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El baile de los pájaros
«Los pájaros se quedaron quietos cuando llegó mi tío Norbey a la cocina.» Relato
Por Edward Jaramillo Publicado en Relatos en 3 mayo, 2022 3 Comentarios 7 min lectura
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El baile de los pájaros

 

Lo que más me gustaba de las fiestas donde la abuela Rosa era que las hermanas de mi papá bailaban toda la noche. Lo que menos me gustaba era tener que ver al tío Norbey, que siempre les decía a mis papás que yo estaba muy cachetón. Esa noche mientras yo bailaba con mi mamá y mis tías, mi tío Norbey, desde la mesa en la que jugaba póquer con mi papá y sus otros hermanos, me miró y dijo: “a Pedro lo van a volver marica con tantos mimos”.
Esa frase la lanzó sobre esa mesa como un as que me dejó en bancarrota. Mi papá interrumpió la organización de su abanico de cartas, me miró un segundo y volvió a concentrarse en las picas y en los corazones.
Solté las manos de mamá y de las tías, me sequé el sudor de la frente y me fui para la cocina. Ni mi mamá, ni mi abuela, ni ninguna de mis tías parecían haber escuchado los golpes de esas palabras pronunciadas como piedras.
Yo tenía nueve años, no entendía bien qué significaba eso. Cuando en la casa hablaban de los maricas, hablaban de un primo de mi mamá, León Jairo, que, decían, era marica. Ser marica era hablar más pasito, hacer carrizo con las piernas como las mujeres y tener ganas de bailar en las fiestas. Yo lo único de lo que estaba seguro era de que me gustaba bailar.
Abrí la nevera y saqué la jarra de agua que la abuela siempre tenía enfriando. Llené un vaso y me senté, todo seguía allá adentro. Sentí vergüenza sin saber exactamente por qué. Deseaba no tener que volver a ver a mi tío Norbey, ni amanecer donde los abuelos. No era capaz de regresar a la sala donde las mujeres bailaban mientras los hombres jugaban póquer.
Me senté en el piso y me quedé mirando los dos pájaros que mi abuela tenía en la jaula: Paca y Paco. Me dicen que así les había puesto yo unos años antes, pero la verdad es que yo no me acuerdo, estaba muy chiquito. Eran unos inseparables, con picos de loro, la cabeza colorada y el plumaje del cuerpo verde. Eran unos loritos enanos. La fiesta había animado tanto a la abuela, que se le había olvidado cubrirlos esa noche y ellos también estaban bailando.
Lo que yo no alcanzaba a diferenciar era cuál de los sonidos que salían de sus picos mientras se movían en esa jaula se parecía más a la voz de mi papá y cuál a la voz de mi mamá. Los dos tenían voz de pájaro. Lo que sí estaba claro, era que no podían hacer carrizo. Y cuando pensé en esa imagen, me empecé a reír solo. Ya me había bebido toda el agua.
Los pájaros se quedaron quietos cuando llegó mi tío Norbey a la cocina. Las manos se me pusieron frías, creo que también la espalda, empecé a sudar de nuevo. Yo imité a Paco y a Paca. Mi tío abrió la nevera, sacó una cerveza, la destapó con las manos y se recostó en el lavadero de platos, justo a mi derecha, mientras la bebía. Yo miraba hacia la jaula y él miraba hacia la sala.
Decidí no dejar de mirar a los pájaros. A veces, los ojos se me desviaban y alcanzaba a ver las rodillas de mi tío Norbey. Estábamos jugando estatua y había decidido ganarle. Entre más quieto me quedara, menos probabilidades tenía de ser empujado por una de sus acostumbradas frases. Escuchaba cómo pasaba la cerveza por su garganta. Escuchaba las alas nerviosas de Paco y Paca. Ya no era una estatua, era mucho más que eso, escuchaba el silencio.
La botella de cerveza bajó a la altura de mis ojos, pero no me dejé distraer. Seguí serio, mirando la jaula con mi vaso vacío entre las manos. El silencio que nos unía a mi tío y a mí, se regó por la casa. Y entonces el tiempo se paralizó para todos: para los pájaros, para los jugadores de póquer, para las bailarinas, para los abuelos. La música se apagó y todos, en esa casa, nos quedamos callados, como si estuviéramos velando un muerto. Decidí que iba a contener la respiración hasta que el ruido de las cosas volviera, así me costara la vida. Las rodillas de mi tío cambiaron de posición, la derecha le tomó ventaja a la izquierda. Yo no tuve que reacomodar mis pesos, el mío estaba distribuido por todo mi cuerpo, parecía una piedra, como las que salían por la boca de mi tío.
Llegó mi mamá a esa cocina en la que el tiempo se había paralizado y, como siempre, nos devolvió la vida.
—Te estaba buscando. ¿Qué haces ahí? —me dijo.
Empezó a sonar un merengue y mi mamá sacó a bailar a mi tío.
—A mí esta canción me encanta —dijo mamá.
Mi tío empezó a bailar con ella y luego mamá me extendió su mano y me negué. Mamá me volvió a llamar con su mano y me volví a negar.
—¿Qué te pasa? Baila con el tío y conmigo.
—¡No quiero! —le grité.
—A mí no me grites —me dijo usando su dedo índice derecho como un arma que se desenfunda lista para descargarse.
Se llevó al tío Norbey bailando a la sala y quedamos los pájaros y yo. Desde allá me gritó:
—Cúbrele los pájaros a la abuela, acuéstalos, grosero.
Yo me paré, me sequé las palmas de las manos en la ropa y me acerqué a la jaula. Abrí la puerta y Paco y Paca no salieron. Metí la mano y los saqué, uno a uno, no sé a cuál saqué primero, eran iguales. Los solté para que volaran, pero se quedaron bailando alrededor de la jaula.


Edward Jaramillo González es alumno de la XIII promoción del Máster de Narrativa de Escuela de Escritores. Nació en Medellín, Colombia. Se formó como periodista y cubrió hechos políticos y de conflicto armado en su país entre 1997 y 2006. Luego trabajó en el sector público con un movimiento independiente de su región, en comunicaciones en el sector privado y fue líder de proyectos de desarrollo rural en empresas sociales. Los cuentos, las novelas y la poesía siempre han sido parte de su vida y decidió que era el momento de tomarse dos años para dejar de mojarse los pies en sus orillas y sumergirse de cuerpo entero en sus aguas.


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    1. Me parece que dicho texto parece estar escrito y argumentado frente a hechos de la vida real. Me parece de gran importancia dicha publicacion; ya que ayuda a liberar una cantidad de aspectos emocionales.

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