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La curva de los meandros
«A medida que avanzan, el agua va perdiendo el color arcilloso. Cada meandro es más cerrado que el anterior, cada curva es más pronunciada.» Relato
Por Ayelén Rodríguez Publicado en Relatos en 15 marzo, 2022 0 Comentarios 7 min lectura
Mensaje en un jersey de rayas, de Begoña Torregrosa Anterior Siguiente

La curva de los meandros

 

El doctor Brel mira por la ventanilla. Por fin, la avioneta comienza a descender. Tras el cristal ve un mosaico de tejados blancos y rojos que suplanta al verde de la selva. El mosaico se convierte, poco a poco, en tejados de chapa, en plásticos, en barro. Cuando baja del avión, el aire húmedo le moja la ropa. En la pista hay un hombre bajito de mandíbula perruna que sostiene en su mano un cartón con algo escrito mientras se seca la frente con un pañuelo.
—Buenos días, ¿usted es João?
—Sí. Yo le voy a guiar hasta los korubos. ¿Cómo está su hijo?
—Está muy débil. No le queda mucho tiempo.
—Venga conmigo. Nos están esperando en el embarcadero —habla un castellano arrastrado, pero se le entiende—. Tenemos un día de trayecto por el río. Aquí —João señala un punto en un mapa— nos espera un indio korubo que nos llevará a su poblado. Luego le explico cómo tiene que tratar con ellos.
El barco parece una lata llena de perdigonazos. Ya a bordo, dejan las cosas en un cuartucho de paredes oxidadas. Arrancan el motor y el olor a gasolina se mezcla con su saliva.
—Cuando lleguemos no debe mirarles nunca a los ojos. Pueden sentirse amenazados y ya sabrá que no son muy amigables ¿Está seguro de que quiere ir?
—Sí. Claro que estoy seguro.
—De acuerdo. Los korubo desconfían de los extranjeros. No debe tocarles. Solo debe hablar si le hablan antes. Su forma de atacar es golpeando con troncos y pueden ser muy agresivos.
—Pero el chamán, ¿Arandú  era que se llamaba? ¿Sabe que voy?
—Sí. Sabe que viene un extranjero. Ha dado el visto bueno porque sabe que usted es médico. ¿Ha entendido bien? Es muy importante que lo entienda.
A medida que avanzan, el agua va perdiendo el color arcilloso. Cada meandro es más cerrado que el anterior, cada curva es más pronunciada. Los giros se superponen unos a otros  en un paisaje siempre igual, hipnótico, como si navegaran en círculos. Se queda dormido.
El doctor se despierta con un pinchazo en la nariz. Tiene algo en la cara que se desliza despacio y que le cierra un párpado con las patas. Poco a poco, se desplaza enredándose en el pelo. El doctor Brel no se atreve a moverse ni a pedir auxilio. Contiene la respiración hasta que deja de sentir las patas y ve un escorpión del tamaño de un puño trepando por la hamaca.
Cuando va a contárselo a João, su lengua está blanda y sus piernas se aflojan como dos lianas. Se acuerda entonces de la navaja que lleva en la mochila. Se palpa la zona dolorida de la nariz y se clava profundamente la punta de la navaja. Aprieta la carne entre los dedos hasta que la sangre gotea. Después, pierde la consciencia y cuando despierta solo ve borrones de luces y sombras que se solapan hasta que todo se detiene. Solo quedan ruidos. Los sonidos de la selva son agudos y amenazantes. Los troncos crujen y se oye un palmoteo de alas que levantan el vuelo. Ve en sueños la cara pálida de su hijo que mueve unos labios agrietados y le dice que tiene que recuperarse, que tiene que llegar al chamán, que tiene que pedirle las raíces mágicas.
Cuando despierta de nuevo, se encuentra tiritando sobre una estera. Un hombre indígena con las piernas muy cortas y la cara correosa canta mientras muele algo en un mortero. Lleva una camisa occidental con dibujos de flamencos desperdigados y unas gafas de espejo a modo de diadema. Un chico joven con un taparrabos le ayuda. El hombre se acerca y le saluda en su lengua. No tiene dientes. Le pone un emplasto sobre la nariz que le abrasa la piel y le da un líquido denso para beber. Sigue cantando y abanicando el humo de un sahumerio incandescente.
João entra en la choza y el chamán le habla con sonidos guturales. João traduce:
—¿Cómo se encuentra, doctor? Ha estado inconsciente durante cuatro días. Ha tenido una reacción muy fuerte al veneno de un escorpión.
—Tengo mucho frío. Debo tener mucha fiebre —Castañetea los dientes— ¿Él es el chamán? Pregúntele por las raíces. Tengo que volver a casa con mi hijo para darle el tratamiento.
—Sí, es Arandú, el sabio, y el chico es su ayudante, Yumé. Dice que aún está vivo gracias al corte de su nariz. Que si no, ya estaría muerto.
—Pregúntele por las raíces.
—Tengo malas noticias. Dice que no tiene. Que hace mucho tiempo que no encuentra ninguna.
—¿Cómo que no tiene? ¿Y mi hijo?
—Me ha dicho también, doctor, que tiene que dejarle ir. Que las raíces no pueden cambiar las decisiones de la naturaleza.
—Pero, ¿por qué? Pregúntele si él no tiene hijos —Mira a Arandú, a Joao, a Yumé, y se frota la barbilla con rapidez.
—Sí. Los tiene. Uno fue devorado por una anaconda. Otro murió por una mordedura de serpiente. Pero están aquí, dice, ahora, en las espirales del humo.
—Pero, entonces, yo tendría que haber muerto. Yo tendría que estar muerto —Alza la voz y da un golpe en la estera. Se levanta una nube de polvo que vuelve a caer.
—Sí, doctor. Dice que tendría que estar usted muerto.
El doctor se incorpora bruscamente y empieza a gritar al chamán. Le coge de la camisa y le sacude. No le salen las palabras.
—Doctor. ¿Qué hace? ¡Suéltele! Por favor.
—¡Démelas! Las raíces ¡Démelas! —dice sacudiéndole más fuerte hasta soltar un botón.
—Pare, doctor. Cállese —Joao le coje del brazo y estira de él.
El ayudante del curandero sale de la choza y empieza a gritar. Arandú se deja agitar mientras canta con voz aguda, cada vez más alto. Al cabo de un rato, el médico pierde la fuerza, cae de rodillas y se tapa la cara.
—Lo siento. Perdóneme. Lo siento.
—¿Por qué lo ha hecho, doctor? Se lo advertí.
—Lo siento.
—Ya no… —dice João.
En ese momento, entran varios korubos desnudos y le levantan. Empiezan a golpearle en la cabeza con troncos tallados en forma de mazo.
El doctor Brel cae boca arriba y su cabeza se golpea con el suelo. Ve entonces a su hijo con los labios cada vez más agrietados. Intenta mover las manos, pero los dedos están tiesos como ramas secas. Mira, entonces, con los ojos muy abiertos, estáticos, el pilón del sahumerio y se deja llevar con el humo que sube en espiral hasta fundirse con el techo de la choza.


Ayelén Rodríguez, alumna de la XII Promoción del Máster de Narrativa, es madrileña con sangre argentina. Despistada y curiosa, estudió odontología aunque, en realidad, iba para bellas artes. Su experiencia con la escritura empezó de adolescente con unos poemas y algún relato tecleados a máquina. Empezó a estudiar escritura creativa con la escritora y poeta Lorena Briedis, profesora de Escuela de Escritores. Actualmente está centrada en la escritura humorística, aunque también le interesan la poesía y el ensayo.


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