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Meng Po
«Es lo único constante en sus vidas, en sus muertes. El té. Así como yo debo verlos marchar ignorantes de quiénes fueron o en quiénes se convertirán.» Relato
Por Marbella Ruiz Publicado en Relatos en 1 febrero, 2022 0 Comentarios 4 min lectura
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Meng Po

 

Sigo suponiendo que este mundo no tiene un sentido superior.
Pero sé que hay algo en él que sí tiene sentido, y es el hombre ante su prójimo.
Porque ese encuentro le da sentido a todo.
Albert Camus

He visto descender a la décima corte de la prisión del Dìyù a hombres, mujeres y niños por igual. Y es que, en cuestiones de la vida y la muerte, a diferencia del mundo terrenal, no se hacen distinciones de edad, raza, religión o clase social. He visto descender rivales que ascienden como amantes, amantes como amigos, amigos como hermanos y hermanos como desconocidos. Pero existe una única cosa que permanece cierta tanto allá como acá y esta es que todos deben beber el té que les preparo.

Todos me visitan. Aunque mi hogar se encuentre oculto en la bruma de vapores fragantes, aunque deban atravesar las otras nueve regiones del inframundo, aunque quieran aferrarse a sus recuerdos, todos consiguen llegar. El dulce olor de la infusión a jazmín y canela los guía sin falta.

Procurar que haya té suficiente para todo aquel que me visita es lo común, es lo esperado. Nadie sale del santuario sin haberse bebido su té. Por muy amargo que sea, es la regla. El té es la neblina que esclarece, la amargura reconfortante, la calidez escalofriante, es lo que los prepara para la siguiente ascensión.

Aunque ellos ignoren mi nombre, conozco a la perfección a mis comensales, conozco sus almas. Sé quiénes han sido y en quiénes se convertirán. Los he visto ir y venir con sus vidas colgadas en sus lágrimas, que resbalan por su rostro hasta convertirse en la infusión que les sirvo. Sin lágrimas el té no surte su efecto amnésico. Sus arrepentimientos, sus enfermedades y sus tristezas se deslizan hacia el cuenco. A veces lloran de añoranza por la vida que dejan atrás, por los adioses que no pudieron decir, por la vejez que se les precipitó o a la que no lograron llegar. Lloran por sí mismos. Lloran para olvidar. Como hijos que piden a su madre que les cure todo mal, suplican por el brebaje que brinda consuelo. Lo necesitan para el porvenir, para poder regresar. Solo un trago basta.

Parten al beberse el té. Es lo único constante en sus vidas, en sus muertes. El té. Así como yo debo verlos marchar ignorantes de quiénes fueron o en quiénes se convertirán. Atados al ciclo eterno del que no son capaces de escapar. Todos beben su té. Todos excepto ella, la única que logró romper con el orden.

Me preguntó por el nombre de alguien más, como cualquier otra alma que espera un reencuentro imposible. Al entregarle la taza, no le apeteció beberse el té. El vapor no le escoció los ojos en lágrimas, el olor no sedó sus penas. Jamás había visto a alguien despertar del trance aromático. En cambio, el alma, elocuente y audaz, ofreció su eternidad a cambio de quedarse con sus recuerdos.

Quedé perpleja. Había llegado hasta ahí y no quería seguir su camino. Todos querían corregir sus errores, reencontrarse en otra vida con sus seres queridos u otra oportunidad para vivir una vida como quisieran vivirla. Tan solo extendió una mano delante de sí y esperó a que sellara el pacto. Ella ahí, justo enfrente, conmigo, firme, y la taza en su mano intacta, la fila de almas detrás detenida.

Vi quién había sido, pero no pude ver en quién se convertiría. Estreché su mano y le di la bienvenida a mi reino. Después de todo, me hacía bien tener un poco de compañía.


Marbella Ruiz, alumna de la XII Promoción del Máster de Narrativa, nació en Valencia, Venezuela. Aficionada a la literatura desde temprana edad, se dedicó únicamente a la lectura durante su adolescencia. Se graduó de Psicología Clínica y ocasionalmente escribió guiones para shows de teatro infantiles mientras vivía en Venezuela. Ahora, dedicada plenamente a la escritura, reside en Madrid y estudia en Escuela de Escritores.


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