menu Menú
Esto que hay debajo es la noche
«De los pasillos vuelven a mi boca los gritos, esos mudos fantasmas que en mi garganta arremeten de nuevo la noche a contrapelo.» Relato
Por Pablo Sánchez Publicado en Relatos en 10 octubre, 2022 0 Comentarios 36 min lectura
Tala Anterior "Aguas azul tormenta", de Esther Ginés Siguiente

Esto que hay debajo es la noche

 

 

Relato finalista en el certamen para jóvenes creadores de los
Premios Madroño 2022

 

ayúdame a escribir palabras
en esta noche en este mundo
Alejandra Pizarnik

Era un ser totalmente sensible y táctil. El universo le entraba por todos los poros.
Alejo Carpentier, Viaje a la semilla

 

Uno

 

De los pasillos vuelven a mi boca los gritos, esos mudos fantasmas que en mi garganta arremeten de nuevo la noche a contrapelo. El peto, o la correa de cuero que me aprisiona contra esta cama que no es mía, está abrochado. Yo vengo de ninguna parte, como en un sueño; es negro, es la noche, pero ahora estoy volviendo, y eso es lo único que sé.

Mis brazos y mis piernas, que se agitan en un fuego de carne y de sudor, están cada vez menos cansados y las bolsas de mis ojos se descargan poco a poco del insomnio. Entonces llegan por fin las enfermeras, me desabrochan el peto y después me sujetan. Quema toda mi piel contra el control de sus garras y entre las sábanas. Después me dejan, pero sigue dentro de mí este ruido blanco que no cesa, este río infatigable de sospechas que me dictan que incluso los ronquidos regresando a los pulmones de mi compañera de habitación, así como las enfermeras que acaban de marchar sobre sus pasos, el resto de internos que se cansan en las habitaciones contiguas (al contrario que yo, que ya solo descanso), las puertas y ventanas que se cierran y se abren del revés y la cena que me espera al final de la noche, con el amanecer; de que todo lo que me rodea está en mi contra.

Pero yo sé que todos van a volver, igual que lo hará el día. Ya conozco sus entresijos, pues siento cómo el futuro se despliega dentro de mí en una descarga electrizante, pavorosa, de horrores gélidos y llamaradas fulminantes, lleno todo como está de chispas que corretean por el suelo y desde el techo a las paredes. También hay un hilo que se enrolla y desenrolla en la oscuridad, allí donde las lámparas se apagan justo antes y después de que el sol salga.

Aquí llegan. Mi cuerpo se desengancha y mis ojos dejan de tiritar. Estoy completamente seca y, acostada todavía, cojo un libro y trato de leer. Con la mano izquierda voy pasando las páginas. El montón de hojas que sujeto con la mano derecha no para de crecer, pero yo no entiendo nada. Las palabras se deshacen. Termino de leer, por ejemplo: «rotcerid la etnemlanosrep ódnemocer son isiuL eD rotcod le y erdam us yos obac la y nif la ,enen le noc acinílc al ne ehcon al rasap najed em on éuq rop odneitne oN» y no entiendo absolutamente nada.

Además, hay pensamientos que remontan a otros, ideas que crujiendo sobresalen de los pliegues, rostros que se difuminan con los símbolos, sueños (deben de serlo) que consisten en unos comensales que llenan sus platos con la comida que sacan de sus bocas para después llenar las fuentes, que enseguida empiezan a rebosar de manjares suculentos que no alcanzo a distinguir. También se ríen y al mismo tiempo escupen vino blanco en sus copas, para de ahí hacerlas fluir a las botellas. Me embarga entonces una enorme tristeza y de una de las páginas del libro suben dos gotas hasta mis ojos, en cuyos lacrimales entran a esconderse para siempre.

Después se me olvida por qué esta noche es tan especial. Dejo el libro sobre la mesa y salgo de la cama. Mi compañera de cuarto, con los pulmones abarrotados de ronquidos, ya se ha despertado. Salgo al pasillo, que ahora está bañado por la luz, y voy al comedor. Allí, lo primero que hago es coger un vasito de papel de la basura y escupir las pastillas, porque no las aguanto ni las quiero. Después, sentada en una mesa, hago lo mismo que los comensales del sueño: extraigo de mi estómago trozos de pavo que voy pegando al hueso con los dientes, aunque yo no río. Tampoco escupo vino; solo agua, que voy depositando a buchitos en un vaso de plástico. Después, cuando estoy llenando el plato de crema de calabaza, una de esas horribles enfermeras nos dice que falta un cuchillo desde la hora del almuerzo y que no vamos a empezar a comer hasta que no aparezca.

