menu Menú
El amante
«Llevaba esperando más de una hora en aquel sillón.» Relato
Por La Rompedora Publicado en CELA, Relatos en 8 noviembre, 2022 0 Comentarios 10 min lectura
No quiero ser un perro Anterior Susurro Siguiente

El amante

 

La Rompedora se complace en compartir con el público lector las obras de los autores y traductores participantes del programa europeo CELA (Connecting Emerging Literary Artists), del que forma parte Escuela de Escritores. En esta ocasión, presentamos el relato «El amante» (del volumen Lo que vio París, de. Herg Benet, 2012), escrito por Alexandru Potcoavă y traducido al español por Luciana Cezara Moisă, ambos de Rumanía.

 

Dedicado a Andreï Makine

 

Llevaba esperando más de una hora en aquel sillón. Se había desabrochado el abrigo y se preguntó si merecía la pena quitárselo. Mientras tanto, había hojeado todas las revistas de la mesita de cristal, se le había dormido el trasero y ya no sabía cómo cruzar las piernas para disimular también el desgaste de los zapatos. Estaba seguro de que toda aquella gente, que traía consigo corrientes de aire al entrar y salir por la puerta, reunía detalles crueles para sacar  luego en sus conversaciones animadas de la zona de fumadores del pasillo. Escuchaba las risas y le parecía que todo giraba en torno a él, encogido en su abrigo malgastado por el uso, donde ya no cabía el rostro pálido sin afeitar ni el calzado raído. Al menos podía esconder las manos en los bolsillos. Delante de él, una pelirroja apretujada al otro lado del escritorio aporreaba la máquina de escribir, con los pechos acomodados sobre la mesa y la mirada fija en un texto mecanografiado. De vez en cuando, la mujer se paraba a coger el teléfono, tomar un sorbo de la enorme taza de café o a pedirle al visitante tener un poco más de paciencia. El hombre asentía lentamente y volvía a sus pensamientos. Ni siquiera le habían ofrecido un vaso de agua, así que llegó a la conclusión de que había ido en vano. No por nada, pero ya había recopilado suficiente material de las salas de espera de los editores y sus secretarias como para saber que no necesitaba volver a pasar por lo mismo. Podría incluso haber escrito un libro sin llegar a desgastar el tema, pero ¿quién se lo hubiera publicado?
—Caballero, ya puede pasar —le avisó de repente la pelirroja con la oreja pegada al teléfono.
—Muchas gracias —balbuceó y entró al despacho del editor.
—Buenos días —el tipo trajeado lo recibió con formalidad mientras extendía la mano sobre el escritorio.
—Buenos días —el del abrigo le devolvió el saludo y le estrechó la mano.
—Siéntese, por favor. He leído atentamente el resumen de su manuscrito. La novela no está mal y la traducción al francés también es decente. ¿Le apetece un café?
—Sí, por supuesto —aceptó animado tras ver que la charla parecía alargarse. Por lo demás, prefería dejar pasar el hecho de que había escrito aquel libro directamente en francés. Un idioma que, como cualquier ruso cultivado, desde Pedro el Grande hasta la actualidad, dominaba a la perfección. La secretaria le había traído el café y el escritor se inclinó para inhalar el aroma humeante. Sobre el plato le esperaba también un azucarillo.
—También me ha gustado el tema —retomó el editor—. Es actual, los lectores están ansiosos por descubrir lo que ocurre dentro del comunismo y ahora mismo la Unión Soviética es un completo fantasma. Todo lo que se escriba sobre ella, independientemente de que el autor sea un aliado patrio o un refugiado político como usted, el mercado editorial francés lo absorbe como una esponja. Aunque en este momento, como ya sabrá, las cosas están algo inestables en el este. El muro de Berlín acaba de caer, el Telón de acero está tambaleándose y mañana mismo puede ser historia. Entienda que haya que esperar un poco más hasta que la situación se calme. ¿Por qué no nos vemos dentro de dos meses, o un año, y hablamos entonces sobre La hija de un héroe de la Unión Soviética? Sin prisa, acábese el café.
El hombre del abrigo dio un sobresalto, se colocó el azucarillo bajo la lengua y de un trago se tomó el café. Se levantó rápidamente, se despidió ausente y salió. Tras subirse el cuello del abrigo, echó a andar sin prisa por las calles de París. Podría haber cogido el metro para volver a casa y saltarse los tornos sin pagar el billete, pero no tenía ganas de encontrarse con los compatriotas que cantaban en el andén. Eran unos ocho —con sus violines, balalaicas, acordeones, voces guturales y todo el paquete— que tocaban a diario y en bucle un amplio repertorio, tan apreciado por los locales como desgarrador para un refugiado ruso recién llegado. En ese momento no le apetecía hundirse en la tristeza ni emborracharse con los músicos, que al final venía a ser lo mismo. Ya festejó con ellos una vez en la casa abandonada de la periferia donde se había asentado el grupo ambulante, pero de aquella experiencia no sacó nada salvo una depresión profunda. Por eso, el escritor prefería desgastarse antes los zapatos por el bulevar. El sol invernal, sorprendentemente cálido para un hombre como él nacido en Siberia, lo alentaba a perderse por la gran ciudad y girar al azar en cualquier intersección.
Ya entrada la tarde, llegó a Père-Lachaise y se adentró con la indiferencia de un asiduo del lugar. El portero que repartía mapas del cementerio a los turistas lo saludó y volvió a lo suyo. Subió hacia el monumento de los muertos, giró a la derecha por la Avenue de la Chapelle e iba levantando con los pies las hojas secas hacia Grand Rond. Desde ahí bajó por un camino y se detuvo en la tumba de Jim Morrison. Recogió un puñado de cigarros tirados encima de la tumba, algunas botellas de whisky o de vodca a medias y se alejó. También podía haberse quedado allí hasta el anochecer cuando seguro que  aparecería una cuadrilla de fanes del vocalista de The Doors con un radiocasete al hombro para hacer botellón, fumarse algún porro y emparejarse. Muestra de ellos eran los grafitis y los preservativos atados y pegajosos que colonizaban los mausoleos burgueses, aledaños a la tumba modesta que estaba escondida entre ellos. Podías darte de bruces en cualquier momento con estas juergas hippiescas y underground para descubrir, sin pensarlo mucho, cómo hacen el amor las mujeres de cualquier rincón del mundo. Pero el escritor no estaba de humor. Optó por alejarse por Chemin du Dragon, en el silencio sepulcral de unos mariscales napoleónicos, hacia la cripta de Moliére. Aquí las tumbas oriundas se apiñaban unas sobre otras, se reclinaban entre sí, ruinosas y olvidadas, como unas cabinas de teléfono de estilo gótico donde los difuntos habían sido enterrados de pie. El refugiado se acercó a la puerta de un mausoleo ya anónimo por el paso del tiempo, miró a un lado y al otro y abrió el picaporte podrido. Se hizo un ovillo sobre el colchón destrozado que se encontró en un contenedor del barrio y que había colocado en el suelo sobre el dueño de la cripta. Rebuscó en los bolsillos. Colocó los cigarros de uno en uno sobre la repisa, encima del ramo de crisantemos que con las décadas se había convertido en una gruesa capa de polvo fino. Ordenó las botellas y encendió la vela agenciada de un vecino que había visitado recientemente. El hombre se ciñó más fuerte el abrigo, metió la mano en una bolsa del súper y sacó una manzana y un trozo de panecillo dulce —recuerdos ya endurecidos de la ofrenda de un viejo ruso blanco al que habían enterrado hacía pocos días. El escritor soviético autoexiliado masticó en silencio, luego se pimpló una botella y llegó a dar un par de caladas a un cigarro. Se tumbó bocarriba con las rodillas dobladas, porque de lo contrario no cabía. Agarró una hoja de papel, la estiró sobre la pared con el dorso de la mano y anotó en ella: Esta Francia que olvidamos amar.

