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Hentai
«Sería increíble poder recordarte agarrada a mi cintura, con tu pelo puntiagudo rosa, tu diadema ninja y no sentirme culpable.» Relato
Por Valeria Sevillano Publicado en Relatos en 18 enero, 2022 Un comentario 8 min lectura
"Hace días que llueve mierda", de Germán Barrera Anterior Siguiente

Hentai

 

Sería increíble poder recordarte agarrada a mi cintura, con tu pelo puntiagudo rosa, tu diadema ninja y no sentirme culpable. Pero las lágrimas de Marta, su cara revuelta y las muecas de espanto nublan tu imagen. Aquella noche me miró algo confusa e intentó aguantar un gesto desagradable. Sin embargo, se le escaparon las cejas juntándose nerviosas en un pliegue siniestro. El tema salió, de repente, entre el silencio de la cama deshecha y el condón usado. Llegó su risa aguda y en forma de chiste anunció: «¿Sabes lo que es el hentai? Una especie de porno con dibujos animados», y su mano tapó su boca ingenua. Hacía un calor infernal, me notaba las piernas húmedas y la espalda mojada de sudor. Alguna vez me planteé hablarlo con ella, sincerarme, pero ¿cómo podía hablar de ti?, ¿y qué pensaría de mí al contarle nuestra historia?

—Son unos tíos raros los japoneses, están enfermos —dijo con una sonrisa burlona—. Lo busqué el otro día y salieron dibujos de niñas pequeñas con tetas enormes, en plan pederasta. Les ponen los uniformes escolares, ¡qué mal rollo!
—El hentai no es solo niñas con uniforme. No da mal rollo, no es como el porno, es más suave.

Yo creo que no es lo mismo un coño que una falda al aire. Nada es igual que tu falda al aire. La primera vez te vi caminando hacia la parada del bus, tranquila, escuchabas música y de vez en cuando levantabas la cabeza para vigilar el tráfico. Entonces, separabas los talones un poco del suelo, como si la altura te ofreciera más visión, y cuando los talones bajaban de nuevo tus muslos botaban suaves. Consumí en bucle tu imagen alta y fina, descubrí el movimiento secreto de todo tu cuerpo, cada pedacito de ti se alzaba y jugando caía rítmico: tus brazos, tu pelo, tus mejillas. Recuerdo un segundo encuentro similar, esta vez llegabas tarde a clase. Corrías calle abajo con tu vestido largo y los shuriken tintineaban en tu bolso como campanas inofensivas. Cuando pasabas cerca de mí, sentía el impulso de subir las manos y recoger tu pecho redondo sobre mis palmas. Como si fueran dos globos de agua y yo sediento, boca abierta, mano en los pantalones.

—Yo no he dicho eso, no inventes —dije.
—Literalmente me acabas de decir: «Ella es tan guapa como tú».

Intenté defenderte pero, tal vez, debí haberme callado. Yo no quería contar nada, fue ella quien sacó el tema y me picó hasta que le dije que lo había visto. Después quiso saber más. Yo pensé que había complicidad, que no me juzgaba y le hablé de Naruto, de la serie y las páginas de fans; de los pósteres, los dibujos, los vídeos en los que sales y de las pajas. En realidad, no pensé que tú fueses tan peligrosa para ella. Sois diferentes.

—Me puedes explicar ¿en qué momento se te ocurre la idea de masturbarte con un dibujo?
—Alguna tarde, estudiando aburrido, pasé de un vídeo a otro y por curiosidad pinché en un sitio.
—¿En qué sitio?

Marta cada vez estaba más nerviosa, se incorporó y se tapó el cuerpo con la sábana arrugada que teníamos a los pies de la cama. Todo estaba frío y el gotelé amenazaba puntiagudo con arañarme a cada pregunta. No podía contarle nuestros encuentros por Japón. Intenté tranquilizarme y, de golpe, recordé la tarde bajo los cerezos rosas: me llevaste de la mano a un rincón sagrado donde susurraste despacio el significado de tu nombre. Me pediste que lo repitiera varias veces. Yo, torpe, te hice caso y practiqué el movimiento de mi lengua. La s inicial vibra sobre el paladar, larga, abriéndose despacio hacia la a tersa. Entonces, un beso al aire y la garganta cerrada crea la k que se perfila con una u tímida. Por último, una exhalación casi muda, el ronroneo suave de un gato en la r y a final. No podía dejar de decir: «Sakura», a cada respiración decía: «Sakura»; levantaste una flor de cerezo rosa y repetiste conmigo: «Sakura», te la colocaste en el pelo, dijiste: «Sakura». Es imposible olvidar el brillo de tus ojos cálidos, el olor fresco y dulce que surgía a cada pequeño movimiento que hacías. Imposible olvidar nuestros cuerpos sobre un césped blando y la lluvia de flores que nos rodeaban.