Yo siento mucha hambre, pero me levanto y me marcho de allí porque no quiero saber nada de esas cosas. Al fin y al cabo, yo no debería estar aquí, me han metido en contra de mi voluntad, nadie puede obligarme ni decirme cómo debo vivir. Me tienen atrapada, esas putas enfermeras, y yo tengo que largarme, seguir mi vida, ir a la universidad, deshacer exámenes, describir apuntes, ir a conciertos con amigas y descomponer canciones. Sin embargo estoy aquí, en este antro agarrotado, en este lugar sin rumbo que se pierde, poco a poco, en este ruido blanco, en este ansia, en este aire que se depura de gemidos que parten desde mis oídos y se pierden en otras bocas lastimadas como la mía.

Aquí nada es lo que parece. Todos y cada uno de nosotros, que deambulamos como crustáceos por los pasillos, acariciamos ensimismados las paredes, desdibujamos garabatos y ordinarieces en las revistas y en los libros de la pequeña biblioteca de la planta, deshacemos puzles, recogemos los colores de los mandalas, borramos esas partes de las líneas que nos permiten dejar solo los puntos, perdemos el camino a la salida en los laberintos y devolvemos las imágenes a las páginas, como si las hubiéramos tomado prestadas, como si todo lo que tenemos dentro, bajo llave, tras los ojos y en el cráneo, lo hubiéramos robado y nada más que estuviéramos allí para devolverlo, retornarlo a su sitio y perderlo para siempre en el orden de lo que antes ha sido sin nosotros o, más bien, a pesar de nosotros; todos y cada uno en esta planta, desdigo, tenemos nuestra propia noche pintada por dentro en este mundo que ya nos ha sido recorrido antes de que abriéramos los ojos.

Gritar a veces nos queda, pero no podemos. Por algún motivo, nos impiden quitarnos esta noche en este mundo extraño, que los demás solo vislumbran por el hueco de las cerraduras. Vuelve todo el tiempo, como un río salado que discurre hacia arriba desde el mar y que lo va arrasando todo a su paso, secando las lenguas menguantes de los animales, recortando las branquias de los peces, chupando tierra adentro la savia de los árboles.

Así mismo recogían mis ojos las gotas saladas que emergían del océano borbotante de mi boca, antes de descolgar el teléfono. La voz de Mamá regresa entonces al auricular. Desdice que sí, que es Nochebuena, Alicia, pero que no van a ir a casa de la abuela porque ella está un poco cansada. Después yo hablo sin parar, suplico con un hilo de voz que me responda: ¿qué día es hoy?, os odio, ¿por qué no venís ya?, por favor, ya duermo mejor, ya no me afectan tanto las pastillas, el médico ya sabe que estoy bien, tengo que salir, ¿por qué me habéis metido aquí?, venid a buscarme, por favor, te quiero mucho, Mamá, tráemela, por favor, no la tengo, no, la gordita, ya sabes, necesito que vengas a traerme la sudadera marrón, tengo mucho frío, por cierto, ¿no?, ¿vais a celebrarlo?, ¿es eso verdad?, en la tele han dicho que mañana es Navidad, ¿sabes por qué?, pues hoy cenaremos pavo, ¿no?, has venido a buscarme, sí, en la recepción del hospital, sí, ¿verdad?, estás aquí, oye, ¿qué tal?, Mamá, hola, Mamá.

 

Dos

 

Acabo de salir de la clínica. Ya no escucho los restos del colibrí blanco, su canto ciego y luminoso de televisor roto. Otra vez pisar el suelo, bajo la sombra rojiza de las fachadas de tezontle y chiluca. Otra vez abalanzarse a la brisa que acaricia las palmeras.

(Pinche gachupín).

Pero ya no me saludan más las jacarandas. En casa, esto solo lo sabrá Mamá. Tampoco recuerdo qué fue de mi ropa: camisa, corbata, americana. Llevo puesta una guayabera que ni siquiera es mía. No puede serlo. En el bolsillo derecho del faldón siento el peso tibio de una cajetilla de tabaco. Volveré a fumar. O quizás vaya a la cantina.

