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Humanos y otras rarezas
«No voy a inmolarme por esto, créame.» Relato
Por Marta Ferrere Publicado en Relatos en 26 enero, 2021 2 Comentarios 10 min lectura
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Humanos y otras rarezas

 

Jon K.I [090911] pasó por los pelos el sensor de entrada del Metro —eufemísticamente hablando; aquel rasgo arcaico del vello corporal llevaba, por lo menos, tres siglos extinguido—. Ya en el vagón, vio la luz verde del asiento asignado, lo ocupó y frotó las manos contra la piedra de carbón vegetal del apoyabrazos. Después escogió en el reproductor telemático la aplicación de Viajes y seleccionó el capítulo de La Estepa. Una ruta a través del pasado. La voz del narrador era igual de monótona que el paisaje mostrado en la pantalla, la quietud de las áridas llanuras le hacía entrar en una especie de trance. Antes de cerrar los ojos, leyó en la pared de enfrente la famosa cita de Roger D. Kornberg, premio Nobel más de cinco siglos atrás: «La vida es solo química».
El Metro se deslizó silencioso y Jon K.I [090911] apoyó el cráneo liso en el reposacabezas. Un grito se coló entre la descripción de un cerro de siete colores. Abrió los ojos y, entonces, vio a la mujer embarazada en el extremo derecho del convoy. Doblada sobre sí misma, se sujetaba la barriga y respiraba como un conducto de gases. Espantado, observó cómo un hilo de saliva resbalaba desde su boca e impactaba en el suelo, la alarma de la placa salpicada pasó de gris a naranja: eso significaba al menos una semana de cuarentena. «Mierda», pensó Jon K.I [090911]. Consultó el reloj: quedaban diecisiete minutos hasta su parada. Escuchó el chasquido de las puertas bloqueándose y el olor a desinfectante que salía a través de las rejillas de ventilación le recordó a la sala de criogenia de su edificio. La cuarentena era inevitable, la identificación individual de los sensores la hacía ineludible.
Atención. Activado el Protocolo de Contaminación Biológica. Por favor, siga el procedimiento. Diríjase a la zona de Control Biológico en la parada correspondiente.
Resopló, replegó las piernas y volvió a cerrar los ojos: no había nada que hacer.
Apenas habían pasado unos minutos de la descripción de La Estepa en el reproductor, cuando un segundo grito lo hizo saltar en su asiento: el tren frenó en seco produciendo una pequeña sacudida. Jon abrió los ojos.
—Soy Emma C.A [280339], por favor…
La mujer se había incorporado. Un líquido transparente rebosaba por la parte inferior de su uniforme blanco y había formado un charco en torno a sus botas. Todas las placas a lo largo del vagón se iluminaron en rojo. Pensó enfadado que, después de aquello, la cuarentena se extendería a cuatro semanas más.
—¿Pero cómo se le ocurre salir de la zona de Control Biológico estando a término?
Escucharon la voz metálica a través de los altavoces: Atención. Activado el Protocolo de Contaminación Biológica. Por favor, siga el procedimiento.
Jon K.I [090911] buscó con la mirada, sin hacer contacto visual con la mujer, y localizó el armario refrigerado donde estaba el dispositivo de control. Sabía cómo utilizarlo, cada diez meses toda la población estaba obligada a hacer el entrenamiento. El mecanismo era sencillo: una jeringa precargada con una rosca para seleccionar A, B o C; primero se hacía girar hasta la marca de color, rojo, verde o azul, respectivamente; se agitaba para homogeneizar la mezcla y, a continuación, se sacaba el capuchón y se inyectaba perpendicular a la piel. El proceso desde que se extraía de la temperatura de conservación hasta su punción debía durar menos de tres minutos.
—Espere, por favor, aún podemos salvarlo —suplicó Emma C.A [280339].
Jon K.I [090911] miró con fastidio a la mujer, cerró la aplicación de Viajes y se dirigió a la puerta de vidrio esmerilada.
—La gestación no pasa de las cuatro semanas. Ya tendrá otro, no me joda. Será mejor que se siente y procure no moverse mientras le administro la dosis. Me pasaré el próximo mes en una cámara aislada gracias a usted y a su maldito feto.
—No, se lo suplico. Piénselo un momento.
Jon K.I [090911] negó con la cabeza y vio que el sudor empapaba el cráneo de la mujer y hacía que pareciese una bola blanca y brillante.
—No hay nada qué pensar. No hay opción, lo sabe: o le administro la dosis A, correspondiente con la alerta y nos deshacemos de él; o si se resiste tendré que administrar la B, y ya sabe qué significa eso —le espetó mientras señalaba el armario—. Tenemos tres minutos desde que abra esta puerta. Así que siéntese y cállese.
Jon K.I [090911] suspiró, se giró hacia la doble puerta de cristal y marcó el código de apertura. Desenganchó de la pared del vagón el martillo de emergencia y, con un impacto seco, rompió la cápsula que rodeaba el dispositivo.
