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El baile
«Llegan al patio. Es un día tranquilo. En el penal San Luis los días suelen ser tranquilos.» Relato
Por Ramón Starc Publicado en Relatos en 12 abril, 2022 Un comentario 5 min lectura
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El baile

 

–Pasame papel, Salidera. –Pide La Rusa desde su inodoro y estira la mano por debajo de la separación entre ambos baños. El rollo cayendo desde arriba la sorprende. Rebota en su hombro y va a parar al siempre húmedo piso, cubierto de restos de orina amarronada–. La concha de tu madre, ¿no ves que ahora esta mierda ya no sirve? –Salidera solo ríe. Adentro las cosas graciosas son otras–. La puta que te parió. De verdad. Ahora tengo el culo sucio –dice La Rusa mientras salen del servicio rumbo al patio.
–Perdón, Rusa. No te enojés tampoco. Yo ahora te limpio el culito –agrega y le da una palmada seca en el trasero.
–Sos terrible.
–Ya sabés que sí. –Salidera saca la lengua y la sacude a un ritmo reptiliano.

Llegan al patio. Es un día tranquilo. En el penal San Luis los días suelen ser tranquilos. Los motines, las pedradas, los partidos de fútbol contra los guardias, los asados y las visitas de ONGs son la excepción.
–¿Te enteraste quienes vienen? –pregunta Salidera.
–No. ¿Quiénes?
–Las mamás de Lucio.
–No te creo.
–Creelo, loquita. Creelo.
–Las vamos a recibir con un lindo baile, ¿no?
Uno de los guardias pasa cerca. Se acostumbraron a no hablar cuando los guardias están cerca. No importa qué están diciendo. Pueden estar organizando una ida a la peluquería en el pabellón de las evangelistas, conversando un canje de zapatillas o por definir si hay que dar un baile.
–Salidera, las vamos a recibir con un lindo baile, ¿no?
–No sé, Rusa, no sé. Hay que pedirle permiso a La Negra.
–Permiso a La Negra…
–Y sí. Viste que ahora que está por salir anda tranquila. No quiere que nadie haga ninguna.
–Pero esta vez va a entender, son las mamás de Lucio.
–Debería entender. Vamos a verla.

Atraviesan el penal por el patio. La Negra tiene todo un pabellón para ella. Hay unas ventanas que miran para afuera pero están tapadas con un televisor. Un guardia toma mate en la puerta. La Negra está sentada en un sillón jugando al solitario.
–Hola, Negra… –dicen las dos, a dúo.
–Mirá, mirá lo que me trajo el viento. Si es la pareja más linda del penal. Si me gustase la almeja, no sé qué concha me comería primero –saluda La Negra y ríe de su chiste como si hubiese sido contado por un tercero.
–Negra, ¿viste quiénes están viniendo?
–¿Los Beatles? –Vuelve a reírse. La Rusa y Salidera acompañan.
–No, las mamás de Lucio.
–¿Qué Lucio?
–Dale, Negra, ¿para qué mierda tenés ese mueble? ¿Cómo que quién es Lucio? ¿No mirás tele?
–Solo películas. Desde que estoy por salir ya no quiero saber nada de lo que pasa afuera.
–Películas. La puta que te parió, Negra –exclama La Rusa.
–Sí, Negra, la puta que te parió. Nosotras no tenemos una mierda y sabemos quién es Lucio. Un telefonito con la pantalla rota y poca señal para todo el pabellón y sabemos quién era Lucio.
–Bueno, bueno. Que me están haciendo perder la concentración. Estaba por ganarle, che. –Señala las cartas ordenadas en columnas en la mesa–. ¿Qué quieren con las tipas estas?
–Las queremos bailar –dicen las dos, al unísono.
–Ah, no, acá no se baila a nadie. ¡Me parece que ya estaba claro eso! ¡Si me quedan tres semanas! Mirá, si mis chicas van a andar bailando gente, ¿saben a quién va a venir a buscar el comisario? ¡A mí, claro que a mí!
Salidera y La Rusa se miran. A La Negra no se le discute. Ya lo saben. Además, la entienden. No saben ellas si en su situación harían lo mismo, pero ellas no están en su situación. Ellas no van a salir. Ni hoy. Ni en tres semanas. Ni nunca.
–¿Vos sabés lo que hicieron esas hijas de puta? –Tira Salidera desde la puerta. La Rusa la agarra del brazo y tironea–. ¿Sabés qué hicieron?
–Salidera, hoy gané tres partidas de solitario, me tomé un café bien cargado y me rasqué las tetas toda la mañana. Estoy de buen humor. No me rompás las pelotas, ¿querés?
–Mataron al hijo de una de ellas, Negra. Seis años tenía la criatura, ¿a vos te parece?
La Negra saca una carta del mazo y no sabe dónde ubicarla. Toma un trago de mate y mira al televisor. Hay una película de Disney en pausa.
–Negra, lo llevaron al hospital las tipas cuando ya no se les despertaba. Estaba todo golpeado. Ya lo habían llevado cinco veces en dos años. Deditos quebrados, quemaduras de cigarrillo, el culo desgarrado.
–Y, además, ahora dicen que es porque eran lesbianas y lo llevaban a marchas feministas. Feministas nada. Unas hijas de puta –agrega La Rusa.
La Negra se para. Va hasta la TV. La mueve de la ventana y la apoya arriba de sus cartas. Prende el noticiero.
–Bueno, muchachas, me dejan descansar. Tengo que preparar un baile.


Ramón Starc, alumno de la XIII Promoción del Máster de Narrativa de Escuela de Escritores, nació en Argentina. Estudió la carrera de Comunicación en la Universidad de San Andrés pero nunca ejerció en el rubro. Viajó durante dos años por Latinoamérica y Australia, donde vivió con comunidades originales en zonas rurales y luego recaló en México durante cuatro años antes de llegar a Madrid, donde actualmente reside.


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