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Trabajo final
«Como cada jornada de su existencia, sonó la alarma.» Relato
Por Paula Rebuelta Publicado en Relatos en 15 febrero, 2022 Un comentario 10 min lectura
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Trabajo final

 

El sol artificial iluminó la habitación simulando la llegada del día. Como cada jornada de su existencia, sonó la alarma. Como cada jornada de su existencia, J. apartó la sábana con los mismos movimientos mecánicos y apáticos y alcanzó con la punta de los dedos el cóctel de píldoras-desayuno que aparecía puntualmente en la ranura de la pared. Se las llevó a la boca y las tragó sin líquido, esperando que el chute de energía diario inundara su cuerpo.
Plegó la cama en la pared y se dio una ducha breve, tenía mucho trabajo por delante. Desplegó el teclado de su cubículo-vivienda-oficina, enganchó los pies en los pedales y pedaleó con fuerza hasta que se encendió la pantalla del ordenador. Sus dedos empezaron a dar leves toques sobre el teclado retomando la tarea donde la había dejado la jornada anterior y su mirada se perdió en la pantalla hasta el final del día.
Cuando el sol artificial empezó a apagarse, plegó el teclado sobre la pared y sacó la cama. Últimamente llegaba al final de la jornada renqueante, tenía calambres en las piernas de pedalear durante horas y la tarea de una jornada normal había empezado a hacérsele difícil. Nunca había cometido ningún error en su trabajo, pero el pedaleo constante cada vez le costaba más. Se tomó las píldoras-cena y se durmió agotado, sumido en un sueño profundo, como si todo su sistema nervioso se apagara.

Con puntualidad maquinal, al día siguiente se despertó con el sonido de la alarma. Era un sonido mudo que parecía estar solo en su cabeza. Nunca se había preguntado de dónde venía el sonido que le despertaba cada mañana. Esta idea atravesó su cabeza a toda velocidad y desapareció en el momento en el que se tragó las píldoras-desayuno. Plegó la cama, se dio una ducha y sacó el teclado. A pesar del chute de energía que suponían las píldoras del desayuno, estaba dolorido y exhausto. Abrochó a sus pies las correas de los pedales y comenzó su jornada. El agotamiento físico le impedía concentrarse, pero no desvió su mirada de la pantalla ni un instante. Cuando notó que la luz del sol artificial empezaba a atenuarse se dio cuenta de que había cometido un error. Un cambio en un pequeño caracter al principio del código había echado por tierra toda su jornada de trabajo. Todo estaba mal. No podía incumplir los objetivos del día. No recordaba nada fuera de ese cubículo y nunca había cometido un error en su trabajo, no había precedentes, ninguna referencia. Intentó pedalear para alargar su jornada, pero el sol artificial seguía bajando y sus rodillas crujían quejumbrosas ante del pedaleo constante. Estaba agotado. Cuando las píldoras-cena aparecieron por la ranura de la pared dejó de pedalear y estiró los dedos entumecidos para alcanzarlas. Plegó el teclado y sacó la cama, se tragó las pastillas y durmió extenuado.

Puntualmente, la alarma le despertó. Con los músculos abotargados le pareció que el sol artificial brillaba con más intensidad que nunca, parpadeó unos instantes hasta que sus ojos se adaptaron a la claridad. No tenía tiempo que perder, plegó la cama y abrió la ducha. ¿Por qué estaba tan cansado? Cayó en la cuenta de que no se había tomado las píldoras-desayuno. Alargó el brazo hasta la ranura en la pared y sintió entre los dedos mojados las tres píldoras que aparecían cada mañana. Las miró soñoliento y se las llevó a la boca. El cansancio le jugó una mala pasada y en un movimiento casi borracho, dos de las tres píldoras cayeron por el sumidero de la ducha. J entró en pánico. Nunca había ocurrido algo así.
Cerró la ducha y todavía húmedo desplegó el teclado incrustado en la pared. Cuando se dispuso a pedalear para arrancar el ordenador, la habitación le pareció algo más pequeña que el día anterior. Miró a su alrededor, el espacio entre el lateral del teclado y la pared había desaparecido. “Es imposible” pensó. Respiró hondo y se dispuso a corregir todo el código de la jornada anterior antes de ponerse con la tarea asignada para ese día. De vez en cuando, sus ojos se desviaban de la pantalla para observar la esquina del teclado, ahora pegada a la pared. Notaba cierta inquietud y angustia cada vez que buscaba el espacio que había ahí mismo el día anterior. Pedaleó más deprisa intentando huir de esa sensación pero las rodillas le crujían y los músculos de las piernas le ardían. El sol artificial se mantuvo brillante e implacable durante una jornada que le pareció infinita. Sus ojos saltaban de la pantalla a la esquina del teclado y la pared, le costaba concentrarse en la tarea. Sus dedos corrían sobre el teclado, pero le fue imposible corregir el código del día anterior y cumplir con los objetivos del día.