(Si vas ya crudo, güero).

Después de que el colibrí blanco haya volcado en mi oído su veneno eléctrico, todo parece más ligero. También más lento. ¿He olvidado algo? El sol se come la calle. Alguien ha dicho José. Ese es mi nombre.

(Un hijo de la chingada).

Mi automóvil no está aquí. Cuando intento recordar, me duelen las cuencas de los ojos. Lo aparqué en otro lugar. También es mi lengua seca e inflamada la que orquesta mis latidos. Me giro, pero la calle está vacía. ¿Quién eres tú? Alguien me dejó unos bombones en la habitación, pero no sabían a nada. Mordí uno que solo tenía agua dentro, en lugar de licor. Quizás ahora me tome un whisky, con una sola roca. Aunque Whisky murió. Lo atropelló el rojo que conducía el Bugatti de Papá, hace ya mucho tiempo. Mientras Mamá pasaba las bolas del rosario y Papá, las hojas del periódico.

Santa María, llena eres de gracia. Necesito un cigarro. Quizás ahora me atreva a cogerlo del bolsillo de la guayabera. No encuentro el mechero, por más que palpo. ¿Dónde está la cantina? Yo quise mucho a Whisky. Ese cabrón lo mató. En la guerra también mataron a los perros de los ricos. El señor es contigo.

(¿Dónde guardará sus tostones el gachupas?)

Bendita tú eres entre todas las mujeres. Los sesos de Whisky desparramados por la caleya que llegaba hasta la casa. Allí murió el abuelo, después de la guerra, pero al menos pudimos despedirnos antes de volver. Yo nací aquí. Después, nos marchamos. Luego, otra vez Madrid. Y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.

(Pinche gachupín).

Santa María, madre de Dios. Me moriré otro día. Volveré pronto al otro lado del Atlántico. Quizá mañana, si encuentro la cantina. Y seré enterrado más tarde, junto al abuelo. Entre balagares y toda una estirpe de indianos, esos hombres hechos a sí mismos. Como Papá. Seré enterrado entre todos ellos, yo, el hombre deshecho. El hijo desmembrado por el aleteo de un colibrí. ¿Tiene fuego? Puede que me tome un mezcal.

(Tu rechingada madre).

Ruega por nosotros pecadores. Se me han secado las pupilas. Ya me acuerdo. Vinieron a llevarme unos extraños vestidos con trajes guangos y sombreros de ala ancha. Allí está el automóvil. Yo solo quería cambiar las cosas. Añadir algunas mejoras al negocio de Papá. Algo no fue bien y entonces me llevaron a conocer al colibrí. Pero eso solo lo sabrá Mamá.

(El señorito José María se encuentra indispuesto).

Ahora y en la hora de nuestra muerte. Pisarle a fondo. Ya no recuerdo mi edad. ¿Veinticuatro, veinticinco, veintiséis? Solo beso el cigarrillo y acaricio el rastro que deja mi cabello contra el viento. A pesar de la ausencia, eso sí, del furor de mi colonia inglesa favorita. Ya le pondré remedio, más tarde. Ahora me da por extrañar a Whisky, pero quizás sea mejor tomar un tequila, antes de regresar al otro lado. Nadie sabrá allí de mi secreto. Solo Dios, América y Mamá. Amén.

(Como las jacarandas, las mujeres ya tampoco me saludan. Será por la guayabera).

 

Tres

 

