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Basura
«En noventa y ocho días la Tierra estará vacía. Vacía de vida humana, llena de basura.» Relato
Por Inés Usera Publicado en Relatos en 21 diciembre, 2021 Un comentario 16 min lectura
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Basura

 

Es difícil entender que uno abandona la Tierra para no volver del mismo modo que uno no entiende que va a morir. Nos hacen formar una cola. Todos subimos a la nave sin mochila, sin maleta, sin bolsas. Nada. No nos dejan llevar ropa, ni objetos personales porque no podemos repetir los errores del pasado. No podemos generar basura. Con las manos abrazo mi barriga, no sé si lo hago para proteger a la niña. Se escribieron varios artículos sobre ello: Una madrileña será la primera mujer española en dar a luz en el espacio. La niña nacerá en la estación espacial, me dijo el ginecólogo. A continuación me explicó que la niña nacería bien, que no me preocupara porque habría atención médica más que suficiente para recibirla en el parto. A mí no se me ocurrió pensar en la niña. Pensé en mí. La niña no tiene nombre. Hay un cartel con la cuenta atrás en el respaldo de todos los asientos. Los deben cambiar a diario. Es un cartel blanco con letras en rojo: en noventa y ocho días la Tierra estará vacía. Vacía de vida humana, llena de basura. Nuestra basura que desborda la Tierra. No me da miedo imaginar la Tierra vacía o hay veces que los miedos son tan grandes que no se ven porque no se comprenden. Me dan miedo las cosas pequeñas como esa niña que se forma en mí. En la hilera H de la nave somos cuatro; la nave es estrecha y alargada. Junto a la ventana está una mujer con el pelo suelto y canoso. Tiene la nariz pegada al cristal y se forma un círculo de vaho delante de su boca. No quiere dejar de mirar a la Tierra mientras pueda verla. Está callada. La envidio desde mi asiento sin vistas. Entre ella y yo, está sentado Juan. Le da un pequeño golpe en el hombro a la mujer y le dice: Hola, me llamo Juan. Olga, contesta la mujer y vuelve a su ventana. Juan me mira y me alarga la mano: Hola, me llamo Juan. Juan sonríe enseñando todos los dientes, los de abajo también. Sonríe para enseñar que no tiene miedo. Nos han ordenado por DNI. Al otro lado, a mi izquierda, está sentado un niño. Está solo, como yo, como todos. Tendrá el DNI de un muerto.

