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Control
«Por fin, después de tanto tiempo encerrado, observándolo todo desde el espejo, había tomado los mandos en el momento idóneo para echarle un buen polvo a la mujer de Julio.» Relato
Por Pablo Sánchez Publicado en Relatos en 28 abril, 2022 0 Comentarios 8 min lectura
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Control

 

Aquella noche, Julio llegó tarde del trabajo. Como de costumbre, encontró a Coral, su mujer, dormida y despatarrada sobre el sofá, frente al televisor encendido. Se habían visto por última vez la mañana del día anterior, justo antes de que ella saliera para el turno de las siete y media en el hospital. Julio no tenía que estar en la oficina hasta las nueve, pero en el momento en que ella entró en la cocina, justo antes de marcharse, él estaba ya desayunando, sentado a la mesa del office, porque a menudo los ruidos que hacía ella cuando salía pronto lo despertaban y entonces (decía que) ya no era capaz de volver a conciliar el sueño.
Coral, muy enfadada, se había acercado a la pila y, señalando la ensaladera de flores azules (su favorita) en la que habían servido los macarrones con chorizo el pasado domingo, le recriminó que estuviera todavía sin fregar. Evidentemente, la excusa de dejarla en remojo ya no le servía así que, sin decir nada, Julio dejó sobre el plato la tostada mordida y se puso a fregar la ensaladera.
Casi dos días después, Julio contemplaba ahora a Coral dormida en el sofá, mientras recordaba las ganas que había sentido aquella mañana, cuando ella se marchó dando un violento portazo, de arrojar la maldita ensaladera contra el suelo. Sin embargo, se acercó y le besó la frente. Ella apenas reaccionó. Después se desvistió en el dormitorio y entró en el baño. Estaba agotado, de modo que solo se lavó la cara.
Fue entonces cuando me decidí a salir.

Las mejillas coloradas, las cejas gruesas y las pestañas ensanchadas, adheridas entre sí, pueden tener un pase, una explicación tan tonta como el agua fría que me acabo de echar en la cara, pero ¿cómo explicar lo de la nariz?, nada más levantar la vista habría podido jurar que era un poco más gruesa de lo normal, si bien es cierto que al fijarme se me ha vuelto a normalizar: sí, así es mi nariz, pero no los labios, aunque solo estén morados, cosa que puede explicarse a) por el cansancio o b) otra vez por el efecto del agua fría, el caso es que miro un espejo como quien observa algo extraño, asustado aunque también complacido y el día no ha ido bien, todo se ha ido a la mierda, nada parece tener arreglo y todo descomponerse y ahora cómo es que mi casa no es mi casa si pudiera hablar con mi reflejo me confesaría, me daría por vencido quizás, después de todo la vida hasta hoy no ha sido más que la continua demostración de que no se puede tener el control sobre nada en absoluto y que nada en absoluto sale como tiene que salir o de manera que en el fondo en lo más hondo de nuestro corazón consiga despertar esa chispa, esa cosa así como de fuerza rotatoria, de aceleración centrípeta que es un revolcón de estómago y pinchazos sobre la piel acariciando el vello y abejas libando traviesas cada poro sudoroso, yo no sé si pierdo el control puede que me vaya de aquí, quizás todo esto sea sueño y nada más que una trampa de un alguien que pueda más allá de mí y que se atreve a ponerme la zancadilla frente al espejo mientras me cuenta y se burla y me contempla abyecto al romper una máscara que soy que tiene el corazón tan roto como la sonrisa o el subterfugio o la huida o el sueño chás chás se acabó ya no lo aguanto más ya no quiero saber nada más de este asunto aquí me quedo esto ha llegado a su fin.

Aquella noche, Julio volvió a llegar tarde y yo me hice la dormida. Pero, cuando salió del baño, me di cuenta de que algo no andaba como siempre porque, en lugar de marcharse a la cama, como solía, oí que daba un golpe o que se tropezaba, no sé; pensé que quizás había vuelto a pasarse bebiendo. El caso es que yo continué haciéndome la dormida, de manera que después solo oí el leve chasquido que hacían sus pies descalzos al despegarse del parqué mientras entraba en el salón.
En un principio me pareció que por fin me había descubierto el engaño y ya de antemano yo estaba preparada para montar la escena, negarlo todo y echarle la culpa de haberme despertado. Sin embargo, seguí fingiendo todavía un poco más y enseguida me di cuenta de por dónde iban los tiros cuando empezó a susurrarme al oído cosas que eran totalmente impropias de él. Además, había algo de fingido o de extraño en su tono de voz que, unido al hecho de que yo me hiciera la dormida, no sabría decir por qué, comenzó a generarme sensaciones confusas.
Después, esa confusión no hizo más que crecer, en paralelo a mis ganas de enfadarme, a medida que él iba propasando un límite tras otro, tocándome por todo el cuerpo y desabrochándome la bata. Aún así, yo continué fingiendo, puesto que no hacerlo hubiera supuesto pararle los pies y yo quería saber hasta dónde era él capaz de llegar.
Hasta que me penetró. Entonces sí, abrí los ojos, ya dispuesta a montarle un número como en su vida. Solo que, en lugar de eso, no solo lo dejé seguir, sino que además descubrí que yo misma, sin darme cuenta, había entrelazado con fuerza las piernas en torno a la parte baja de su espalda.
Al final, nos corrimos los dos. No tengo idea de qué fue lo que nos pasó ni de cómo actuar ahora. Por un lado, me incomoda incluso la idea de sacar el tema con Julio, pero por el otro, no dejo de fantasear con que algo parecido vuelva a ocurrir.

Salí del baño con la cara todavía húmeda y me dirigí al salón. Ella seguía dormida, su muslo izquierdo sobresalía desnudo de la bata. ¿Acaso aquella noche no se había puesto el camisón? Empecé a sentir la tensión creciente levantar la tela de mis calzoncillos. Me senté a su lado y comencé a susurrar su nombre: «Coral, despierta. Coral, putita. Eres una zorra de lo más sucia…». Era delicioso tener el control y, sin más, susurrar aquellas cosas en su oído, contemplar el subir y bajar de su pecho, rítmico y sosegado, e inspirar el olor de su champú de menta y coco; todo eso ya de por sí incluso podía haber sido suficiente.
Pero no hay nunca nada verdaderamente suficiente para quien aspira al control absoluto. Como vi que su sueño era todavía profundo, juzgué que sería mejor empezar cuanto antes. Con suavidad, deslicé mis dedos por dentro del batín, acariciando sus tetas. Me complació confirmar mis sospechas: no llevaba nada debajo, ni camisón, ni sujetador, ni bragas siquiera. Me detuve en la areola de uno de sus pezones, que comenzó a endurecerse entre mis dedos. Entonces utilicé la mano que me quedaba libre para desatar el nudo del batín, hacerlo a un lado y contemplar así, a la luz azulada e intermitente del televisor, su cuerpo desnudo.
Y allí estaba. Por fin, después de tanto tiempo encerrado, observándolo todo desde el espejo, había tomado los mandos en el momento idóneo para echarle un buen polvo a la mujer de Julio.


Pablo Sánchez Llano es alumno de la XIII promoción del Máster de Narrativa de Escuela de Escritores. Nació en Madrid en 1994. Un interés serio y práctico por el mundo lo llevó a estudiar ingeniería, sin saber que ciertas pulsiones literarias, al parecer hereditarias, nunca dejarían de amargarle la existencia. Por eso ahora compagina la escritura con un trabajo mucho más serio y práctico.


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