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Buey y tigre
"Y llamó a su hermano para decirle que, ahora que había llegado el momento de la caída, estaría a su lado cumpliendo con la promesa que había hecho a su padre." Relato
Por Quima Bolsa Publicado en Relatos en 13 octubre, 2021 0 Comentarios 16 min lectura
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Buey y tigre

 

La ArcTrade Corporation y la Yeung Limited eran competidoras. Las dos empresas vendían artículos promocionales fabricados en Shenzen, Xiamen o Tianjin a grandes corporaciones occidentales como Coca Cola, Johnson&Johnson o Philip Morris. Los dueños, Xu Zhu y Kwok Wai, cuyos  nombres occidentales eran Paul y Víctor, eran hermanos y no se hablaban desde el año del Buey de 1997, cuando falleció el padre y los ingleses devolvieron a China la ciudad de Hong Kong.
El treinta de junio, los dos presidieron el funeral del padre por la mañana y por la noche acudieron a la ceremonia del traspaso de la soberanía de la ciudad. Los cuatro mil selectos invitados cenaron en el Hong Kong Convention and Exhibition Center, presenciaron el espectáculo de fuegos artificiales más impresionante que nunca se vería sobre la bahía Victoria y, a medianoche, se arrió la bandera británica que había ondeado en el territorio desde el año del Buey de 1841 y se izó la bandera china. Después de aquel día, Paul y Víctor dejaron de tratarse.
Para entonces hacía mucho que Paul, que había nacido el año del Buey de 1949 y era el primogénito, ocupaba el despacho del padre y que Víctor era el vicepresidente de la empresa.  Víctor había nacido el año del Tigre de 1950 y tenía los sentidos más despiertos que su hermano, por lo que supo ver que la selva del nuevo mercado global acabaría con la Yeung Limited antes de diez años si la compañía no aumentaba su tamaño. Debían crecer en ingresos, en beneficios, en cuota de mercado y en número de clientes. Tenían que hacer grandes cambios, pero Paul no quería oír hablar de ello.
La pasión del tigre no cuadra con los convencionalismos bovinos y los hermanos nunca se habían llevado bien. Ya de niños habían peleado por sentarse en el sillón de cuero negro del padre cada vez que la madre los llevaba de visita a la empresa familiar.  Fallecido el padre, Víctor renunció a toda esperanza de que el testamento le reconociera como el más capaz de los dos hermanos y abandonó el negocio familiar para fundar su propia empresa: la ArcTrade Corporation.
No en vano el tigre es el rey de la selva: diez años más tarde,  Víctor hacía levantar frente a la empresa de su hermano, justo al otro lado de la avenida Cheung Sha Wan, un rascacielos de cristal que se llamó la ArcTrade Tower. La torre de treinta plantas tapaba el sol durante todo el día al desvencijado edificio de mampostería de ocho pisos de la Yeung Limited.
El maestro de Feng Shui de Paul, el señor Fung, que había nacido en el año de la Serpiente de 1953 y era dueño de una mirada hipnótica, advirtió enseguida a Paul del pésimo influjo que la sombra de la ArcTrade Tower ejercería sobre los negocios de la Yeung Limited.
—Tú eres un buey y tu hermano un tigre —dijo­—. Son estados distintos de la materia: el tigre sueña con el metal de la sangre tanto como el buey con el dulzor de la fruta. Nada hay que objetar. Pero debes trasladar la empresa lejos de la influencia de tu hermano.
—Eso no es posible —dijo Paul—. Me lo impide la promesa que hice a mi padre en su lecho de muerte.
Esta conversación tuvo lugar en el despacho de Paul. El señor Fung miró las baldosas color amarillo pastel del poyo de la ventana, ya agrietadas por los años y ennegrecidas por el tráfico constante de los vehículos de la avenida; fijó después la vista en los ascensores exteriores de cristal de la ArcTrade Tower, que tenía hasta un helipuerto en la azotea, y le dijo Paul que colgara fotografías del padre y pusiera peces negros en todos y cada uno de los despachos. Además, al Buda de la cantina no debían faltarle incienso, mandarinas, pastelillos de huevo, cigarrillos y flores blancas.