A la mañana siguiente, cuando sonó la alarma  y el sol artificial iluminó la estancia, la pared tocaba el final de la cama. El día anterior había dudado, pero el cambio de hoy era evidente, la habitación era mucho más pequeña. Dolorido y exhausto engulló las píldoras de la mañana, plegó la cama, se dio una ducha y sacó el teclado. Empezó a pedalear con energía, clavó los ojos en la pantalla y continuó con la reescritura del código donde lo había dejado la noche anterior. Continuó sin descanso hasta que el sol artificial comenzó a apagarse poco a poco y llegó de nuevo la hora de dormir. No había conseguido alcanzar los objetivos de la jornada, el retraso se acumulaba. Intentó desplegar la cama, pero las paredes habían seguido avanzando comiéndose su pequeño cubículo. Las píldoras-cena le sumieron en un letargo que le hizo desistir en sus intentos de desplegar la cama. Agotado, J se tendió en el suelo. Se extendió en su cubículo en diagonal para poder estirar las piernas y durmió hasta que la alarma y la luz le despertaron.

Por la mañana, su cubículo había menguado hasta la mitad de su tamaño original. No le hizo falta abrir los ojos para notarlo, tumbado en el suelo, sentía la presión de la pared sobre su cabeza y las piernas recogidas. Se esforzó por mantener la calma, tragó las píldoras, abrió la ducha y dejó que las gotas de agua golpearan su piel durante unos minutos. El letargo le impedía darse prisa, el efecto de las píldoras le parecía más débil que la jornada anterior y la del día de antes. Cerró el grifo y desplegó el teclado. Comenzó a pedalear apático. Sentía los dedos torpes, se arrastraban de unas teclas a otras sin agilidad, dudaba de cada movimiento y decisión, hasta ese momento automáticas. Todo parecía más lento, más pesado, más denso. Las falanges de sus dedos pesadas, las articulaciones de su cuerpo parecían quejarse como bisagras oxidadas. Intentó rebelarse contra su propio dolor y su cansancio, pero era incapaz de concentrarse en la tarea. Dio la jornada por perdida al cabo de unas horas, pero el sol artificial no se apagaba. Brillaba sobre él, vigilante. Por fin la luz empezó a apagarse y las píldoras-cena aparecieron a través de la pared. Se las tomó y cayó en un profundo sueño antes, incluso, de que el sol artificial se apagara del todo.
Cuando sintió la alarma, la luz inundaba el espacio diminuto deslumbrándole a través de los párpados. No podía más. Intentó ponerse de pie pero las rodillas no le respondieron. Apenas quedaba espacio para incorporarse, su corazón se aceleró. Con el brazo encogido, alcanzó las píldoras que había en la ranura y se las llevó a la boca. Se incorporó apretando las rodillas contra su estómago hasta que consiguió sentarse, retorcido, en el cubo cuarenta por cuarenta centímetros. Se colocó los pedales en la punta de los pies y con una contorsión asfixiante consiguió pedalear llevando sus rodillas desde el estómago a la barbilla, hasta que se encendió la pantalla. Apoyó el teclado en la contra la pared en vertical. Retomó su tarea donde la había dejado al llegar la noche. Nada del código que había escrito tenía sentido. Empezó a sudar mientras el latido de su corazón le retumbaba con más y más fuerza en los oídos. Apenas podía moverse, pero tenía que conseguir ponerse al día con el trabajo. Revisó y reescribió el código tan rápido como pudo. Volvía sobre sus pasos y cambiaba de nuevo lo que antes había dado por bueno. La jornada era interminable, el sol artificial parecía brillar implacable durante mucho más tiempo de lo normal. Finalmente la luz empezó a apagarse. Se sintió aliviado durante unos segundos antes de ser consciente de que era la cuarta jornada de trabajo acumulado. Entonces, la adrenalina y el cortisol inundaron sus venas, arterias y capilares. El pánico le hizo seguir pedaleando en la oscuridad, hasta que la debilidad se hizo de nuevo con él. J se quedó dormido plegado sobre sí mismo con los pedales en los pies, esperando las píldoras de la noche.
En la oscuridad agónica, escuchó con total claridad el chasquido salvaje de sus propios huesos, ahogados entre las paredes del cubículo.


Paula Rebuelta, alumna de la XII Promoción del Máster de Narrativa, ha vivido en Irlanda, EEUU y Reino Unido. Estudió comunicación y fotografía en Madrid y EEUU. Continuó sus estudios de posgrado en la escuela de diseño Central Saint Martins de Londres donde se especializó con un máster en Imaginación aplicada a las industrias creativas. Ha trabajado para empresas como Myspace o Disney y ha desempeñado labores de gestión cultural y talleres para niños. Colabora con publicaciones como Room Diseño o AD para las que escribe sobre diseño y arte contemporáneo. Compagina estas actividades con Central Tucupí, un proyecto propio en el que investiga los procesos creativos.


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  1. Una maravilla narrativa, que va reduciendo tu espacio y sientes el crujir de tus propios huesos. Me imagino a un informático atrapado en sus labores programáticas. Para ellos, las horas no existen y siempre hay una luz artificial que les indica que existen. Un día, sin más, revientan.

    Felicidades

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