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El sonido de un bastón en la acera
«Pasaba con mi abuela los días que no había colegio y mis padres tenían que trabajar.» Relato
Por Humberto Franco Publicado en Relatos en 15 junio, 2021 Un comentario 5 min lectura
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El sonido de un bastón en la acera

 

Pasaba con mi abuela los días que no había colegio y mis padres tenían que trabajar. Recuerdo el vaivén de su cuerpo al caminar, el tacto de sus vestidos sintéticos, sus rizos canos y un ligero olor a rancio mezclado con el perfume de tapón amarillo. Cuando salíamos a la calle, uno de sus brazos era para mí y el otro para su bastón de madera con la empuñadura en forma de T.
Mi abuela, que aún se movía de forma grácil y ligera, aporreaba el suelo con el bastón, como pidiendo a gritos sentarse al sol un día más. Se contentaba al observar otras vidas, comprar media barra de pan o colocar las croquetas en una fuente con forma de hoja de lechuga para las visitas que casi nunca llegaban.
Golpeaba con su bastón el suelo de los pasillos estrechos del supermercado de barrio, mientras rebuscaba latas de conserva. Forzaba la vista por detrás de sus gafas de carey hasta ver con nitidez todos los números —cuanto más duren las conservas, más viviré yo— ese era su pacto con el futuro. No le interesaban los yogures y menos los plátanos, que en cuestión de días se echaban a perder.

Un día, mientras en el colegio repasábamos el sistema solar y el orden de los planetas; su bastón resbaló sobre una baldosa helada y ella cayó de espaldas, como un planeta redondo y regordete que pierde su órbita.
Un esguince de tercer grado. Eso fue lo que me dijeron mis padres mientras apartaban de mi mesilla de noche a la familia mono y hacían un hueco a la bandeja de medicinas de mi abuela, que entraba en mi cuarto en una silla de ruedas empujada por mi madre. Ni rastro del bastón y de su forma de golpear el suelo.
Mi padre colocó en paralelo una cama idéntica a la mía, con el cabecero de formica. Las dos camas tenían un somier de muelles que desbancó al sonido del bastón y pasó a ser nuestra lengua común. La abuela se sentaba sobre la cama y trataba de rebotar hasta que la cama chillaba y yo contestaba a sus chirridos saltando sobre la mía. Aquellos muelles se chivaban de todo, de las visitas nocturnas al baño, de los giros y vueltas en mitad de la noche por haber cenado huevos fritos con jamón e incluso del insomnio cuando ella palpaba la mesilla para encender la radio.
Pero mis padres y yo vivíamos en una casa en las afueras y, cuando salías a la calle, no había mercerías ni otros bastones con los que hablar. Tampoco supermercados en los que rebuscar conservas, así que la abuela tenía poca actividad ahora que estaba en una silla de ruedas.
—Solo es un centro de día para mayores —habían dicho mis padres—, para que hagas amistades y tengas conversación.
Yo, que había oído algo muy parecido cuando me engatusaron para ir al colegio, quise protestar para que ella y yo nos quedáramos en casa alfabetizando al somier.
—Es solo durante el día, luego volvemos a casa y hablamos con los muelles, ¿vale? —le dije.
Cuando yo regresaba del colegio, ella ya había vuelto a casa. Por las mañanas a mí me preparaban un bocadillo de queso y a ella le hacían un bolso para el día con ropa y mudas de recambio. Todas sus prendas tenían una cinta blanca con su nombre escrito a mano en letras mayúsculas. Me pareció que nos acabábamos de cruzar para recorrer los caminos en sentido inverso.

La última noche, cuando nos fuimos a la cama, ella se sentó sobre el somier. Los muelles chirriaron mientras ella resoplaba para quitarse unas medias color visón con algún que otro enganche. Yo imitaba sus movimientos intentando que mi somier se quejara más que el suyo. Después lanzó las medias al aire y nos reímos al verlas aterrizar en la oreja de mamá mono. Nos tumbamos y apagué la luz.
—¿A ti también tuvieron que cambiarte de ropa hoy? —preguntó.
—Sí —mentí.
Aquella noche dio muchas vueltas, los muelles de su cama crujieron más que nunca. Al amanecer, la abuela había salido de su órbita para siempre.


Laura Organero, alumna de la XI Promoción del Máster de Narrativa, nació en Madrid. Estudió Publicidad y Sociología. Ha trabajado en investigación de mercados dentro del sector editorial y en recursos humanos para la banca. El mundo corporativo nunca le terminó de satisfacer, por lo que ahora dedica su tiempo a la escritura, la cocina y la enseñanza profesional del yoga. Sus experiencias en países como Estados Unidos, Canadá, Nueva Zelanda, Centroamérica, Asia Oriental y parte de Europa nutren sus relatos. También forma parte del consejo editorial de La Rompedora y sus relatos El síndrome del miembro fantasma y Tormentas de arena han sido publicados por esta revista.


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  1. De lo más hermoso que he leído en estos días confusos del planeta tierra. Me hizo viajar a mis años inocentes y sentir el amor puro de mi abuelita. Gracias Laura por despertar tan hermosas sensaciones

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