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Cante de Administrativo
«Entro en la sala. Una tribu de ojos vidriosos respira en silencio.» Relato
Por Daniel Gómez Publicado en Relatos en 7 junio, 2022 0 Comentarios 8 min lectura
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Cante de Administrativo

 

Nadie se atreve a preguntarme cuántas convocatorias llevo. Basta con que salga al pasillo del colegio mayor para que los opositores me rehúyan, como si vieran una aparición. Pero en las honduras de mis órganos late aún la esperanza de que un día aprobaré.
He llegado al cuarto ejercicio. Al cante. Un saco de bolitas, cuatro temas al azar, un tribunal de salamandras. ¡Las persianas! ¡Ese sol horrendo!
El acto administrativo es, según Zanobini (cojo carrerilla con la lengua), toda manifestación de voluntad, de deseo, de conocimiento… Me trabo. Es curiosa esa paradoja que, de tanto machacar un tema fácil, lo hace laborioso, ímprobo e indecible. No doy con la literalidad. Sin literalidad la oposición se va al garete. Todo se va al garete.
Bajo a ver a la gente. En las quinielas que el club de viejos opositores traza sobre las servilletas del desayuno del Pío XII, el acto administrativo es de lo mejorcito. Buena nueva. El tema por el que pagarían para extraer del saco de bolitas. Yo rezaría por que me tocara cualquier otro. Se aceptan incluso sinsentidos como el documento público extranjero o el sujeto y finalidades del juicio.
Desoigo los consejos del preparador y estudio la tarde previa al cante.
(¿Por qué hablo tan bajo por las tardes? ¿Me estaré encomendando a lo más alto?).
«Según Zanobini, es acto administrativo cualquier declaración de voluntad, de deseo, de conocimiento o de juicio realizada por un órgano de la Administración pública en el ejercicio de una potestad administrativa.».
Pero negros pensamientos han venido para turbarme las mientes. ¿Es eso todo? ¿El todo? El acto administrativo es puro y perfecto, un todo innegable. Pero no es un hecho aislado. Responde a una génesis, un germen y fundamento: el procedimiento administrativo. Se desprende de todo ello que el procedimiento administrativo puede conceptuarse como el conjunto de trámites que dan lugar al acto administrativo… Si el acto es el todo, ¿cómo hablar de lo que es incompleto, pero que completa al todo? ¿Cómo puede la nada dar voz al todo? Y no es cualquier todo, es el todo que se manifiesta, con voluntad, deseos, conocimiento y juicio. Omnisciente. ¿A quién pretendo engañar? ¿A la nada o al todo?
Mis gritos recorren el vacío sacerdotal de los pasillos; opositores y numerarios se esconden bajo los edredones, los párpados lacrados.
No quiero llegar a esa peligrosa conclusión según la cual el acto administrativo es, en realidad, una alegoría chabacana de lo absoluto de la vida. La vida… la vida que se me ha fugado en apuntes de Civil y Procedimental, escabulléndose por las venas y tuberías de la residencia. Esa vida que aún crepita en las caras de jovial salamanquesa de nuevos opositores. Esas mismas sospechas las tiene también el club de ratas viejas. Lo hablan en voz baja. ¿No osan decirlo? Tal vez ocho años, ocho años completos, deslucidos, son demasiados años.
Padre, que desistió de notarías para montarse el bufete, deja caer que Cuatrecasas o Deloitte tienen en cuenta a candidatos con mi «bagaje», como si en lugar de una mochila de piedras partiéndome el espinazo, tuviera algo que ofrecer para el perfeccionamiento de la estirpe de los hombres.
En momentos de vacilación, recurrir a la teoría del cajón.
¿Hijo, qué teoría del cajón? ¡El cajón de la nómina, padre! Esos miles de euros que algún día ganaré. Muchos más que tú. La recompensa por mi tesón y esfuerzo. El reino de los cielos. Madre me mira, pero siempre baja la mirada porque hay horror en sus ojos. Padre se aleja entre las sombras.
(¿Me compraré algo si apruebo?).
