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A las 20:21
«Es en esta hora, a las 20:21, cuando Marta y Pablo intercambiaron palabras por primera vez.» Relato
Por Bárbara Sánchez Publicado en Relatos en 15 noviembre, 2022 0 Comentarios 6 min lectura
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A las 20:21

 

Segundo premio en la VI edición del Premio de Relato Fundación Fomento Hispania

 

Es en esta hora, a las 20:21, cuando Marta y Pablo intercambiaron palabras por primera vez. Las de él fueron solo cuatro: ¿es este tu abrigo? Las de ella, cuatro y una más: no, es de una amiga. Pues acabo de tirar toda mi copa encima, dile de mi parte que lo siento. Le digo de tu parte que eres un imbécil y que le vas a comprar uno nuevo.

Fue también a las 20:21 del día siguiente a aquella fiesta cuando Pablo le envió un mensaje a Marta, quién sabe cómo consiguió su número. ¿De dónde era el abrigo de tu amiga? De Adolfo Domínguez. Mentira, seguro que era del Zara. Que no, que era de Adolfo Domínguez. Pues es que no tengo presupuesto para tanto.

A esta hora, a las 20:21 de la sexta vez que quedaron, Marta miró la sudadera gris que llevaba Pablo, pensó en lo bien que le quedaba y se dio cuenta de que se había enamorado. Al llegar a casa se puso a Kacey Musgraves, la tuvo puesta día y noche, y en la décima ocasión que Marta y Pablo se vieron, Marta preguntó. Qué hacemos, Pablo. Qué hacemos de qué. Qué hacemos porque resulta que me he enamorado de ti y creo que tú también de mí. Pablo no lo negó, Pablo solo sonrió. Pues qué vamos a hacer, seguimos adelante mientras esto nos parezca divertido.

Era a esta hora, a las 20:21 de los viernes y de los sábados, aunque a veces también de los martes, miércoles e incluso de los jueves si es que Pablo conseguía salir pronto del trabajo, cuando Marta y Pablo solían estar viendo una película en la Filmoteca. O paseando por Las Vistillas. Tomando algo en el Parnaso, en el Pavón y hasta en el Marbella. Decidiendo dónde cenar o qué cocinar. A veces follando en el sofá, en el de ella y en el de él, porque fuera llovía, o porque hacía frío, o simplemente porque las ganas les habían estropeado el plan.

Desde luego que fue a las 20:21 cuando Pablo llamó a Marta, desde una sala de reuniones vacía en la planta número cuarenta de la Torre PwC, para decirle que le hacían fijo y que le ponían al cargo de una cuenta. No iba a tener despacho propio, pero sí extra de Navidad y un diez por ciento más de sueldo para gastarse en cervezas para los dos y en entradas para el cine.

Era a las 20:21 solo de los viernes y de los sábados, porque los planes de los martes, miércoles y por supuesto los de los jueves habían quedado cancelados, cuando Pablo se salía de la película en la Filmoteca, o se levantaba de la mesa del Parnaso y de la barra del Marbella, para atender una llamada, responder un mensaje, enviar un email. Esto ocurría cinco de cada cinco veces que Pablo y Marta se veían. En las cuatro primeras, Marta no decía nada. En la quinta, Marta reventaba con la misma fuerza que un chupinazo en una plaza abarrotada.

Por supuesto que el reloj marcaba las 20:21 aquella tarde cuando el teléfono de Pablo volvió a sonar. Lo hizo mientras Marta y él follaban, ese día tocaba en el sofá de ella. Por primera vez Pablo se interrumpió, Pablo se levantó y respondió. Esto no puede continuar así. Qué quieres que haga, si no contesto van a seguir llamando. Quizás deberías ordenar tus prioridades. Quizás tú deberías ser un poco más comprensiva.

Fue a las 20:21 de un sábado de primavera cuando Pablo apareció por la puerta del Parnaso. Esta vez sus palabras fueron seis: esto ha dejado de parecerme divertido. Marta le miró. Le miró y pensó. Pensó en las carcajadas que se habían echado los dos, quizás las de ella un poco más fuertes, tres noches atrás, tumbados en el sofá de él, nadie les había interrumpido entonces. Le miró y preguntó. Preguntó si es que acaso Pablo se había desenamorado. Pablo no lo negó y tampoco sonrió.

A las 20:21 de una semana después, Marta por fin se decidió a borrar el chat de Pablo. Se había cansado de verle en línea, de verle en línea y mudo, de verle mudo solo para ella. Lo que vino a continuación es confuso, pues Marta lloró bastante. Lloró por las cosas importantes, porque el amor al final siempre se va a la mierda, porque a ver dónde iba a encontrar a alguien como Pablo. También lloró por las cosas estúpidas, porque no le gustaba ir sola al Parnaso, porque ya no se podía poner a Kacey Musgraves. A partir de entonces en su casa solo sonó la radio, con las noticias por las mañanas y con el fútbol por las tardes.

Ahora, a esta hora, a las 20:21, termino de escribir este relato. Es el final y es de noche, como en un cuento de Zambra, y yo me dispongo a corregir el nombre de Marta, pues en un par de líneas he tecleado Bárbara en su lugar. El de Pablo no, el de Pablo está veintitrés veces mal escrito, en ningún punto de la página se me ha escapado un Gonzalo. Quizás eso quiere decir que él siempre estuvo en el lugar correcto y a la hora adecuada, en el primer mensaje que me envió y en la última frase que me dijo. Me gustaría terminar de otra manera, preferiría no tener que darle la razón, pero lo cierto es que esto termina así y que él tenía razón y que aquello había dejado de ser divertido, así que para qué seguir. Ahora lo veo, Gonzalo. Ahora son las 20:22 y el Atleti acaba de marcar gol.


Bárbara Sánchez es alumna de la XIII promoción del Máster de Narrativa de Escuela de Escritores. Nació en León (España) en 1989. Estudió Periodismo porque le parecía el camino más realista para vivir de la escritura. Ha trabajado en radio (Cadena SER) y principalmente en prensa escrita (Diario de León, ABC). Durante cinco años formó parte de la redacción de El País, donde se especializó en reporterismo local y de temas sociales. Ahora se dedica al diseño gráfico y de productos digitales, mucho más estable, algo mejor pagado, también creativo, igualmente lleno de ideas y de historias por contar. Su relato La mitad de un bonsái también ha sido publicado por esta editorial.


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