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Mar de fondo
«Anoche hubo tormenta y el barco de papá no volvió del mar.» Relato
Por Montse Sánchez Publicado en Relatos en 19 abril, 2022 2 Comentarios 7 min lectura
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Mar de fondo

 

Anoche hubo tormenta y el barco de papá no volvió del mar. Antes de salir el sol ya estaban en casa las mujeres de los demás pescadores. La puerta de la cocina estaba entornada. Todas se sorbían los mocos mientras mamá les daba café. Eran las madres de mis amigos las que estaban en nuestra cocina llorando, las mismas que ayer caminaban con la espalda recta y gritaban para llamarlos a comer. Estuve mirándolas hasta que mamá me clavó los ojos a través de la abertura de la puerta y sonriendo sin sonreír me dijo:
—No pongas esa cara, Breixiño. Su barco va a volver.
Le dije que no salieran a faenar, que la temporada de centollo era larga y que no había por qué arriesgarse por unos miles de euros. Las autoridades portuarias le conocían bien y sabían que con él no había manera, que si el resto de la tripulación le secundaba ya podía caerse el cielo en el horizonte. Yo pensé que conocía bien a las mujeres y que todas sabían quiénes eran sus hombres, que entendían de qué estaba hecho el ardor de los ojos de sus hombres frente al enlucido de su barco, del amor de sus hombres por la lluvia, que no entrarían en mi cocina con el reproche atragantado en la palabra.
—Más café.
Cuando llegué al parque mis amigos ya estaban allí. No me habían esperado para parar los chutes y tiraban con fuerza contra la portería. Al verme pisaron el balón y con la cabeza me dijeron que me colocase en la meta. Tenían la mirada negra y habían crecido mucho desde ayer. Sus balonazos me doblaban las manos a la altura de la cabeza.
—Mi madre dice que mi padre se ha ahogado por culpa de tu padre.
Me senté en su silla de la cocina, en el centro, frente al vacío de su barco en el muelle. A través de la ventana los chubasqueros de los hombres del servicio de rescate arañaban el cristal. Los ojos de todas se montaban sobre ellos, fustigándolos para correr al mar. La puerta de casa estaba abierta, de ese modo no tendría que salir de la cocina a la espera de noticias. Un buen patrón nunca abandona a sus hombres.
—Debieras salir a preguntar.
Cuando todos tiraron cogieron la pelota y se marcharon del parque sin decirme adiós. Yo me subí a la proa del barco pirata para ver si desde allí se veía la nave de papá, porque cuando él y los demás hombres volvían a casa el rojo del casco del barco de papá siempre destacaba a lo lejos sobre el azul del mar. Pero aquella mañana no vi nada. El agua azul era gris como el cielo y la bruma y sólo se veían los chubasqueros amarillos de los rescatadores en el muelle.
Todas lo sabíamos. Si los servicios de rescate habían tardado tanto en echarse al mar era porque allí adentro llovía y había mar de fondo. De haber podido hubiera desanclado mi bote o nadado para encontrarlo aquella misma noche. Aferrada a mí café como a un ancla quise tragarme el silencio del esternón, aplacar el sabor a hiel de mi mal agüero.
—Se te va a romper la taza de tanto apretar.
Papá nunca me dijo adiós antes de salir al mar. Decía que el abuelo juraba que daba mala suerte y que por eso a sus hombres y a él nunca les pasó nada, a pesar, decía, de que el mar era más fiero por aquel entonces y de que su barco era mucho más frágil. Así que yo le acompañaba hasta su nave y le ayudaba a cargar en ella sus aparejos. Luego me marchaba en silencio hasta el parque y desde allí, subido a la proa, miraba su barco hasta que desaparecía en el horizonte. Siempre me pareció que él miraba también hacia la proa del mío.
Los besos en el umbral de la puerta estaban prohibidos para él y para mí. Podíamos dárnoslos al alba en la cama o en la mesa del desayuno, pero había que medir bien cuál iba a ser el último beso porque no debía notarse la intención de que era el último. Tampoco podía ayudarle a preparar su ropa, ni sus aparejos. Decía que su padre nunca lo consintió con su madre y que así escapó de la morrilla del tacto de ella sobre sus cosas en medio del mar. Aquella mañana me quedé dormido y no me despertaron. Cuando me subí a la proa en el parque el barco de papá ya no estaba y me pregunté si él habría estado mirándola aunque estuviera vacía.
—Los hombres traen mala mar.
Desde lo alto vi que el barco de rescate aparecía tras la bruma zozobrando. Un fuerte arañazo quebró el cristal de la ventana de la cocina y las mujeres y yo escuchamos los pasos de unas botas de caucho, las caras de los rescatadores eran negras y parecían viejas de repente, ahogué un grito tras la noticia del naufragio.
—Tu marido los ha matado.
Uno de ellos había entrado en mi casa.
—Mi madre dice que mi padre se ha ahogado por culpa de tu padre.
Sin pensar salí de la cocina, corrí calle arriba hasta el parque.
—Eso, vete tú también.
Vi correr a mi madre por la travesía. Al verle allí encaramado, mirándome desde la proa, pude ver su mirada de ahogado y su rostro infantil allí abajo, como un pecio hundido. Antes de abrazarme me pegó y supe que papá se había muerto. Todavía siento la violencia de mi mano sobre su cara prohibiéndole para siempre el mar.


Montse Sánchez, alumna de la XIII Promoción del Máster de Narrativa de Escuela de Escritores, nació en Madrid. Es Licenciada en Sociología por la Universidad Complutense de Madrid con especialidad en Psicología Social. Máster en América Latina contemporánea y sus relaciones con la Unión Europea: una Cooperación Estratégica, por la Universidad de Alcalá. Ha sido responsable de la Campaña de Alfabetización de adultos de la ciudad de Granada (Nicaragua), ha trabajado como secretaria literaria, como investigadora del Departamento de Psiquiatría del Hospital Universitario Fundación Jiménez Díaz y, actualmente, está totalmente inmersa en sus proyectos literarios. Es fundadora del blog La Aguja y compositora, cantante principal y percusionista del grupo musical Fario, con quien ha publicado dos discos de larga duración y dos sencillos. En la actualidad está escribiendo su primera novela y dos poemarios.


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