*

Es la pausa para comer y como siempre hablamos de aquello que echamos de menos. No sabemos hablar de otra cosa. Somos como viejos que vivimos con la mirada echada hacia atrás porque hacia adelante no vemos nada. Entramos en el comedor en una fila india que se enrosca por los pasillos. La comida no es comida, es sabor a comida. Galletas compactas con sabor a comida. Son compactas, como engomadas porque así no sueltan migas, porque no podemos ensuciar. En la primera cena, compartimos los cuatro una mesa: Juan, Olga, el niño y yo. Nos juntaron en la hilera de asientos de la nave y desde entonces no nos separamos. Como si creyéramos que no hay alternativa. Aunque así es como se forman las familias. Así es como la niña crece en mi barriga. En la primera cena, nos dieron unas galletas con sabor a pollo asado con patatas. Todos reímos porque si cerrabas los ojos parecía que tuvieras un pollo en la boca. También parecía que no estabas en el comedor blanco lleno de mesas blancas. En la estación todo es blanco porque así es más fácil detectar la suciedad. La higiene es la regla más importante que todos debemos respetar. En el espacio también se forman pelusas, pelusas de pelos caídos, uñas cortadas, fibras de nuestras prendas sintéticas, pedazos escupidos de galleta compacta, gotas de saliva, gotas de pis. Todos ellos se amalgaman en pelusas que son aspiradas y expulsadas al espacio, al vacío. La basura es inevitable. Nunca se puede eliminar del todo, siempre hay que esconderla, hasta que rebosa las cuencas de los mares.  Todo es blanco salvo las ventanas pintadas en las paredes del comedor. Cada ventana pintada tiene su propio paisaje, también pintado. Nos quieren hacer olvidar que estamos en el espacio. En alguna se ve un faro en medio del mar, en otra una cabaña abandonada en el bosque o una casa en las montañas. Todos ellos son silenciosos y huecos como la Tierra que se vacía de humanos. Según las ventanas estamos solos. No hay nadie allá fuera. El niño se sienta con nosotros, pero no habla a no ser que le preguntemos. Los demás hablamos para no estar callados. No es algo que planeemos —hablar de lo que echamos de menos—, pero siempre ocurre; siempre hay uno que dice: Lo que daría por comer un buen plato de lentejas.
Suele ser Juan el que empieza, otras Olga e incluso yo lo inicio en algunas ocasiones. Pero siempre hay alguien que empieza. Y entonces ya todos nos unimos porque somos como viejos que solo queremos hablar de lo que dejamos atrás.
Yo por hundirme bajo el edredón de mi casa. Era grueso y rasposo. Yo quiero envolverme en un enorme edredón. Dormir bajo peso, un peso que me sujete, dice Olga.
En el espacio no hay edredones. Las habitaciones están atemperadas. Así generamos menos residuos porque los edredones se gastan y hay que renovarlos. Eso es basura.
Pues yo quiero una caña. Una caña bien tirada. Lo dice Juan con la sonrisa grande mientras apura el último trozo de galleta con sabor a ceviche de lubina. Si cerramos los ojos ya no vemos una lubina, vemos un bote de desinfectante.
Solo podemos hablar de cosas pequeñas. Olga y Juan mienten, las cosas que dicen que echarían de menos son las mismas que echarían falta que si pasaran un fin de semana en el extranjero. Cuando digo que quiero un espejo creen que yo también miento. En la estación espacial no hay espejos. No sé si los olvidaron o no quieren que nos veamos, que veamos cómo nos desteñimos y nuestros músculos se atrofian. Las venas se dibujan por debajo de mi piel, como hiedra para que la niña trepe. Nadie nos explicó cómo se hizo la lista de objetos a incluir en las estaciones espaciales. Los baños son rectas de retretes separados por paredes blancas o rectas de duchas separadas por paredes blancas. Las duchas son de aire porque el agua arrastra la suciedad y la extiende. Las duchas lanzan aire comprimido contra nuestros cuerpos que elimina los residuos. Cuanto menos nos ensuciamos, menos basura se genera. Como no hay espejos a veces le pido a Olga que se quede bien quieta. Me sitúo frente a ella, nariz con nariz, con el reflejo de mi cara inflada, como un pez que se descubre por primera vez, en su iris. Poco a poco me alejo para verme de cuerpo entero. La distancia me hace pequeña y solo veo un punto. Soy un punto, pero mi barriga crece cada día. La palpo por las noches en la cama. Comienzo por el pecho y desciendo, poco a poco, hasta llegar a las rodillas. No me reconozco. La niña da patadas. Me deforma el cuerpo a patadas. Y yo miro sus pies o los puños que se marcan por debajo del tejido de mi piel y pienso que la niña tampoco podrá verse. Igual que ahora yo no la veo, mi piel la esconde. La niña no tendrá un espejo donde mirarse. Tendrá que pedirme por las noches que la describa.
¿Cómo soy?
Tienes los ojos azules.
¿Como tú?
Sí.
¿Y el pelo?
El pelo marrón y rizado.
Y tendrá que mirarme para buscarse. Da patadas sin cesar. Por las noches me giro para ver si, al cambiar de postura, la calmo y se duerme. Tal vez se queja porque no sabe quién es porque no tiene nombre. En el comedor, el niño no miente. Siempre dice: Quiero ver a mi madre. Lo miramos callados, pero nadie se queja porque diga la verdad. Le dejamos decir la verdad porque es un niño.