Un tercer grito y un golpe se solaparon con la voz metálica que salía a través de los altavoces: Por favor, proceda a la administración del dispositivo de Control Biológico, en caso contrario, en tres minutos se activará la orden de incineración del vagón. Recuerde dirigirse a la zona de Control Biológico en la siguiente parada. Por su seguridad y la de todos, siga el protocolo.
—Me llamo Emma C.A [280339], soy bioquímica en el CCB, sé cómo evitarlo, por favor —susurró ella desde el suelo—, se suponía que aún me faltaban dos días y…
—Mire, me da igual si es bioquímica o recepcionista del Sistema de Control de Datos. Si no nos damos prisa, lo único que recogerán de nosotros serán las cenizas. Mi permiso vital rescinde dentro de quince años. No voy a inmolarme por esto, créame.
A través de un guante de caucho accedió a la jeringuilla. Giró la rueda hasta la posición A marcada en rojo. Al darse la vuelta, vio a la mujer arrastrándose hacia la puerta del vagón. Lamentó no haber perdido ese tren y esperado al siguiente. Ella sollozaba mientras él agitaba el dispositivo en una mano y apretaba el martillo en la otra; en los ochenta y cinco años anteriores, solo una vez había tenido que lidiar con una situación parecida, pero apenas la recordaba.
Por favor, administre el dispositivo en los siguientes dos minutos treinta segundos.
—Levántese el uniforme y terminemos con esto, por favor. Sabe que no hay alternativa —dijo agachándose y dejando el martillo en el suelo.
—Me llamo Emma C.A [280339]. Pertenezco al módulo…
—Mire, se llama Emma, lo sé: como todas las de su género, al igual que usted sabe que me llamo Jon. Sin duda por su fenotipo pertenece al módulo C.A. y, si me interesase lo más mínimo, también le podría decir de qué sección proviene —la voz sonaba monótona mientras golpeaba con dos dedos la parte terminal del dispositivo—. Pero no se lo he dicho, ¿verdad que no? Pues será porque no me interesa en absoluto ni usted ni su feto. Así que ya gestará otra Emma u otro Jon o, si nos quiere hacer un favor a todos, un Herma y así ayuda a no perpetuar la especie, que ya somos suficientes. Y, por favor, si eso sucede, procure tener más cuidado.
Jon K.I [090911] destapó el dispositivo, se acercó a la mujer y se acuclilló de forma que la apertura lateral del uniforme quedase lo más cerca posible de su mano derecha. Mientras, Emma C.A [280339] contenía la respiración y trataba de abrir la puerta con las dos manos.
—No se mueva, no lo conseguirá. Deben quedar menos de dos minutos.
Todo sucedió en un instante: Jon K.I [090911] levantó la mirada a tiempo de ver en los ojos de Emma C.A [090911] cruzar un brillo desconocido para él. Con una fuerza inimaginable y una agilidad inaudita, consiguió girar sobre sí misma, incorporarse y, empujándolo, le arrancó el dispositivo de las manos. Giró la rueda hasta la posición azul, la C, a la vez que soltaba un bramido animal. Se abalanzó sobre él y se lo clavó en el muslo izquierdo, atravesando la doble capa del traje.
Quedan sesenta segundos para… STOP. Dispositivo de Sistema de control Biológico no concordante con la alerta. Cuenta atrás para incineración, diez, nueve…
Jon K.I [090911] se desplomó lentamente como si su cuerpo se estuviese fundiendo con el suelo. La percepción de las luces del vagón cambió y una sacudida recorrió cada vértebra de su espalda. Se agolparon muchas imágenes superpuestas en su cabeza, pero no supo si formaban parte de sus propios recuerdos o si era debido a la sustancia del dispositivo. Apretó la mandíbula y aún tuvo tiempo de ver cómo Emma, contra todas las normas, se ponía de pie y, empuñando el martillo, conseguía abrir la puerta tras destrozar el sistema de bloqueo y romper el cristal. Gritaba como no recordaba haber oído gritar a ningún humano. Huyó del vagón con las manos alrededor de su barriga, dejando un rastro de líquido transparente que hacía que las placas del suelo se fuesen iluminando en rojo. Jon sonrió y pensó que ya no lamentaba no haber perdido ese metro.
Las luces del vagón se apagaron y sintió frío. Solo quedó el resplandor de las láminas rojas en la oscuridad. Soltó una carcajada y dejó que una lágrima entrase en su boca. Le recordó al mar, aunque fue incapaz de saber si lo había visto alguna vez.


Marta Ferrere es alumna de la XI Promoción del Máster de Narrativa. Nació en Vigo, aunque ha residido en Ibiza muchos años, isla que considera su hogar, a pesar de saber que siempre será una “forastera”. Es licenciada en Farmacia y, gracias a su profesión y su pasión por viajar, descubrió cuánto le gusta escuchar y compartir todo tipo de historias. Actualmente reside en Madrid en el empeño de contar alguna.


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  1. Maravilloso relato, te quedas con ganas de más
    Espero que lo alargues y desarrolles esta historia, veo un perfil muy audiovisual del relato

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