Encuentro en la mirada de esta desconocida una gran complicidad, algo así como un sentido anexo conectado que deja de herirse igual que un jersey de lana puesto del revés con agujeros que se cierran al rozarse contra la corteza de un árbol, o una hoja caída de ese árbol que escala por su tronco volviendo a su lugar en la rama más alta, o el oscilar de una rueda que se reengancha en su eje contra las órdenes mal dadas por el pie que ahora se levanta del acelerador a un motor aplastado que desde el árbol recupera su forma hacia detrás, igual, igual nos dicen a nosotras que debemos acallar lo que dentro aguarda, la fuerza que no cesa y que está en los párpados vueltos, los cabellos que se recogen al mover con energía la cabeza en un moño o una coleta, los labios cuyo rojo pintado es cada vez más sangriento, la sombra de ojos verde que administra las ojeras, pero de eso, nada, nos basta saber con esos mismos ojos, escuchar lo que entra vibrando por la piel, los sonidos que reverberan en nuestras entrañas, y es con los ojos que yo empiezo a desentender, mientras se lo digo, que el hombre que ahora está en el baño, que yo sé de algún modo que está en el baño, a ella no la trata bien. Entonces su rostro comienza a desvestirse de extrañeza, agarra un momento la taza para escupir en ella un poco de café mientras me mantiene la mirada, me saluda, finge que no sonríe, pero a mí no me engaña, nadie puede, y yo le devuelvo el saludo y la sonrisa que ya nunca más finjo que no existe, pero el café y el bizcocho y el sándwich de pavo y la magdalena y el zumo de naranja y el bolso y la chaqueta negra de Papá y el café me esperan en una mesa al otro lado, así que me levanto y voy hasta mi sitio, me siento, escupo ahora yo un poco de café, a pesar de que no está demasiado caliente, y entonces veo que el hombre sale del baño, camina mirando hacia la puerta, dándole a ella la espalda, ¿no resulta revelador?, luego se sienta y escupe él en su café, como si le repugnara o como si

 

La camarera me ha caído bien y yo a ella y me ha dicho que tengo que hablar con el jefe y yo le he contestado que si necesitan contratar a alguien porque yo estoy buscando trabajo aunque yo también estoy estudiando pero lo que pasa es que yo necesito marcharme ya independizarme yo sentirme ya liberada pasar página yo porque por fin ya he comprendido que la culpa es toda de Papá y Mamá que me han hecho estar deprimida yo toda la vida aunque tampoco tengan la culpa pero ahora ya estoy bien yo llena de energía ya puedo comerme un tigre yo y esto que se está llevando ahora la camarera: el café caliente la galleta el sandwich de jamón la cupcake el zumo de melocotón y el café que ya está ardiendo todo me lo podría haber comido ya pero últimamente yo no hago más que escupir y vomitar ya porque mi cuerpo está todo lleno de energía y me sobra yo y por eso me mira la chica de enfrente la camarera el señor de atrás el jefe que seguro que me contrata aunque hoy no está aquí debe ser porque está lloviendo y el agua no para de subir y secar demasiado a las personas cuando yo salimos a la calle y todos fingen que ya no me sonríen pero yo sé que

 

Me pongo el abrigo de papá y me siento poderosa, se me encienden los luceros, soy yo misma, no hay nada que

No hay nada por

Soy

 

Recorro las calles sin parar y no cierro el paraguas hasta que el cielo no termina de recoger su lluvia. Hay en ese escaparate, al que solo por eso consiento ahora en otorgarle un alma con la cámara del móvil, un maniquí que lleva puesta una camisa que es la misma camisa que él llevará puesta esa noche en que nuestras lenguas escaparán para siempre la una de la otra. Yo, aunque ahora lo veo todo claro: mi independencia, los motivos de mis inseguridades, mis ganas infinitas de vivir, mi pasado encarado hacia delante con sus cuernos hacia atrás, nada, todo, otras partes, su final que es el principio; yo que veo todo eso y lo llevo pegado a las manos, expandido por el pecho, activado en las piernas, presiento

 

Algo no va bien he olvidado la fecha del examen no sé a dónde voy no sé dónde estoy esta no es mi casa este no es mi barrio esta no soy

 

que algo se va a desencajar, precisamente porque sé que él va a aparecer y porque antes de aparecer ya empieza a girar la rueda de su rostro que ahora todavía no es más que un amasijo de pintura difuso, una pared de carne abrasada por el tiempo, un marco de pelo atravesado por el olvido, pero que poco a poco irá ganándome el terreno, desdibujando la eternidad del día y anunciando el advenimiento de una noche que ya conozco, aunque nunca antes se había encendido.

