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Ceniza
«Todas las casas han desaparecido. Excepto una. Una sola casa se mantiene intacta a pesar del incendio.» Relato
Por Claudia Ballesteros Publicado en Relatos en 25 octubre, 2022 0 Comentarios 7 min lectura
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Ceniza

 

Desde que nos sacaron de las casas, nadie ha vuelto a cagar bien. Todos vamos al baño, sí. Pero nadie deja ahí abajo todo lo que debería. Porque en el fondo estamos cagados de miedo y eso lo sacamos en forma de sudor, de tartamudeo de huesos, de vueltas por la noche en el saco de dormir.

Algunos lo llevamos mejor. Supongo que tenemos menos cosas que perder. Pero la duda es angustiante. Si el fuego va a reducir o ha reducido o está reduciendo nuestras casas a unos cuantos montones de ceniza, sería mejor saberlo cuando antes.

La señora Bianchi lo tiene claro. Y le parece vergonzoso que no tengamos noticias. Desde que llegamos al polideportivo no hace más que preguntar a todo el mundo si sabe algo. ¿Se sabe algo nuevo? ¿Alguna cosa? ¿Nada todavía? Los jóvenes de Cruz Roja están empezando a cansarse de ella. Pero la pobre señora Bianchi solo quiere respuestas.

En el desalojo la oí gritar. ¡Yo me quedo! ¡Dejadme, dejadme! Yo me quedo en mi casa. ¡Me quemo con ella! Al final tuvieron que sacarla por la fuerza. Y después fue todo el camino con la cabeza baja, mirando la oscuridad del suelo del autobús.

No me extraña que la señora Bianchi esté triste. Al parecer llevaba más de nueve meses creando su utopía personal para la jubilación. Había plantado un peral en el jardín, había cambiado las tejas antiguas por un tejado de piedra pizarra a dos aguas, había movido los muebles… Algunos los tiró. Esto lo sé porque veía gente yendo y viniendo de su patio con percheros, mesillas, incluso una cómoda. Otros muebles —ella misma me lo contó cuando llegamos, la primera noche— los había restaurado con sus propias manos. Además, había dado una nueva capa de pintura a todas las paredes del salón. Ahora están blancas como la nieve, me dijo. Cuando entras, se tienen que acostumbrar los ojos. Casi deslumbra.

Así que normal que la señora Bianchi se pusiera a gritar como loca cuando le dijeron que tenía que salir después de haber puesto tanto empeño en el tema de la casa. Pero tal vez exagere. A veces me parece un poco bruja con ese pelo cano y las uñas tan largas. No sé, reconozco que dormiría mejor si no estuviera a mi lado.

Cuando la miro por las noches siempre tiene los ojos abiertos y observa el techo del polideportivo como si estuviera lanzando un conjuro al universo. Como si viera más allá de las vigas y el tejado de aluminio. Es desagradable. No sé, preferiría que tuviera los ojos cerrados.

Yo no llevo la cuenta del tiempo que llevamos aquí porque el tiempo de verdad no puede medirse con relojes. Pero la señora Bianchi, en cambio, sabe muy bien las horas que han pasado desde que nos sacaron de las casas. Según ella llevamos ya tres días, diecisiete horas, veintidós minutos y cuatro segundos, que ahora son cinco, que ahora son seis, que ahora son siete. Está empeñada en que nos digan lo que ocurre. Quiere saber si las casas van a quemarse, si ya se han quemado.

A veces se pone tan nerviosa que se tira de los pelos y pienso que sería capaz de hacer una locura. Por eso no me convence la idea de dormir a su lado. Tal vez pida perdón por adelantado al universo y nos prenda fuego a todos después de echar gasolina sobre los sacos. Quién sabe.

Esta mañana se acercó a unos jóvenes de Cruz Roja para exigir respuestas y lo único que le dijeron fue que estuviera tranquila, que muy pronto podríamos volver. Es posible que sea la última noche, señora. Pero eso es lo mismo que le dijeron ayer en la comida y antes de ayer en la cena.

Como se estaba rompiendo el cuero cabelludo de tanto tirarse del pelo y rascarse con esas uñas, a la hora de comer he decidido ponerme a buscar en las noticias qué estaba pasando, pero lo más raro es que no he podido encontrar nada. Ningún periódico habla del tema, como si no hubiera ningún incendio. Tonterías, no seré yo quien caiga en la trampa de la conspiración; me da pereza. En el mundo no existen los malvados terribles ni la gente exclusivamente buena. Todos hacemos cosas regular. Pero es raro.

Para mí, lo más preocupante es el tema de ir al baño. A este paso reventaremos de la mierda que guardamos dentro. El polideportivo quedará hecho un asco y ya no tendremos dónde dormir.

Un grupo de gente se reúne. Dos jóvenes de Cruz Roja han hecho gestos con la mano para que nos acerquemos. Ahora anuncian en voz alta que acaba de llegar el autobús que nos llevará al pueblo. Volvemos a casa, eso parece. Pero no admiten que hagamos preguntas. Dicen que no saben nada más.

Durante el trayecto el hombre que conduce el autobús tampoco nos habla. Ni siquiera nos dice Lo siento o Me temo lo peor o Qué suerte que solo haya sido un susto. Nada.

Cuando llegamos, las puertas se abren y la gente empieza a bajar muy despacio. Yo y la señora Bianchi íbamos en la parte de atrás, así que tardamos en salir. Pero al fin salimos y vemos el desierto de ceniza.

Todas las casas han desaparecido. Excepto una. Una sola casa se mantiene intacta a pesar del incendio. La casa de la señora Bianchi, con su tejado de pizarra a dos aguas, el peral en el jardín y las paredes blanquísimas que se ven a través de las ventanas. Permanece igual que una luz en la noche. Una estrella.

Al ver la casa, la señora Bianchi no da saltos de alegría, tampoco grita como en los días anteriores. Solo abre la puerta, pasa dentro y vuelve a cerrar. El resto de vecinos lloran nuestra desgracia. Muchos lo hacen literalmente. Otros, supongo, teníamos menos que perder. Pero la señora Bianchi se queda dentro y no vuelve a salir.

A los pocos días voy a verla, pero tampoco puedo encontrarla. Ni a ella ni a su casa perfecta. En su lugar queda solo un enorme montón de ceniza. Es normal, supongo. Vivir ahora en esa casa era igual que vivir sola en el desierto.

 


Claudia Ballesteros es alumna de la XII promoción del Máster de Narrativa de Escuela de Escritores. Estudiante de Filología Hispánica en la UCM, Claudia nació en la periferia de Madrid en el año 2001, inaugurando un siglo que, probablemente, vaya a ser el último donde la humanidad pueda vivir. Porque vivir y sobrevivir no son lo mismo. Ella lo sabe y por eso escribe desde y sobre su propio presente. Dentro de este cenicero (inédita) es su primera novela.


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