Siguiendo una tradición iniciada por el padre, Paul ofrecía a los ciento tres empleados de la Yeung Limited y a sus esposas una comida de Año Nuevo cuyo menú de veintiocho platillos nunca se había variado: pasta de arroz de la prosperidad, auspiciosos huevos negros y mero hervido en grandes cantidades para que el año entrante el balance de la empresa arrojara superávit.
Tras el ágape, Paul subía a la tarima con un pomelo en la mano, símbolo del oro por su forma redonda y amarilla, y hacía balance del año que dejaban atrás. Si había ido bien, había sido gracias a su inteligencia. Si había sido malo, era porque, como todos sabían, sus movimientos estaban limitados por la promesa que hizo a su padre en el lecho de muerte. Los empleados le escuchaban asintiendo con las cabezas desde las mesas, aunque nadie sabía en qué consistía aquella promesa. Luego, Paul bromeaba sobre su baja estatura diciendo que, de niño, todo el chi del arroz le subió al cerebro y los animaba a mirar al futuro con optimismo, pues los grandes agujeros de su nariz, heredados de su padre, eran garantía de su buen olfato para los negocios. Por último, cantaba la versión cantonesa de Father and Son de Cat Stevens al karaoke y se marchaban todos a casa.
El año 2008 llegó una gran crisis. En la Yeung Limited, los pedidos empezaron a espaciarse en abril y en noviembre llegó el último. Se quemó tanto incienso en la cantina durante aquellos meses, que el edificio empezó a oler como los pequeños templos donde los hongkoneses piden deseos antes de empezar la jornada laboral. Los días más frescos, la brisa llevaba el aroma hasta el rascacielos de la ArcTrade.  Víctor abría la ventana de su despacho, inspiraba hondo y esperaba.
El discurso del Año Nuevo de 2009 fue distinto. Paul subió a la tarima, hundió los pulgares en el pomelo para desgajarlo en dos mitades y les dijo a sus empleados que tendría que bajarles los sueldos.
—Ojalá hubiera seguido mi verdadera vocación, que es la fruta —se lamentó—. Pero he debido hacerme cargo de la empresa familiar y no he podido cumplir mi deseo. La fruta no tiene crisis: se come, se saca y hay que volver a comer. En cambio, nadie come hinchables de playa, ni relojes, ni camisetas.
De la mesa de los empleados más jóvenes salió una voz:
—¡También la ArcTrade vende relojes y no bajan los sueldos!
La señora Yeung, que había nacido en el año de la rata de 1948 y tenía nariz de roedor, se puso en pie y aplaudió a Paul enseguida con sus manos delgadas y pequeñas para evitar que los empleados descontentos continuaran llamando la atención. Las otras mesas la secundaron.
Horas más tarde, también Víctor celebró el Año Nuevo con sus empleados. Eran dos mil quinientas personas que hubo que acomodar en cuatro hoteles distintos de la ciudad.
En los tres salones con vistas a la bahía del Four Seasons se sirvió la cena a los consejeros delegados, los directores y los empleados de grado uno. Víctor estaba en la mesa central del salón del medio.  A la izquierda tenía a sus dos hijas mayores, y a la derecha a su bellísima segunda esposa, vestida de tafetán rojo, y al varón que ésta le había dado, un pequeño de cinco años.
El banquete consistió en sopa bullabesa, rosbif acompañado de puré de patatas trufado y chalotas glaseadas, y pastel de chocolate. Al día siguiente, el South China Morning Post publicó las fotos de los invitados vestidos con frac y de las señoras de largo luciendo joyas tan refulgentes como los neones de los rascacielos que se veían tras los ventanales.