Es entonces cuando van apareciendo los rastros humanos de una cara, las pruebas de que allí va estar, ese momento, ese disparo justo en mis labios y mi lengua rodeando la suya y, aunque ya sé que esto no es ni será amor, sino descubrimiento, lo buscaré ya desde antes por las calles, mendigando un encuentro casual que jamás tendrá lugar; discutiré, nerviosa, con los semáforos que se ponen en verde antes de que termine de llegar y en rojo ya solo cuando llegue al otro lado y me tenga que detener para esperar otra vez al verde; revestiré mis ojos de legañas y en mis dedos repegaré la piel de los padrastros. Buscaré su nombre, ese gesto amable que irá día a día recomponiéndose, esa imaginación imposible que iré construyendo poco a poco como una diosa creadora, ese chico a cuyo encuentro partiré desde una fiesta en la que primero serán la sequedad y el dolor de las lagunas, luego las lenguas, las manos en los culos y en los pechos, pero también en las mejillas y el cabello, apasionadas, para después reducirse a palabras marchando alegremente, encontradas y bebidas desde la música y entre los bajos vibrantes de la discoteca, y aún después las miradas, otra vez unos ojos que conectan con los míos y que lo revuelven todo por dentro y nada quedará después, cuando se hayan desconectado, solo la música y el vómito, continuo, escupir una copa detrás de la otra porque no queda más remedio y no por otra razón que el hecho indiscutible de que el otro se habrá marchado ya de mí para siempre.

 

Entro en casa haciendo estallar la puerta desde el picaporte. Mi voluntad no tiene límites. Mamá me pide que me tome las pastillas, pero yo no quiero hacerlo porque sé que lo haré más adelante. Mi cuerpo no necesita ahora las pastillas. La doctora ni siquiera conoce mi cuerpo y Papá y Mamá optarán al gobierno de mis noches también más adelante, pero no ahora. No.

El día es mío.

 

Cuatro

 

Mi hijo Ángel, el mayor, que, aunque calla mucho, es ácido como el yogur y fuerte como un motor de carne, acaba de saltar por encima del boj, mientras Lola y yo estamos sentados en el porche y yo fumo y bebo café sin parar pensando en preparar los aparejos, cargar el maletero, coger la carnada, quizás llamar al ganchero, ponerme las botas, colocar la plomada y arriba el monte de la infancia queda oscuro, pero abajo todavía puede adivinarse la línea del mar que es como el de una manzana, o la piel de Lola: verde, suave, crujiente y yo amo a Lola porque Lola me ama y no es como las demás

 

lo sé cuando enciende un cigarrillo

lo sé cuando pone su cara de humo

lo sé cuando me roza el hombro con los labios

lo sé cuando tuerce sus ojos para mirarme de reojo

 

puesto que, aunque ella cree que está preocupada, yo sé que es feliz a mi lado y eso que acabamos de terminar de comer y a mí ya me apetece llevarme a Alvarín a merendar y pisarle a mi viejo Matacás, sentir cómo ruge bajo el peso de mi pie sobre el acelerador y ahora Angelín corretea por la huertona donde los limones están gordos y amarillos, como mis dedos teñidos por el tabaco y un fortunita en los labios, igual que el sol que ya no se pone nunca, así como

 

eres un bestia ya te has acabado toda la cafetera José se acabó se terminó ya no hay más café

 

Yo conozco a Dios y eso lo llevo escrito en cada esquina de mi cuerpo, que Lola tan bien conoce, y así yo también el suyo: entonces es así, lo conozco todo y Dios conoce a mis hijos y por extensión yo le conozco a él, a Marga que está sentada a la vera del peral y no tiene miedo de que allí se le enreden las avispas en el pelo porque tiene la piel de Lola, agridulce y salada, y además esos faros en el mar nocturno que son esa piel y esos ojos que también son los míos

 

Alvarín, ¿quieres ir a merendar?

Alvarín tiene un alma luminosa y bollitos bajo los ojos y Carlos debe estar leyendo en la parte de atrás de la casa, con lo codos apoyados sobre la mesa de granito; Carlos, que de mis hijos es el que más roja tiene la lengua, casi tanto como los codos, además de llevar metido un mundo en el fondo de una frente vertical que sujeta con la palma de la mano y Carlos es Carlos, pero María es Alicia y Alicia es María, que está cazando hormigas sentada en el suelo del porche y habla, al mismo tiempo, con su voz fulminante, mientras vibra su cabeza grande como un busto; María, que tiene el vicio de hacerse bicho bola y la piel blanca y escondida como la luna y

 

a veces, yo soy la piel de María

 

Alicia está cogiendo los caracoles que están pegados a la pared exterior de la casa y lleva gafas y tiene el pelo rubio, las manos diminutas y los dedos finos como rayos cuando acarician las demás pieles como el sol cuando sale y eso es también como la fase oculta de Lola que yo conozco ya y Lola ya conoce mi

 