Me pongo el primer cajón del escritorio sobre la cabeza, y los restantes repartidos entre las manos y los pies. Nadie pone fin al alboroto que estoy armando en el pasillo. Era de esperar. Espantapájaros de arquetas. Vuelvo al cuarto a cantar. Cuesta arriba. Administrativo: marca indeleble pero porosa en un cerebro rendido.
Estos últimos días han sido de gran cavilación. Qué bonita la Semana Santa. Una procesión de penitentes. Cada caperuza es el trasunto de un procedimiento administrativo que discurre en un río blanco que desemboca en un paso esplendoroso. Un paso soberano, pleno, formado, uno, a hombros de los costaleros. Los interesados en el procedimiento que, de forma irrefutable, acababa en el acto administrativo, el paso reinante, prensando sus huesos.
Parábola de la vida. ¡Qué abominable penumbra da ese amanecer! Ocho años observando la vida desde un promontorio de leyes. Leyes que no he aplicado sino padecido, como mis codos astillados padecen el serrín del escritorio desvencijado. ¿Ha valido la pena? ¿Qué hago perdiendo el tiempo con esas preguntas? ¡Tengo que salir antes de que amanezca!
Me miro en el espejo. Es gracioso: mis ojeras van a juego con el traje gris. Luego voy con paso lento, estrujando los catorce folios de administrativo como si fuera un ticket de entrada a una vida en suspenso, imaginada. Debo de estar cansado, la gente admira mi palidez de minero que ha agotado la última veta. Salmodio los versos de administrativo en el rebullir del metro amaneciendo.
El párrafo llega por sí mismo, verso divino, San Gabriel Arcángel, verbo de Dios todopoderoso. ¡Trabajadores de las seis!
«Es acto administrativo cualquier declaración de voluntad, de deseo, de conocimiento o de juicio realizada por un órgano de la Administración pública en el ejercicio de una potestad administrativa. El procedimiento administrativo puede conceptuarse, pues, como el conjunto de trámites que dan lugar…».
Sus caras son de desamparo. Ha debido ser el tono. O la cadencia. La cadencia es también el todo. Hojeo mis hojas de copista con las que cada letra va dando forma a una sucesión de actos, a un todo, una cadena que ahorca la vida con pesados eslabones. Las palabras exactas de legisladores y catedráticos polvorientos y que los prodigios repulsivos memorizan con solo mirarlas.
En el pasillo, oliendo a Heno de Pravia, un conocido me suelta la consabida recomendación: «Déjalo, hombre. No sirve de nada repasar antes del cante.»
Entro en la sala. Una tribu de ojos vidriosos respira en silencio. Afuera, el sol insiste en invadir con sus rayos la sala. Pido, por favor, salamandras, que se cierren las persianas. Un bedel busca melancólico la aprobación de la tribu de salamandras, pero chista y no se cierran las persianas.
Saco las bolitas del saco. Cierro los ojos. Abro los ojos. Toca administrativo.
No debe ser mi palidez, pero, más bien, el azul de mi epidermis el que hace que la jefa salamandra se levante de golpe, empujando la silla. No oigo sus siseos así que me alejo. Por un momento voy hacia la puerta, pero me doy la vuelta y observo el amplio ventanal.
Vieja calavera opositora.
Por la ventana podrían colarse todas las salamandras. Pero también los hombres que se unen a la vida, a la concatenación de actos del todo.
Al cuerpo que se estampa sobre el suelo de Derecho.

Sus padres fueron a Madrid para el entierro.
A los días, se publicó el acto administrativo de la relación de candidatos que han superado la fase de oposición. Su nombre había sido arrojado a la cascada de candidatos que no habían superado el cuarto ejercicio. Como parte del todo.


Daniel Gómez es alumno de la XIII promoción del Máster de Narrativa de Escuela de Escritores. Nació un sábado de nevadas en la Clínica la Milagrosa del barrio madrileño de Chamberí y ha vivido a caballo entre varios continentes. Escribe en castellano pero cree hacerlo con un alma profundamente europea. Con estudios de Filología en la Universidad Complutense de Madrid, ha ido cultivando de forma intermitente su pasión por escribir, a veces de forma obsesiva, cuando las circunstancias han permitido hacerlo de tal forma.


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