*

Olga y Juan se acuestan juntos. Los oigo gemir en la ducha. Acostarse en la habitación está prohibido por las manchas. Los colchones están cubiertos por una sábana bajera plastificada. Si se mancha hay que limpiarla. Eso es basura. Gimen como dinosaurios bajo el chorro de aire comprimido que elimina los rastros de semen apenas ha sido eyaculado.

*

Hacer pis es basura. Comer es basura. Tener sexo es basura. Sudar es basura. Todo lo que sale de nuestro cuerpo es basura. La niña es basura.  Estar vivo es basura. Me lo explican en la formación de trabajo.

*

Esta mañana se ha roto la gravedad artificial. La estación parece un acuario lleno de medusas que flotan arrastrándose por las barandillas de las paredes. He flotado como la niña que también flota. Estaba sola en la habitación cuando, de repente, se ha ido la gravedad. En el cuarto hay cuatro camas. Una en cada esquina. Tenemos almohadas con fundas plastificadas. Las almohadas son basura. Recomiendan no usarlas. También hay ventanas pintadas, ventanas con estrellas. Las ventanas pintadas no son basura. Tampoco son verdad. Ha sido como caer al agua. Mi cuerpo ha comenzado a elevarse con la barriga apuntando hacia al techo. La niña no será terrestre. No conocerá la gravedad. La gravedad será para ella algo artificial. La niña no tiene raíces que la sujeten. Pega patadas mientras mi cuerpo sube. Trabajar no es obligatorio, pero trabajamos de todas formas porque no sabemos vivir de otro modo. Las horas se hacen largas y se estiran sin fin cuando no trabajamos. Juan ha conseguido el puesto de cocinero. Nos cuenta cómo abren las bolsas de galletas envasadas al vacío. Algunas las colocan sin más en un plato, otras las diluyen en un vaso de agua. Las galletas son suplementos vitamínicos aromatizados. Artificiales como la gravedad. Nada en la estación es verdad. Olga tiene un trabajo de mentira. Un trabajo para pasar el tiempo. Nos cuenta que les hacen apilar cajas de galletas en una esquina. Cuando terminan, cogen todas las cajas y vuelven a apilarlas en la esquina inicial. Así todo el día. Pero eso es mejor que no hacer nada. Así las horas pasan. El niño va al colegio. Yo trabajo en el colegio. Me han hecho profesora de reciclaje. Los niños aprenden a no gastar: no gastar la ropa, el aire comprimido de las duchas, las sábanas. Cuanto menos gastas, menos basura hay. Me dicen lo que tengo que decir y se lo digo a los niños. Me miran callados y no hablan. A veces preguntan por sus madres. No sé dónde están. Estarán en otra estación espacial. No sé dónde. Por las ventanas sólo se ven faros abandonados. Cuando se ha ido la gravedad esta mañana, mi cuerpo ha subido hasta colocarse en una esquina junto al cartel de letras rojas en el que pone: En siete días la Tierra estará vacía. Queda una semana para que en la Tierra sólo quede basura. Nuestros cuerpos también son basura. La basura es verdad. Los niños sin madres me miran y me preguntan. No sé dónde estarán sus madres, así que les hablo del reciclaje. La niña pega patadas mientras estoy en clase. Da tantas patadas que me tira al suelo. Me dicen que es mejor que no trabaje.

*

Olga me enseña el aparato que debe colocarse entre las piernas para que chupe la sangre. Los tampones son basura. Las compresas son basura. La sangre es basura. El aparato chupa la sangre y luego hay que vaciarlo para que la sangre sea expulsada al espacio.