 


Alexandru Potcoavă (Timișoara, Rumanía, 1980) nació en el seno de una familia centroeuropea de origen francosuizo, alemán, húngaro, hebreo y rumano. Estudió Lengua y Literatura y ejerció durante mucho tiempo como periodista. Ha publicado el volumen de poesía alexandru potcoavă iar bianca sta-n alex (Marineasa, 2001) por el que la Unión de Escritores de Rumanía le otorgó el Premio al mejor escritor novel. Las novelas Pavel şi ai lui (Brumar, 2005) y Şoimii patriei trebuie să fie întotdeauna veseli! (Tracus Arte, 2011), además del volumen de relatos Ce a văzut Parisul (Herg Benet, 2012). Entre sus publicaciones más recientes destacan el volumen de poesía Într-o zi nu ne vom mai recunoaște (Casa de Editură Max Blecher, 2016) y la novela Viața și întoarcerea unui Halle (Polirom, 2019). Sus textos están presentes en varias antologías de Rumanía y se han traducido al inglés, francés, alemán, italiano, húngaro, croata, eslovaco, turco, griego y hebreo. Es miembro del PEN Club România y participa como autor en la segunda edición del programa literario CELA (2019-2023).

 

Luciana Cezara Moisă (Sibiu, Rumanía, 1992). Su pasión por los libros y los idiomas nació a una edad muy temprana por la realidad que implica crecer entre dos culturas. Se graduó en Traducción e Interpretación por la Universidad Complutense de Madrid y traduce principalmente del rumano, inglés y francés al español. Ejerce desde el año 2014 como traductora especializada en traducción literaria y audiovisual. Algunas de sus traducciones literarias, poesía y relato, se han publicado en revistas del panorama literario español. Tiene un blog sobre poesía rumana y también un podcast en el que relata curiosidades sobre la cultura de este país. Actualmente participa como traductora en el marco del programa europeo CELA cuyo objetivo es dar voz a la literatura de las lenguas minoritarias en Europa.


Anterior Siguiente

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Cancelar Publicar el comentario

keyboard_arrow_up