Alvarín está sentado en la pequeña silla de mimbre en la que se han sentado ya antes todos sus hermanos mayores cuando eran pequeños y está pintando con las ceras que me pidió que le comprara, pero que, como yo olvidé que era el hijo de un mal artista al que le falta la oreja por la que se lo pidió, no me enteré nunca y tuvo que ser Lola quien se las comprara de modo que

 

Lola es un hormiguero burbujeante dentro de mí y solo Dios y yo conocemos qué pensarán eses vaques de aquí

 

La caleya está polvorienta, rojiza, levantada como una culebra que a veces ataca, una ortiga viva y alargada que se yergue desde los helechos

 

y suenan a veces sus cencerros y Lola me trata como si yo llevara uno, pero en realidad yo llevo su fase oculta como el sol en la montaña y enarbolada en el pecho y en la

 

Finalmente, Alvarín se viene conmigo a dar una vuelta en el Matacás, aunque sigo pensando en los salmones y en llamar después al ganchero y Lola se ha quedado traspuesta por fin bajo la sombrilla blanca, muy lista, puesto que el sol va y viene como mi nombre

 

secreto

 

y el de Alvarín, que nos vamos los dos a merendar al pueblo, a la cafetería y quizás no sé si pediré, además del café, un bizcocho, un sandwich de pavo, una magdalena y un zumo de naranja o, mejor, un gin

 

Ángel lloró por la boca hacia mí como una fiera desnuda cuando Gin se perdió

Gin que no tenía hocico para encontrarnos el rastro, igual que yo no tuve oreja para escucharlo ladrar

 

tonic en la cafetería de abajo del pueblo no de la playa no del pueblo de la playa no de mi pueblo de mi playa donde yo me baño Alvarín vamos después a bañarnos no hay bandera vamos a bañarnos al agua está fría pero mi piel la calienta yo llevo el sol que es mío escondido en los poros el universo de mi Dios encendido entre lo dedos y me lo fumo y llevo sus restos como el motor la gasolina en mi pecho que es un pecho de hombre hecho y rehecho y confieso y con peso y jaleando Alvarín saca los brazos la cabeza sus bollitos al viento por la ventanilla y yo le piso pues Papá písale más Papá písale más y acelera Papá qué fue de Gin qué fue del dálmata Gin que jugaba con nosotros a saltar el Boj a leer tendido encima del granito a cazar hormigas a hacer croquetas de caracoles a sentarse en la silla de mimbre que es siempre para el pequeño o a la vera del peral con las avispas cuidado Papá con las avispas no con el boj no con el granito no hay un peral con las hojas temblando cuidado Papá ya no le pises y ruge el motor y ruge el sol adentro y Ángel llora sobre mi espalda y Gin ya no está y solo somos Alvarín y yo en el Matacás y de repente ya solo somos un árbol.

 

Cinco

 

Cuando sacamos la pizza del horno, ya está fría. Mi prima María vomita pan con queso en un plato pequeño sobre la mesa. Después separa el queso del pan con un cuchillo de postre y lo mete en un tupper. El sol se pone al otro lado de la ventana, aunque yo sé que vengo de la noche y que allí seguiré por algún tiempo. La risa de la noche es un llanto blanquecino y pegajoso. O quizás es que yo también vomito queso, solo que por los ojos.

(Tu hija Alicia no abre la boca).

La cocina está a oscuras y estamos las dos solas. Ninguna hablamos. Yo meto la pizza en el envase de plástico y después la dejo en la nevera. María sigue vomitando queso. Ahora es uno distinto que, antes de separar y guardar en el tupper, mete en el microondas para que se enfríe. Yo intento beber un vaso de agua. Soy incapaz de tragar. Tampoco puedo escupir. Solamente pongo mis labios en el borde el vaso y dejo que el agua me los seque.

(Tu hija Alicia no sale de su cuarto).

Después salimos por la puerta del planchero. Abandonamos la llave debajo del felpudo. Es de plástico, como todo esto que no digo. De goma que no arde, ni se enfría. Un taxi nos está esperando detrás de la verja. Entramos y el taxista ojeroso nos paga con un billete de veinte euros. La prima María le da mal las vueltas. Después, el taxista nos recoge algunas palabras, pero ni María ni yo picamos. María está borracha, le baila la lengua. La mía solo es de goma.

(Tu prima Alicia es una rancia).

