entrar a los de la terraza; se cerraron automáticamente los paneles de cristal y bajaron unos estores opacos. Varias docenas de sillas convirtieron la sala en un salón de actos oscuro. Se sentaron todos y Blanca se llevó del brazo a Vigueras hasta el extremo de la última fila. Ungría emergió entonces contra la luz de un proyector. Música clásica, el logo de Ungría-Lesseps Proyectos y, en seguida, chalets ultramodernos en una la ladera rocosa sobre el mar azul. Vigueras los reconoció al momento. Arquitecturas abiertas, aterrazadas, con patios y aljibes sobre las azoteas blancas, jardines que incorporaban la roca y la vegetación del monte.
−¿Queremos vivir frente a la naturaleza o en la naturaleza? Me he hecho esta pregunta muchas veces y casi siempre la contestaba mal. −Ungría permitió unos segundos de risas en el público. Luego se lanzó a explicar qué es lo que separa y qué lo que une a la vivienda con su entorno. Habla como los ángeles, iba pensando Vigueras cuando notó la presión del muslo de Blanca contra el suyo; sintió una sacudida y juntó las rodillas. El muslo de Blanca le siguió y se pegó ahora con más fuerza al suyo-. Si usamos una terraza para asomarnos hay algo que no estamos entendiendo bien –observaba Ungría.
-Lo que buscamos es integrarnos -susurró Blanca al oído de Vigueras, rozando su oreja con los labios.
−Lo que buscamos es integrarnos −aclaraba Ungría al público. La mano de Blanca se había posado a medio muslo de Vigueras, casi sin peso, pero abrasadora. Se quedó rígido, la vista al frente. Pero lo que estaba recorriendo ahora la parte interna de su muslo hacia arriba eran cuatro uñas certeras que coronaron su bragueta y retrocedieron hacia la rodilla. En la pantalla, el proyector emprendía un barrido montaña arriba, callejeando entre las villas integradas, como las llamaba Ungría. Caminos de grava, muretes bajos, pitas y chumberas bajo un cielo sin nubes. La mano de Blanca cubrió su bragueta y Vigueras sintió una erección dolorosa. Ahora la cámara seguía los saltos de un muflón por las rocas a media ladera, mientras los dedos de Blanca replicaban esos saltos sobre la cremallera de Vigueras. Se llevó la mano izquierda al cuello y la patilla, estaba sudando; Vigueras juraría que él no había movido su mano derecha, pero ahora la notó sobre el muslo de la mujer.
La música cambió: reverberaciones de arpa, ecos metálicos, ruidos marinos, mientras la fisonomía de varias de las villas integradas se iba trasmutando en sus propios planos y alzados; la voz de Ungría se hacía íntima, didáctica, entusiasta. Los dedos de Blanca se entrelazaron sobre su muslo con los suyos y apretaron; Vigueras notó la tersura de la media oscura y fue como si su manaza decidiera por sí misma subir hasta los pliegues de la falda. Blanca se ahuecó la melena con la otra mano; un efluvio de su perfume se le metió a él hasta el fondo de los pulmones. Notó el cosquilleo, pero no supo en qué momento ella le había bajado la cremallera y le agarraba la polla con toda la mano, hincándole levemente el anillo. La mujer a su izquierda se removió en su asiento y Vigueras cruzó rápidamente la pierna para taparse. Dudaba si se estaría oyendo el bombeo de su corazón a todo volumen. Una blanda oleada de risas cruzó el auditorio, pero Vigueras hacía un rato que no se enteraba de lo que estaba diciendo Ungría. Juraría que él no había movido más su mano, pero ya la sintió en la horcajadura de las piernas de Blanca. Las uñas de ella le acariciaban someramente el anillo del glande, se deslizaban hacia su escroto y remontaban de nuevo. Ya no era él, ya no entendía nada de lo que decía Ungría ni gobernaba su propia mano, que palpó la humedad febril de la mujer a través de las medias y el tanga minúsculo. Las uñas de Blanca empezaron a rozarle los huevos con una morosidad asesina; de golpe, la mano de ella comprimió sus pelotas. Vigueras, respirando para contener los latidos, alternaba la presión de las yemas de sus dedos por el triángulo de finísimas telas húmedas; Blanca cruzó las piernas oprimiendo esa mano con un espasmo; él sentía una humedad bulbosa, ardiente, cartilaginosa. Como un cilindro de terciopelo, la mano de Blanca había empezado a bajar y subir por su verga. De repente, se levantó y desapareció en la oscuridad sobre las puntas de sus zapatos.
−Ninguna estancia nos aísla del resto de la casa −enfatizaba Ungría, recorriendo con un láser el interior de una de las villas. Desde la última fila Vigueras, con un martilleo en las sienes, podía apenas ver las nucas atentas, algunas calvas masculinas, tocados, melenas cuidadas. La iluminación del jardín filtraba una claridad tenue a través de los estores. Ahora la cámara parecía colgar de una avioneta que recorría la isla de las villas de Ungría; el azul del mar era espléndido. La mano de Blanca volvió a atraparle la polla y le dio un vuelco en el corazón. No la había sentido llegar. Contuvo la respiración y llevó su mano a la gruta de ella; tenía las medias bajadas a medio muslo y ahora Vigueras encontró solo el triángulo del tanga, trémulo y empapado. Su mano se imantó, lo cubrió, lo atesoró. Blanca dejaba escapar unos gemidos casi imperceptibles. Los dedos de él penetraron en una carne hinchada y acuosa, llena de relieves y ardores líquidos; de golpe, notó los dientes de Blanca en su cuello, su aliento dulce, levemente alcohólico y otra vez la pinza poderosa de sus muslos atrapando su mano, oprimiéndola y alentándola a la vez, tanto que a Vigueras le costaba moverla, como un remo que se hinca demasiado profundamente en el agua. La palma tersa de la mano de Blanca se rozaba ahora en círculos contra la punta de su glande.
−Y eso es todo lo que os puedo contar −dijo un Ungría sonriente, apagando el punzón laser. Estallaron los aplausos atropellados en la oscuridad, luego los silbidos chistosos de los más íntimos y algún que otro “¡Tó-re-ro, tó-re-ro!”. Cuando ya decaían, Blanca gritó “Hip, hip, hurra” y desencadenó otro aluvión de hip, hip, hurras que ella acompasaba con espasmos contra la mano embutida en sus muslos.


Germán Álvarez es alumno de la XII Promoción del Máster de Narrativa. Nació en Madrid, donde estudió la carrera de Derecho. Entre los 23 y los 27 años trabajó en prensa sanitaria y luego en la pequeña empresa para los restos. Aficionado a la lectura, el motociclismo, la teología, el senderismo, la espiritualidad y los espagueti con carabineros. Ha escrito seis comedias en verso en las que se ironiza sobre la política, la historia “oficial”, el mundo colonial, la tradición de los cuentos infantiles… Bajo la dirección de su mujer estas sátiras han llegado a representarse en el Ateneo de Madrid y en otros teatros. Tiene cuatro hijos y cuatro nietos.


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