Como cada año, la señora Yeung escondió el periódico bajo la alfombra para que Paul no lo viera. Pero en aquella ocasión anduvo todo el día pensativa y por la noche se sentó en el sofá junto a su esposo con las piernas juntas y las manos sobre las rodillas y le habló de la posibilidad de la jubilación.
—No me has dado hijos y mis hijas gastan su tiempo y mi dinero en fiestas y en manicuras —repuso Paul—. ¿A quién voy a dejar la empresa de mi familia?
—Véndela —dijo la señora Yeung.
—Sabes que eso es imposible a causa de la promesa que le hice a mi padre. Además, ¿quién comprará una vaca que no da leche?
—Hay lugares donde las vacas no son apreciadas por su leche, sino por ser sagradas. Mira en el corazón de tu hermano: lo tiene todo excepto lo que más desea.
Unos meses después, Paul llamó a Víctor por primera vez en doce años. Quedaron en encontrarse en el Chairman, un restaurante de Kau U Fong, el barrio donde habían crecido.
Los dos pidieron la especialidad de la casa: pichón asado a la manera de Sichuan. Paul acompañó la comida con té y Víctor con vino blanco francés.
—La Yeung Limited tiene problemas —dijo Paul—. Considero mi obligación ofrecerte lo que, de no haber sido por mí, te habría correspondido.
La foto de Víctor salía a menudo en la prensa, pero a Paul le costaba reconocer su sangre en el hombre que tenía enfrente, amarillo por fuera pero blanco por dentro como una banana.
—Así es —dijo Víctor—. Yo he demostrado ser capaz de cruzar océanos a nado, pero tú eras el primogénito. Dime: ¿qué has hecho con la herencia de nuestro padre?
—Siempre fuiste buen nadador. Pero estás ya maduro como el membrillo que caerá al suelo si una mariposa aletea a dos pies del árbol, y aún no has entendido quiénes somos. Yo me habría bebido ese mar en el que tú has nadado si no fuera por la promesa que nuestro padre me arrancó en su lecho de muerte. Desprecio la falsedad de tus dientes blancos y tu piel bronceada como la de los gweilos, pero te ofrezco la empresa por el valor que tenía cuando yo la recibí, pues no sería honorable traspasarla por un valor menor.
Víctor no lo pensó dos veces:
—Sea. El dinero que yo gané comprará lo que a ti te fue regalado y no fuiste capaz de mantener.
El maestro de Feng Shui, el señor Fung, determinó como fecha más auspiciosa para la unión el inicio del siguiente año del Tigre, y en febrero de 2010 la ArcTrade Corporation y la Yeung Limited se fusionaron en una sola compañía: la Yeung Corporation.
Al día siguiente de la firma, Víctor trasladó sus cosas al despacho de su padre. Hizo venir a su esposa y se sentó en el sillón con su pequeño hijo en brazos. Después, llamó al señor Fung para comunicarle sus planes de que una firma de arquitectos londinense actualizara el edificio e instalara un helipuerto en la azotea.
El señor Fung lo desaconsejó con vehemencia:
—Tú eres un tigre y tu hermano un buey. Nada hay que objetar: son estados distintos de la materia. Pero las reformas deberán esperar un ciclo completo: hasta el próximo año del Buey, en 2021. Antes, los cambios no serán afortunados.
Faltaban doce años. Víctor intentó razonar con él, pero el señor Fung se mostró tajante:
—Si acaso, tus arquitectos pueden pintar las paredes la próxima primavera.
Aquella tarde, después de que el último empleado hubo abandonado el edificio, Víctor se paseó por los despachos desde donde su padre miraba al frente. Contempló el ir y venir de las carpas negras, pequeñas como renacuajos, en las peceras. En la cantina, cogió una mandarina de la cesta de las ofrendas y se la comió frente al Buda.