Al girar en la primera curva, vemos de frente el portón principal de nuestra finca. O de la finca de la abuela Lola. Los faros del taxi parecen iluminar una nube rojiza sobre el camino empedrado que lleva hasta la casa. Lo veo alejarse mientras el coche sigue bajando hacia el pueblo. En cuanto lo pierdo de vista, comienzo a notar el hedor a whisky que regresa en forma de desaliento a la boca entreabierta de mi prima María.

(Tu prima Alicia parece retrasada).

Llegamos al pueblo. El bar se llama El Orvallado. Frente a él hay un parque con columpios. Nos juntamos con un grupito de dos o tres chicos delgados y lampiños que poco a poco va creciendo en número. Desdicen tacos y barbaridades todo el rato. Luego vienen también otras chicas. Todos ellos escupen líquidos de distintos colores en sus vasos de plástico. Cuando están llenos, se van a El Orvallado a vaciarlos. Yo permanezco sentada sobre un poyo de granito, un poco apartada del tumulto. Algunos vienen a mi lado, me pasan el brazo por el hombro, tratan de decirme algo, pero yo no les contesto. Mis dientes están pegados. Mi lengua de goma se ha derretido.

(Tu prima Alicia es un coñazo de persona).

La noche sigue, todo el rato igual. En círculos. Los chicos están cada vez más serenos. Se vuelven más formales. A mi prima María le deja de bailar la lengua. A sus amigas, también. Se sientan en los columpios a charlar. Yo sigo quieta en el poyo de granito. Cada vez tengo menos frío. Al final, mi prima y yo nos marchamos con las otras chicas. Cruzamos el puente. Después, paseamos por la playa. Hablan y se ríen de cosas que comprendo, pero que el cansancio no me deja compartir. Pienso que debería irme a dormir de un momento a otro.

(Tu prima es una putada. Tu prima es una carga. Deshazte de tu prima).

El tío Pedro viene a recogernos al puntal. Aún es de noche. Mientras conduce hacia arriba, el tío Pedro tararea algo. María habla por el móvil. Yo contemplo las luces del pueblo bajo la humedad fría y negra de la noche. Al fondo, la luz del faro, que gira en sentido contrario, me deslumbra una y otra y otra vez. Yo ya ni siquiera tengo fuerza para bajar los párpados y protegerme los ojos.

(Tu hija Alicia me hace sentir como una extraña en mi propia casa).

Al llegar, María se desmaquilla, pero a mí no me hace falta. Ni siquiera paso por el baño. No sé ni siquiera a dónde voy, a santo de qué me estoy desvistiendo. Las dos compartimos la buhardilla, pero seguimos sin hablarnos. Hasta que mi cabeza asiente por mí, automática. En ella llueve, pero hacia abajo. La prima María me pregunta si estoy segura de que quiero ir. Tengo un paraguas que no puedo abrir. Mi prima me cuenta el plan. Después, bajamos a cenar. El sol despunta al otro lado de la ventana. Escupimos, vomitamos, escupimos.

(Tu hija Alicia no saluda, es una maleducada).

Después se hace un silencio. Mi lengua de goma está vacía. Mis dientes vuelven a estar pegados. La abuela Lola preside la mesa. Junta las manos.

Todos le decimos:

—Amén.

Ella nos contesta:

—El Rey de la gloria nos haga partícipes de la mesa celestial.

Y todos repetimos:

—Amén.

Y ella nos contesta:

—Por Jesucristo, Nuestro Señor. Bendícenos, Señor, y bendice estos alimentos que por tu bondad vamos a tomar.

(Pero a Alicia no. Al fin y al cabo, no soy más que una extraña que solo sabe vomitar).

 

Seis

 

Todo está quieto. Solo se escucha el reloj. La comida no tiene sal. A veces se abre la puerta. A veces entra una cara conocida. Mi hijo Álvaro con su mujer y algunos nietos. Después, otra cara: es su hermana. Hoy debe de haber merienda. Reunión familiar. Entonces es domingo.

Padre nuestro. La comida no tiene sal. Todo está quieto. Que estás en los cielos. María vendrá con Alicia, su hija. Alicia vendrá con María, su hija. Las últimas nietas que me ha dado Dios. Las espero. Santificado sea tu nombre. La comida no tiene sal. Ángel no se la pone. Carlos no vendrá. Marga no tiene hijos. Todo está seco. Venga a nosotros tu reino.