*

Juan está enfermo. Los enfermos ensucian. Los enfermos sudan. Los enfermos sueltan microbios que se agarran a las sábanas, a las paredes, a los cuerpos. Hay que cambiar las sábanas, limpiar las paredes, duchar a los cuerpos. Los enfermos son basura. Juan está solo en un cuarto de paredes transparentes. Un médico monitoriza las partículas por metro cúbico de aire que emite su cuerpo. Apoyo la barriga en la pared de cristal. El niño está a mi lado sujeto a mi mano. La niña solo da patadas. Una tras otra. En el comedor, Olga llora. Llora en silencio porque llorar ensucia. Las lágrimas son basura. Pero Olga llora. Le dan un tubo para que recoja las lágrimas que caen por su mejilla. No pueden tocar el suelo. Por las noches llora a gritos. Pone la cabeza contra la almohada y grita. El niño mira cómo llora en el comedor y dice: Echo de menos los columpios.
Ya ha aprendido a mentir. Yo también quiero llorar porque la niña da patadas. No le gusta mi cuerpo. No deja de moverse. No me deja dormir. El niño se escapa del colegio y viene a verme. Cuando estamos solos, hablamos de madres y espejos. El cuerpo de Juan es expulsado al espacio. Es el primer muerto de la estación. Ha dejado de respirar. Olga grita por las noches. Ha aprendido a llorar sin lágrimas. Los gritos no son basura. El niño duerme en mi cama. Pone la cabeza sobre mi barriga. Así dormimos tranquilos: el niño, la niña y yo. La niña no tiene nombre. El niño sí que tiene nombre, pero prefiere que lo llame el niño. Los nombres son para las madres.

*

Hemos hecho una fiesta. Hemos comido galletas y aplaudido en el comedor. La Tierra ya está vacía. Si la agito como una cáscara de nuez, puedo escuchar el eco del fruto muerto en su interior. El espacio está lleno de madres sin niños, niños sin madres, madres con niños sin espejos. Las ventanas se han pintado de fiesta. Gorros, globos, guirnaldas, serpentinas, piñatas. Todos están pintados. Si están pintados no son basura. Tampoco son verdad. Las galletas dicen que tienen sabor a pastel. A mí me sabe a jabón. La niña llega. Ha empezado a pegar patadas en la fiesta. Nos han encerrado en un cuarto de paredes de cristal rodeadas de pasillos blancos. Desde la cama, no sé dónde empieza el cuarto. Parece que estoy tumbada en  mitad de un pasillo. Han colocado una tubería grande a la salida de mi vagina. Olga y el niño nos miran. Sonríen. El niño está apoyado en el cristal. Le dicen que se separe para que el aliento de su boca no se pegue al cristal. La tubería aspira el agua que expulsa mi cuerpo. La niña pega las últimas patadas. Chillo. Sale sangre. Mucosa. Placenta. Pis. Mi cuerpo se vacía. La cabeza de la niña sale por la tubería que aspira todos los residuos de mi cuerpo que se agarran a ella. Separan la tubería de mi cuerpo. Está la niña cubierta de sangre, mucosa, placenta, pis. Quieren llevársela. Quieren limpiarla.  Quieren que la niña sea limpia y blanca. La niña quiere flotar, pero el cordón umbilical la sujeta. La cojo en mis brazos. La niña llora. Yo también lloro. Olga y el niño lloran. Nos encierran a todos en el cuarto de paredes de cristal para que lloremos las lágrimas en pequeños tubos. El niño coge a la niña en brazos. Olga me da la mano.

*

En el comedor, coloco la boca de la niña en mi pecho. Olga y el niño nos miran. Sale leche de mi cuerpo. Todo lo que sale de mi cuerpo es basura. Olga, el niño y yo miramos cómo bebe. La niña bebe basura. Lloramos  porque la niña es verdad.


Inés Usera, alumna de la XII Promoción del Máster de Narrativa, nació en Madrid, donde ha pasado casi toda su vida, salvando breves periodos en Barcelona y Dublín. Estudió Ingeniería Industrial en la Universidad Politécnica de Madrid y también cursó un Máster sobre la regulación del sector eléctrico, área en la que ha centrado su carrera profesional hasta el momento. Hoy en día participa en el consejo editorial de La Rompedora, donde anteriormente también se publicó su relato Las reglas del juego.


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  1. Una historia de una claustrofobia impactante. Y cuando crees que ya todo está perdido…. Surge la vida, ese estar vivos maravilloso.
    Precioso Inés

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