A la mañana siguiente, cuando su helicóptero estaba aterrizando en la azotea de la ArcTrade Tower, ahora rebautizada como Yeung Tower, le comunicaron que el señor Fung había fallecido aquella noche de un infarto mientras dormía.
Hasta el más descreído de los hombres habría dudado al conocer la noticia, pero Víctor estaba decidido a ir adelante con la reforma. No volvió a pensar en el señor Fung hasta muchos años después; cuando la Yeung Two Tower, a pesar de tener solo ocho plantas, era conocida por ser uno de los edificios tecnológicamente más avanzados de la ciudad.
Durante el verano de 2019 el Legislative Council anunció la inminente aprobación de la Ley de Seguridad Nacional que prohibía la libertad de opinión, y se produjo la verdadera toma de posesión de Hong Kong por parte de China. Víctor, al igual que los otros magnates de la ciudad, se vio forzado a tomar partido públicamente por uno de los dos bandos: el pro-democrático, apoyado por la comunidad internacional, o el pro-Pekín.
La situación era extremadamente delicada. A diferencia de las corporaciones dedicadas a la construcción, la energía, la logística, las telecomunicaciones o la alimentación, que dependían del mercado chino y cuyos dueños antes o después acabarían posicionados del lado de Pekín, la Yeung Corporation tenía tantos intereses dentro de China como fuera.
Para entonces Paul ya no vivía en Hong Kong. Tras la venta de la Yeung Limited, la señora Yeung había sido de una fiebre viajera que tenía al matrimonio fuera de la ciudad durante muchos meses al año y cuando se iniciaron los disturbios se instalaron temporalmente en Toronto. Desde allí seguían a diario las noticias en televisión.
—¡Corre! ¡Ven! —gritó Paul a su esposa que estaba en la cocina preparando sopa de tomate y pollo para comer.
La señora Yeung escuchó la urgencia en la voz de su esposo, retiró la olla del fuego y entró en el salón en el momento en que el rostro de Víctor ocupaba toda la pantalla. Después, la cámara se alejó y mostró además a un periodista y un despacho moderno que reconoció como el antiguo despacho de Paul por las proporciones de las ventanas, y porque el escritorio y el sillón aún eran los del padre.
Se sentó en el sofá junto a Paul a escuchar la entrevista.
Al parecer, Víctor había renovado la imagen corporativa de la compañía e incluido en el logotipo el año de fundación de la empresa, 1966, en números rojos.
1966 era también una fecha clave para el Partido Comunista Chino: el inicio de la Gran Revolución Cultural impulsada por Mao Zedong, denostada durante generaciones pero reivindicada de nuevo por el gobierno de Xi Jinping, y a nadie se le había escapado que aquello era un gesto destinado a satisfacer los requerimientos patrióticos de Pekín.
—Buscáis titulares —dijo Víctor al periodista—, pero yo solo he pretendido honrar la promesa que le hice a mi padre en su lecho de muerte.
—Por fin ha comprendido —le dijo Paul a su esposa.
Y llamó a su hermano para decirle que, ahora que había llegado el momento de la caída, estaría a su lado cumpliendo con la promesa que había hecho a su padre.
La Yeung Corporation quebró el año del buey de 2021. El año que el señor Fung había determinado como auspicioso para la reforma del edificio.


Quima Bolsa es alumna de la Décimo Segunda Promoción del Máster de Narrativa. Nació en Zaragoza y vive en Barcelona. Apasionada desde niña por la literatura y la escritura, la vida la llevó por los derroteros de los negocios internacionales y ha tenido empresas propias en España, Hong Kong, Polonia, Alemania y México. En el 2018 abandonó toda actividad profesional para dedicarse por entero a la escritura. En la actualidad, además del master, está estudiando el grado de Humanidades en la UOC. Uno de sus primeros relatos ganó en el 2020 el XV certamen literario comarcal Jardiel Poncela de la Ribera Baja del Ebro. Su relato Olor a petróleo también ha sido publicado por La Rompedora.


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