Todo está quieto. Ángel no me deja moverme. Tampoco puedo. Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo, donde cantan los pajaritos cuando salgo a la calle de la mano de Papá y ya casi es de noche y a Papá le digo que ya casi estamos en mi país y él me dice que sí, Alicia, y que el seis de corazones está a la vuelta de la calle, pero yo no tengo ningún miedo, así que desdoblamos la esquina, como hace Mamá con mi camiseta verde antes de tenderla para que se empape y seguimos andando igual que las andaricas, que son los bichos rojos del mar que Papá se come en la casa de la playa, donde una vez la prima María y yo tuvimos un conejito al que queríamos mucho.

Pero resulta que Papá y Mamá no se acuerdan del conejito y creo que por eso no se fían de que yo pueda cuidar de mi propio perro. Dicen que nadie lo sacaría nunca a pasear ni le daría de comer y que tendrían que ocuparse ellos, cosa que no pasaba con el conejito porque Lola y yo siempre le recogíamos toda la comida que vomitaba. Lola es muy buena abuela. Justo ahora vamos a verla, seguro que está en la cocina, preparando algo sin sal. Removiendo un puchero en círculos, como el reloj. Las caras pasan frente a mi calva, una a una. Están blancas como la luna. Quietas. Danos hoy nuestro pan de cada día. Si todavía tuviera fuerza en las manos. Mi corazón infartado no ayuda. Me aferraría al menos a los brazos del sillón. Igual que a este hilo transparente de vida. Igual que a Dios, que tampoco responde nunca. Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden.

Ángel, quiero un helado de vainilla. Ya sé que no puedo. Todo está quieto. La comida no tiene sal. Tampoco nada de azúcar. Ángel. Lola. Ángel. Lola. Quiero un helado de vainilla para merendar. No nos dejes caer en la tentación. Pues yo quiero fumar. Y quiero café. Y quiero vivir. Y líbranos del mal. Aunque peor me sigue pareciendo que no quieran que yo tenga un perro, si hasta ya le he puesto nombre: Ron, se va a llamar Ron y va a ser un pastor alemán muy grande y muy cariñoso al que voy a abrazar y a querer para siempre todos los días hasta que me muera, pero ya nos vamos a casa, dice Papá, aunque acabamos de llegar a la de la abuela y Mamá está hablando con Lola en el salón, todavía con el abrigo puesto. Al fondo está Lolo, que es el abuelo que vive en el sillón de casa de Lola y ahora es Alicia, que pone carita de pena, mientras se me acerca. Vaya pucheros, hija. Yo ni siquiera puedo decirte nada. Pero no te voy a morder. Tampoco puedo, eso es todo cosa del ayer. ¿Lo sabrás algún día, Alicia? Mi secreto tan mal guardado. Mi sol en el pecho. Mis falsas promesas. Mis lágrimas, gastadas tratando de conseguir que me regalen a Ron. Lola, no es justo, no, toma un beso, Lola, y dame tú otro, anda, que estoy muy contenta de estar en tu casa y Lolo ya ni siquiera me da miedo, aunque sé que más tarde va a toser muy fuerte, como si fuera a estallar, y a estar callado y muy quieto y con los labios y la baba caídos hacia abajo.

Entonces digo a Mamá que sí, y ella me responde que si ya le he dado un beso a Lolo y después yo me acerco a él, de espaldas, sin mirarle aunque no me da miedo y me siento liberada, feliz, pienso solo en conseguir a Ron como sea y en la vida que le voy a dar y en lo mucho que lo voy a querer porque incluso ya le quiero aunque no esté y entonces te acercas por fin, vences al miedo y besas tu tiempo en mi frente, Alicia. Esto que hay debajo es la noche. Y arriba, en tus labios, tienes el día. Ahora que nos lo hemos contado, ya puedes darte la vuelta. Sigue tú hacia delante, que a mí ya me toca bajarme.


Pablo Sánchez Llano es alumno de la XIII promoción del Máster de Narrativa de Escuela de Escritores. Nació en Madrid en 1994. Un interés serio y práctico por el mundo lo llevó a estudiar ingeniería, sin saber que ciertas pulsiones literarias, al parecer hereditarias, nunca dejarían de amargarle la existencia. Por eso ahora compagina la escritura con un trabajo mucho más serio y práctico.


Anterior Siguiente

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Cancelar Publicar el comentario

keyboard_arrow_up