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Canica
«Vuelvo a casa para la cena y veo a mi abuela en una mesa aparte bebiendo agua de su plato.» Relato
Por Marcelino Sevilla Publicado en Relatos en 22 noviembre, 2022 Un comentario 3 min lectura
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Canica

 

—¡Vaya mierda de canica! —dijeron mis amigos.
Pero esa canica, creada durante el atardecer de un invierno de los de antes por los dedos rugosos de mi abuela Petra, fue el germen de mi predilección por los objetos redondos defectuosos.

A mis cinco años huelo la canica modelada en barro por mi abuela. La redondez un poco abultada por uno de los extremos de esa bolita talismán que me iniciaría en los juegos rastreros de la niñez. Esa redondez encajaba como un puzzle en el agujero irregular del suelo del comedor. Mi primera canica en propiedad recién salida del horno de la cocina, entremezclándose con el olor a gachas de las que al día siguiente iban a dar cuenta los mozos al faenar en el campo.
¡Ahora sí! Ya podría sentir como propia la partida que ganara al gua; ya no necesitaría que me prestaran más canicas de cristal para rastrear el terreno.
Esa pequeña arista en uno de los polos de la canica casi me hizo deshacerme de ella. Vale, no era tan redonda como las otras pero, ¿cómo le iba a hacer una trastada de tal dimensión a mi abuela? Mi abuela, la única que conocí, la que bebía agua en el plato y vestía de un negro eterno. ¿Pero cómo iba a vestir en un pueblo con más mulas y gallinas que personas, con dos terceras partes de sus hijos muertos de forma prematura? Lo del agua en el plato, para mí, que era una forma de protesta, qué digo, un corte de mangas en toda regla contra la vida.
Estaba condenado a escuchar el chirriar de la canica, sobarla con el olfato e hipnotizarla con la imaginación para que terminara siendo una prolongación de mis dedos. Así que poco a poco y apuntando al agujero central del suelo del comedor junto a la estufa, me fui aclimatando a la canica; tal fue mi calor que al séptimo día ya me sentía como el guante de un mariscal dando la última orden antes de la victoria.
Voy tan contento a estrenar la canica cuando la saco del bolsillo para que la vean mis amigos y:
—¡Vaya mierda de canica!
Casi hago pucheros pero juego la partida porque los hombres no lloran. Vuelvo a casa para la cena y veo a mi abuela en una mesa aparte bebiendo agua de su plato.

 


Marcelino Sevilla es alumno de la XII promoción del Máster de Narrativa de Escuela de Escritores. Natural de La Ventosa, en Cuenca,  vio su primera luz allá por el olímpico y bisiesto 1960. Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid. Empleado público casi toda su vida laboral excepto por dos breves interregnos que sumados no llegaron al año. Algunos de sus relatos han sido publicados por editoriales escolares.


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