—Pero ¿por qué ves porno si me tienes a mí? —dijo Marta.
—¿Qué tiene que ver una cosa con la otra? —dije.
Cara de asco, abrió la boca azul, me miró enfadada, miró al colchón, subió los hombros cogiendo aire.
—Si te masturbas con otras tías es como si me engañaras. Es como si yo no fuera suficiente, y no lo entiendo porque te corres siempre. ¿Has pensado en otras cuando follamos?
Parecía una pregunta trampa.
—Cuando follamos, no —dije con miedo.
—Pero piensas en otras, entonces.

Me dijiste que tu nombre significa flor de cerezo. Sakura para mí significa también sonidos suaves. Significa, a veces, que vas a reírte de cómo me pongo nervioso. Sakura es una ducha caliente después de besarte, lamerte, olerte. Puedo hacerlo todo contigo, tú me dejas tocarte el pelo cuando te agachas, y gritas a saltos cuando te hago cosquillas en los muslos. Masajearte la espalda, curarte tus heridas y sentir todo tu chakra resplandeciente como una hoguera. Te gusta que te acaricie despacio, te gusta mi aliento a cualquier hora del día.

—No entiendo nada, Marta, ¿cuál es el problema?
—¿Tú me quieres, Jose?

Aprendí a decir alguna cosa en japonés para impresionarte. Antes solo sabía el nombre de técnicas ninja: Oiroke no Jutsu, Amaterasu o Kamui. Pero quería aprender a decir «qué guapa eres», «me gustan tus labios», «tienes unos ojos preciosos», «te quiero». En uno de nuestros paseos me enseñaste a transformar el viento: movías las manos con cuidado, tus dedos bailaban formando ráfagas de menta. Tu pelo rosa flotaba y la brisa te despejaba la frente. Cerraste los ojos y al volver a abrirlos salió el sol. Pensé en lo perfecta que eres, «Anata wa utsukushīdesu», dije. Te lanzaste a mí feliz, caímos sobre la hierba riendo.

Los ojos de Marta estaban lluviosos, contenía la respiración a la espera de mi respuesta. Con un fino hilo de voz dije:
—En japonés te quiero es suki. Yo te suki, Marta.
Respiró aliviada y dejó caer varias lágrimas por su mejilla. Enseguida se abalanzó sobre mí, cayó la sabana y noté sus pechos fríos, sus brazos se enredaron sobre mi cuello asfixiantes. Noté su cara húmeda y las gélidas lágrimas resbalaron hasta mi oreja. Sin separarse de mí, dijo:
—Pues si me quieres prométeme que no verás más hentai, ni porno, ni te masturbarás si no estoy yo.

Tras la batalla contra Kaguya volviste cansada y te tumbaste llena de sangre sobre mi cama, tu cara cayó hacia la derecha repleta de rasguños. Me asusté al pensar que tal vez morirías, te rasgué el vestido para poder curarte. Con cada beso sellaba una a una tus heridas, te pasaba mi energía y notaba cómo volvía el color a tu cuerpo. Te cuidé toda la noche, estuve atento a tu fiebre y de repente despertaste y en un susurro me dijiste: «Ai Shiteru».

—Marta, yo te suki, pero no te Ai Shiteru.

Aquella vez no estaba seguro y no supe qué responderte, me quedé pensativo. Y es injusto porque tú no has dejado de quererme nunca. En ese momento me bloqueé, sé que Ai Shiteru se dice solo una vez, se dice al amor de tu vida; a la persona con la que quieres estar siempre.
Tu nombre es Sakura, es una flor fresca y rosa, es redonda y blanda, con pétalos suaves y unos pelitos graciosos que adornan su dulce y virgen néctar.
Ahora lo sé: Ai Shiteru, Sakura.


Valeria Sevillano, alumna de la XII Promoción del Máster de Narrativa, es tauro y nació en Madrid. Estudió Comunicación Audiovisual y se dedica al mundo de los rodajes, trabajando en el departamento de cámara de series de televisión. Además de escribir relatos y poesía, desarrolla su creatividad a través de los cortometrajes, la fotografía analógica, la performance y la actuación. Es fan de los fotomatones, el Guaraná y hasta ahora sus relatos solo existían en papel.


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