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Desayuno
"Entre ellos, el tablero infinito y vacío, salvo por el taco de mantequilla sin empezar que brillaba como un lingote de oro." Relato
Por Javier Fonseca Publicado en Relatos en 5 abril, 2021 2 Comentarios 6 min lectura
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Desayuno

 

La despertó el frío. Había dormido con el brazo izquierdo fuera y sentía la piel y los músculos como un bloque helado. A su lado, la colcha estaba extendida tapando la almohada. Alargó el brazo y  sintió el calor residual en el pantalón del pijama de Mario que, sobre el borde de la cama, parecía derretirse hacia el suelo como uno de esos relojes blandos de los cuadros de Dalí. Se sentó haciendo crujir el somier. Miró el reloj de la mesilla: las seis y cinco. Aún faltaban diez minutos para que saltara el termostato de la calefacción y casi una hora para que sonase el despertador. Fuera, tenues vetas de luz amarilla empezaban a deshacer la noche. Sara remoloneó unos minutos antes de ir al baño. Salió sin tirar de la cadena, se calzó las zapatillas, cogió la bata del galán de noche y se fue a la cocina.
Mario estaba sentado con una taza de café en la mano y miraba hacia la encimera. Tenía los ojos puestos en la tostadora donde se calentaban dos rebanadas de pan. Sobre la mesa, el brillo inmaculado y solitario de la barra de mantequilla que ella había comprado dos semanas atrás. Al verlo, Sara volvió a frotarse el brazo con energía.
—¿Lo has sacado del congelador?
—¿El pan? Sí.
—Necesitarás más tiempo para que se tueste. Cuida que no se te queme.
—Ya sé.
Sara se sentó en el otro extremo de la mesa. Entre ellos, el tablero infinito y vacío, salvo por el taco de mantequilla sin empezar que brillaba como un lingote de oro. Desde donde estaban sentados, pensó, ninguno de los dos llegaba a cogerla.
—Puedes cerrar la ventana.
—Acabo de abrirla.
—Tengo frío.
—Siempre tienes frío.
—Es que hace frío.
Mario se levantó a coger las tostadas.
—Usa las pinzas para…
Sara dejó la frase a medias cuando vio que él volcaba la tostadora. El pan, marrón oscuro y negro  por los bordes, cayó junto a cientos de migas de otras tostadas que se esparcieron por la encimera. Mario pasó la mano por encima arrastrándolas. Algunas se le quedaron pegadas y las sacudió en el fregadero. Después, cogió las rebanadas, las puso en un plato y volvió a la mesa.
—¿Me pasas la mantequilla?
—No llego.
Mario abrió el cajón de la mesa, cogió un cuchillo, se incorporó ligeramente y se estiró sobre el tablero. Las dos primeras veces solo consiguió dejar un par de muescas que destacaban en el lingote como cicatrices tiernas. Al tercer intento, el cuchillo de punta roma logró penetrar en la mantequilla. Tiró hacia él para acercar el taco, cortó un pedazo y lo puso sobre una de las tostadas.
—Acabas de sacarla de la nevera. No se va a extender.
—La tostada está caliente.
—No basta. Ponla un rato en el microondas si quieres untarla.
—El microondas la va a derretir. Va a quedar para beberse.
Mario cogió el cuchillo e intentó extender el pegote de mantequilla. La presión de la hoja hizo que saltara del pan y fuera a pegarse a la puerta bajo el fregadero por la que fue resbalando lentamente. El cuchillo cayó con fuerza sobre la tostada y la rompió. Un trozo acabó en el suelo. Ligeramente azorado, se levantó a limpiar la mantequilla y lo pisó. El crujido recordó al de una concha al romperse y Sara se llevó la mano al pecho. Sobre la mesa, el otro trozo de pan parecía un pedazo desprendido del tablero.
Sara se acercó a la encimera. Como si la acariciara, fue empujando las migas que quedaban hasta amontonarlas junto al microondas. Miró a Mario y giró la rueda de la potencia cuatro posiciones a la izquierda. En la pantalla, el reloj marcaba veintiocho minutos para las siete.
Mario abrió la puerta, metió la barra de mantequilla y marcó un minuto y diez segundos en el reloj. Luego apoyó las dos manos sobre la encimera.
—¿Te caliento una rebanada?
Sara permaneció callada, los ojos puestos en la espalda de Mario, hipnotizado ante el microondas donde el lingote de mantequilla giraba preso en un carrusel infinito. A través del hueco que dejaba el brazo de él vio cómo la mantequilla se iba derritiendo y su mente rescató la imagen de los relojes dalinianos. Se levantó y salió de la cocina. Junto a la entrada, dejó la bata en el perchero, se puso el abrigo y se colgó el bolso. Sacó las llaves del bolsillo y las dejó sobre el radiador que, a pesar de la hora, aún no había empezado a calentarse. El timbre del microondas se solapó con el ruido de la puerta de la calle al cerrarse con firmeza.


Javier Fonseca García-Donas es alumno de la Décimo Segunda Promoción del Máster de Narrativa. También es autor de Literatura Infantil y Juvenil (LIJ), con más de veinte publicaciones a su nombre o bajo seudónimo (Isaura Lee), entre ellas la colección Clara Secret (Macmillan eds 2009-2012); Pastel de moras (Algar eds. 2013), El visitante del otro lado (Diquesí eds. 2016) o Zampalabras (Nórdica eds. 2018). En 2020 publica su poemario Una poesía para cada hora del día (San Pablo eds.) y 17+85 españoles geniales que lograron su sueño (1785 eds.). En Escuela de Escritores imparte clases de LIJ y de escritura creativa y relato para jóvenes y adultos. Desde 2014 es responsable de las recomendaciones de LIJ en la revista cultural Adiós. Colabora ocasionalmente con otras publicaciones culturales (Cuatrogatos, revista digital de LIJ) y programas de Radio (La estación azul de los niños, RNE). Junto a esto, coordina clubes de lectura juveniles y de adultos en bibliotecas públicas, librerías y a través de plataformas digitales. También es narrador oral, contando cuentos en plazas, cafés, universidades… y cualquier espacio donde haya personas con ganas de escuchar.

Compagina su labor literaria con la dedicación al pensamiento creativo y la sensibilización social (cursos, talleres, guiones para vídeos, campañas de difusión, materiales didácticos y de divulgación).  Ha sido profesor universitario (USP-CEU) y ha trabajado durante más de diez años en Cáritas Española como responsable nacional de educación para el desarrollo y de formación y voluntariado.


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  1. Trajo a mi memoria las controversias diarias con mi esposo .Es consuelo?
    La decisiòn final tiene mas fuerza.

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