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Esperando a D'Artagnan
«Didier y su hijo caminan rumbo a su aldea en silencio alejándose de la catedral.» Relato
Por Roberto Castellanos-Omaña Publicado en Relatos en 8 mayo, 2022 0 Comentarios 5 min lectura
"Nuevas cartas náuticas", de Adalber Salas Anterior Todo, nada Siguiente

Esperando a D’Artagnan

 

Didier le acomoda el jubón azul, desteñido, con una cruz blanca en el pecho a su hijo Phillippe. Están sentados en un escalón a la orilla del atrio de la catedral de Orleans. A su lado hay un árbol de ramas secas. La gente acaba de entrar por la puerta principal al Te Deum de medio día. Las campanas dan los últimos retoques indicando el fin de la invitación a la ceremonia. El sol cae sobre la ciudad sin dar sombras.
—Padre, ¿está seguro de que D´Artagnan va a venir?
Didier, con pantalones negros cerrados bajo la rodilla, chaleco del mismo color, camisa y medias blancas con manchas de tierra —estira el jubón a su hijo—, que mete su abultada panza reteniendo el aire. Su padre le pasa un paño sobre la espada que lleva sujeta a la cintura y se la acomoda con cuidado. Phillippe tiene entre sus manos con guantes de embudo un sombrero de paja con una pluma negra ensartada.
—No debe tardar —le contesta su padre.
El hijo asiente y escupe al piso. Baja la cara y observa a unas hormigas en formación dentro de los adoquines. Se escuchan los cantos gregoriano de la catedral y el aletear de un mirlo antes de que se pose en una rama. Al fondo de la avenida ladra un perro. El golpeteo de unos cascos de caballo los alerta. Levantan la vista. El padre se frota las manos. Es un viejo campesino que jala a una mula con canastos. Pasa frente a ellos y se aleja. Didier sigue con la mirada en el horizonte y Phillippe, que es más alto y grande que su padre, da vuelta al sombrero con la mirada en el piso.
Termina el Te Deum. Ven salir a la gente con trajes elegantes de la catedral. Algunos señalan a Phillipe con pequeñas sonrisas. El padre mira a su hijo y le levanta el embudo caído de una de sus botas. El sudor de Phillippe baja por sus gordas mejillas hasta su cuello blanco de banda caída. En la mañana estaba limpio, ahora tiene un círculo gris obscuro alrededor del cuello.
—Padre, está usted seguro de que D´Artagnan querrá que yo…
—Seguro, estás más que bien —le interrumpe sin dejar que termine de hablar—. Tienes tu traje de mosquetero, tu espada, que no es florete, pero es algo, y no hay quien te haya ganado en un combate en la aldea.
—Pero en la aldea solo somos mis primos y nosotros, siempre fue con palos de madera y ellos… usted sabe.
—Sí, son más pequeños, pero feroces como ellos solos y ninguno te ha ganado.
—Pero es que yo tengo…
En ese momento se les acerca un sacerdote que venía detrás de los últimos feligreses.
—Hijos, míos, llevan aquí sentados todo el día. ¿Se puede saber qué esperan?
Didier se pone de pie y contesta:
—A Monsieur D´Artagnan. Nos dijeron que vendría al Te Deum de hoy y que después partiría a Chartres para unirse a su majestad el rey.
El sacerdote mira a Phillippe, que se pone de pie y estira su jubón con la cruz blanca metiendo la panza. Sigue con la cara baja y da vuelta al sombrero con las manos enguantadas. Con una sonrisa de compasión el sacerdote se dirige a ellos:
—Monsieur D´Artagnan, junto con los demás mosqueteros, ya acompañan a nuestra excelencia, el rey Luis XIII en Chartres. No le fue posible venir hoy a nuestro Te Deum.
Phillippe levanta la cara y pasa la mirada del sacerdote a su padre, quien da dos pasos al frente. Se queda callado por unos instantes. El mirlo bate sus alas y sale por encima de la catedral.
—¿Entonces no vendrá hoy Monsieur D´Artagnan? —pregunta dándose la vuelta.
—Me temo que no —contesta el sacerdote.
Didier se le acerca rascándose la barbilla.
—Por casualidad, su eminencia, ¿sabe usted qué edad tenía Monsieur D´Artagnan cuando se hizo mosquetero?
—Dieciocho, es de todos conocido.
—Padre, yo tengo veintiocho —dice Philippe soltando la panza con un soplido.

Didier y su hijo caminan rumbo a su aldea en silencio alejándose de la catedral. Phillippe lleva el vacío sombrero cogido de una mano; el viento le acaba de arrancar la pluma negra que se va rebotando sobre el piso de tierra seca.


Roberto Castellanos-Omaña es alumno de la XIII promoción del Máster de Narrativa de Escuela de Escritores. Graduado de la Licenciatura de Comunicación en la Universidad Iberoamericana en México trabajó en Televisa e Imevisión en las área de dirección y producción; como locutor de radio en noticieros y narrando cuentos, donde además creó diversas voces de personajes. Realizó la traducción al español del libro de cuentos La 8ª Nota de la escritora francesa Carol Ann Tapaz. Acaba de terminar su primera novela que está en etapa de corrección para ser enviada a editores. Actualmente radica en Madrid donde trabaja en su segunda novela y un libro de colección de relatos. Ha sido alumno de la Escuela de Escritores por cinco años.


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