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Los mirlos negros
«Yo encogí ligeramente el hombro cercano a su rostro y dejé que el tirante del vestido se me deslizara por el brazo, junto al calor de su respiración, su cuerpo tenso.» Relato
Por Laura Ruiz Publicado en Relatos en 22 marzo, 2022 0 Comentarios 5 min lectura
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Los mirlos negros

 

Los prismáticos aún exhalaban en mis dedos el calor de su piel sobre el metal. Me asomé por ellos y, al otro lado, los mirlos con plumas provenidas de las tinieblas y picos como amaneceres se removían en el nido del cerezo de su jardín. No tenía flores. Pedro me rodeó con los brazos para ayudarme a sostener los prismáticos, como si juntos levantáramos el peso de la pirámide de Keops con nuestras manos. Yo encogí ligeramente el hombro cercano a su rostro y dejé que el tirante del vestido se me deslizara por el brazo, junto al calor de su respiración, su cuerpo tenso.
En el nido, uno de los mirlos adultos alimentaba al pequeño que había aprendido a exigir sus lombrices a gorjeos insistentes. El mirlo llegaba con el gusano en el pico, se lo ofrecía a su descendiente y salía a por más mientras el pequeño gorjeaba con fuerza hasta ser alimentado de nuevo.
Cuando llegó la siguiente lombriz, dejé a Pedro solo sosteniendo los prismáticos, me volví sobre la silla hacia él y besé el lóbulo de su oreja. Besé su cuello y, mientras seguía bajando los besos y rebuscando entre sus pantalones, él dejó caer los brazos apartándose de mí como si el peso de la pirámide lo hubiera vencido de golpe.
—¿Qué haces, Jimena?
—Lo siento, supuse que lo de tomar una cerveza en tu casa…
Me observó unos instantes con violencia y después sonrió dejando los prismáticos sobre sobre la cama.
—Una cerveza es solo una cerveza, quizá unos besos también, pero algo más lo estropearía todo —dijo acariciándome la barbilla.
Me fijé en que, tras él, un cuadro colgaba sobre el cabecero de su cama con jaulas vacías y cerradas.
—El otro día escuché tu conversación con Bruno sobre aquellas chicas de la playa —me atreví a decir.
—La playa, un jardín… ¡No tienen nada que ver! Las playas son diversión, los jardines elegancia.
—Yo no creo que estén reñidas ambas cosas —respondí jugueteando con el tirante caído.
—No pensé que fueras a darme esa respuesta hace solo un mes, la verdad. Me sorprendes.
—¿Para bien o para mal?
—Me sorprendes —repitió mientras se acercaba y recolocaba mi tirante en el hombro.
Yo me levanté de la silla y miré por la ventana con la intención de tomar aire fresco. El mirlo joven seguía pidiendo más.
—¿Y qué te parecí entonces, si puede saberse? —pregunté volviéndome hacia él.
—No sé, calladita, de las que quedan bien.
—De las que quedan bien. De acuerdo, pues tomemos esas cervezas entonces.
Cuando subió con los tercios se sentó sobre la cama dejando una silla vacía entre nosotros. Yo me senté junto a la ventana, frente a él. Sus ojos recorrían mis piernas. Luego se levantó y echó un vistazo al jardín antes de hablar.
—Los gusanos lo estropean todo siempre, ¿no te parece?
—Son su alimento.
—Sí, pero el encanto de los mirlos y del cerezo se estropea con esas lombrices.
—A mí me parece una escena natural, de atractivo sincero, silvestre. —Bebí cerveza hasta mitad del botellín.
—¿Bebes siempre tan rápido?
Su mirada volvió a endurecerse.
—¿Crees que mis tragos no son lo suficientemente elegantes?
Mi pregunta se perdió junto a una ráfaga de aleteos. El mirlo pequeño volaba ante la mirada atenta de sus instructores y parecía su primera aventura y las plumas le brillaban como si acabara de salir de una de las jaulas del lienzo y el polvo almacenado cayó a cada trozo de aire batido.
—Jimena, no quería molestarte.
Se sentó junto a mí, bebió un trago de cerveza y dejó una mano en mi muslo antes de besarme. Después me acarició el pelo y yo volví a deslizar mi tirante encogiendo el hombro, le agarré el rostro y convertí el beso en humedad. Pedro se separó con rapidez y volvió a colocarme el tirante.
Elegancia. Después se recolocó el pene por encima de los pantalones, no debía olvidar esa cuestión nunca, nunca y, en cualquier caso, la retomaríamos cuando volviera del baño, tras refrescarme un poco.
No volví.
Bajé los escalones de la casa y dejé a Pedro en el interior tras cerrar la puerta con todo el refinamiento del que fui capaz. Y con firmeza. Con mucha firmeza. Como asegurando los cerrojos de una jaula que retiene sombras. Como si temiera arrepentirme pasados los primeros instantes de aquel hechizo.
Al pasar junto al cerezo, advertí que el pájaro más joven no había vuelto todavía a por su siguiente gusano.
El silencio llenaba el nido.


Laura Ruiz, alumna de la XIII Promoción del Máster de Narrativa, nació en Puerto de Sagunto, Valencia, aunque sus raíces son manchegas y andaluzas. Estudió psicología, pero lo que más le gustaba era el arte y la escritura. Durante cinco años trabajó como psicóloga y colaboró para el diario web El Económico escribiendo artículos de opinión. En esa época, estudió parte del Grado de Comunicación y también realizó estudios en la Escuela de Escritores. Actualmente, estudia el Grado de Artes además del Máster de Narrativa.


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