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El niño orquesta
"La primera palabra que dijo Mauro en su vida fue motor de nevera." Relato
Por Lucía Emmanuel Publicado en Relatos en 1 febrero, 2021 0 Comentarios 7 min lectura
Marisol Torres en Nueva York Anterior Siguiente

El niño orquesta

 

La primera palabra que dijo Mauro en su vida fue motor de nevera. Aunque, más que palabra, lo más correcto sería llamarla ruido. El niño que no berreó al nacer, que balbuceaba sin voz ni llanto, con pocos meses de vida emitió un sonido idéntico al rugido del motor de una nevera.

Enseguida comenzó a imitar otros sonidos, aprendió nuevas palabras: campana extractora, cuchara de madera que remueve los purés, biberón agitándose, cajón de los cubiertos recién cerrado,… Le gustaban especialmente las palabras de la cocina. Aunque otras, como cisterna del baño, le hacían troncharse de risa.

Al principio, imitaba los electrodomésticos y otros ruidos hogareños como puro entrenamiento de las cuerdas vocales, pero luego dichos sonidos fueron componiendo un lenguaje. Así, si Mauro decía hojas de libro que pasan, estaba pidiendo le leyesen un cuento. Y si decía ruedas de carrito sobre el asfalto, estaba pidiendo salir a pasear.

Las palabras que nunca aprendió fueron tiza sobre la pizarra o jaleo en el recreo, ya que nunca fue escolarizado. Visitaron a varios psicólogos infantiles, a los que Mauro miraba miedoso e imploraba a sus padres pelota contra suelo de goma o cucurucho de helado mordido. El caso era tan complejo que les autorizaron a educarlo ellos mismos en casa.

Con los años, Mauro hizo grandes progresos. Aprendió a escribir, por el sonido que hacía el lapicero sobre el papel, aunque solo entendía la combinación de verbos con sustantivos que pudieran emitir algún sonido particular. Por ejemplo, podía comprender que una pared fuese acariciada, pero no que alguien pudiese comprar una corbata. También aprendió a contar, con la ayuda del sonido de almendras estrellándose contra el suelo: una, dos, tres, así hasta veinticinco almendras contra el suelo. E incluso a hacer sumas y restas.

En términos generales Mauro no parecía infeliz. En el parque siempre estaba rodeado de un corro de niños, sobre todo los más pequeños, que se sentaban a escuchar su verborrea de sonidos y a intentar imitarlos, inútilmente. Les encantaba camión de la basura vaciando los cubos y, el que más, cisterna del baño, todo un clásico.

Sin embargo, a los padres no dejaba de preocuparles su comunicación con el mundo. Un día se les ocurrió crear un diccionario de sonidos. Tras muchas noches de estudio en tecnología acústica, inventaron una máquina como la de pesar la fruta en los supermercados, pero con muchas más teclas, que les servía para hablar con él a través de ruidos. Mientras crecía, fueron diseñando aparatos cada vez más sofisticados, hasta llegar a una pequeña máquina portátil que detectaba los sonidos emitidos por Mauro y los traducía al lenguaje común. Al mismo tiempo, el lenguaje de Mauro se diversificaba cada vez más. Por ejemplo, para expresar que tenía frío, decía viento entre las hojas de los árboles. Y, si tenía sueño, aleteo de murciélagos bebés en torno a las farolas. Para el aburrimiento, en cambio, utilizaba una palabra aburrida: un simple tic tac del reloj.

A pesar de los enormes esfuerzos de los padres y el tiempo y el dinero invertidos, reconocían siempre que Mauro tenía un carácter excepcional, mucho mejor que el de cualquier niño del parque que acostumbraba a patalear por todo. Mauro casi nunca se enfadaba, pero a menudo estaba triste. En esas ocasiones solía decir manos frotándose contra los hombros y dedos en círculo sobre el cuero cabelludo y la tristeza se evaporaba entre caricias familiares. Al menos al principio.

Con el tiempo y sin motivo aparente, se volvió un niño apático, silencioso. Los padres cavilaban por las noches sin llegar a dar con una solución. Hasta que se les ocurrió probar con la música. Comenzaron con unos discos de piano y poco a poco le hicieron escuchar toda la música clásica que conocían. Para Mauro supuso un gran descubrimiento y, casi podría decirse, una liberación espiritual. Se le veía pletórico en el parque al interpretar serenatas de Mozart y conciertos de Bach para violín, que captaron de nuevo la atención de los niños mayores. Así fue como se convirtió en el niño-orquesta.

Con diez años era todo un virtuoso de la música, pero una tristeza, incluso más profunda que la anterior, volvió a su vida. En vez de pedir ir al parque, se encerraba en el cuarto con sus lego a interpretar las canciones más lentas de Erik Satie.

Un día se plantó delante de sus padres y, por medio de una combinación de palabras como sonajero agitado, palmas de las manos chocando y balidos de cordero, les dijo que quería tener un hermanito. Durante esa noche y las siguientes, los padres de Mauro no pudieron conciliar el sueño. Mauro los oía a través de la puerta sin llegar a comprender lo que decían. «¿Otro hijo?», «¿y si no puede dormir o no puede jugar?», «¿y si no aprende a reír nunca?». Pero, tras varias semanas de insomnio, accedieron a su petición.

Nueve meses de recitales de música sobre un vientre abultado y llegó Dánae, una niña de grandes ojos ámbar que al nacer emitió un llanto agudo y provocó una mirada de alivio entre los padres. Dánae lloraba, berreaba y hacía los ruidos clásicos de todo bebé común. Los ggggg y los aaaaa y los maaaa y, por mucho que Mauro le repitiese una y otra vez motor de nevera, ella no parecía poseer el don de su hermano. Eso sí, le encantaba la máquina de las teclas, la primera y más primitiva, que se convirtió en su terreno de juego.

Mauro, cansado de tanto ruido sin sentido, volvió a las horas solitarias de lego y canciones de Satie. Una de esas tardes encerradas en su habitación, no paraba de escuchar el mismo sonido de su máquina: tic tac del reloj. Cuando su paciencia rebasó el límite, fue hasta el salón donde estaba su hermana. Miró hacia la máquina, pero no encontró a Dánae allí. Su hermana, al fondo del salón, miraba muy quieta el reloj de la pared con esos grandes ojos ámbar.


Lucía Emmanuelalumna de la Novena Promoción del Máster, nació en Bilbao. Estudió Física y se especializó en cultura científica, ámbito en el que ha trabajado en Francia y en España. En 2014 comenzó su formación literaria con el Itinerario de Novela de la Escuela de Escritores, donde ha asistido a cursos de poesía, además del Máster de Narrativa. Actualmente forma parte del equipo técnico de la Escuela de Escritores y colabora en Principia, magazine de ciencia e ilustración. Su relato Don’t panic también ha sido publicado por La Rompedora.


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