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La mitad de un bonsái
«...tumbado sobre la cama de Claudia y con Claudia a mi lado, decidí mantenerme firme en la mentira con la que he comenzado estas líneas.» Relato
Por Bárbara Sánchez Publicado en Relatos en 24 mayo, 2022 0 Comentarios 11 min lectura
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La mitad de un bonsái

 

Era el único de todos los perros que tenía una oreja rota. Respondía al nombre de Goku y llegaba todos los días al filo de las ocho y media de la tarde. A esa hora, cuando el Museo del Prado cerraba sus puertas, los turistas desaparecían todos a una y entonces los perros ocupaban su lugar sobre la suave colina de césped que rodeaba el museo. Llegaban los galgos, los perros de aguas, los dogos. Y llegaba también Goku con su oreja rota y sus maneras de chucho callejero. Poco les importaba el cartel de «prohibido perros» que había clavado sobre el césped. Los animales correteaban, se olisqueaban y meaban, mientras sus dueños formaban corrillo, se saludaban y mataban el rato en una cháchara insustancial.
Goku intentaba encajar. Correteaba, olisqueaba y meaba como el resto de perros. Solo que no tenía modales. Corría demasiado deprisa, empujaba el hocico con demasiada fuerza, orinaba sin disimulo alguno. Goku intentaba encajar, pero a su dueño se la traía floja. Se mantenía alejado del corrillo humano, esperaba paciente a que Goku estirara las patas y relajase los esfínteres. Luego lo llamaba, le pasaba la mano por el pelo, tan negro y tan poco lustroso, y sin mediar palabra lo ataba y se iba. Los demás dueños lo miraban marchar por encima del hombro y cuchicheaban preguntándose adónde iría, de dónde es que venía. No vivía por allí, eso seguro que no. Alguien con la pinta del dueño de Goku, alguien que tenía ese perro y que le ponía ese nombre, tenía que venir de otro lugar.
En realidad no hablaban mal de mí, aunque eso lo supe unas semanas después. Eso lo supe la primera noche que pasé en la habitación de Claudia, la primera de varias que pasé en la cama de Claudia, con Claudia a mi lado y con las voces de los guiris borrachos de Huertas colándose por la ventana, una noche en la que yo acababa de comenzar a escribir este relato. Roberto conoció a Claudia a mediados de abril, una tarde en la que ella apareció de improviso en el jardincillo del Prado, con Pepa trotando elegantemente a su lado. Nada más verlas llegar, Goku alzó la cabeza y enderezó la única oreja que todavía conservaba intacta. Pepa era una galga de pelaje castaño, rectilínea y distinguida, mientras que Claudia cargaba con un aire difuso de timidez que, sin embargo, pronto quedó desmentido por la soltura con la que primero se presentó ante el resto de desconocidos y después ignoró el círculo de vacío que rodeaba a Roberto. Se acercó a él y le preguntó si sabía dónde quedaba la farmacia más cercana. León, 37. Esquina con Atocha.
Ese primer día, Roberto acompañó a Claudia hasta la farmacia, quizás porque no tenía nada mejor que hacer, quizás porque entre el chucho Goku y la galga Pepa se había comenzado a alcanzar cierto grado de entendimiento que hubiera sido cruel interrumpir tan pronto. Lo que compró Claudia esa tarde en la farmacia fue la píldora del día después, ella misma me la mostró al salir, pero dejar este detalle por escrito sería traicionar su confianza. Al salir de la farmacia, Claudia le enseñó a Roberto la caja de pastillas para la tiroides que acababa de comprar. Un segundo tipo de entendimiento, el entendimiento de los hipotiroideos que toman Eutirox, empezó entonces a establecerse entre ellos dos.
Al día siguiente, Claudia volvió a acercarse a Roberto, esta vez para preguntar dónde quedaba la ferretería más próxima. Fúcar, 4. Más adelante quiso saber dónde podía comprar un taladro de segunda mano. Quevedo, 16. Después, si por allí cerca había una tienda donde le cortaran la madera a medida. Moratín, 27.
—Oye, ¿tú por qué te conoces tan bien el barrio?
—Porque soy cartero. Oye, ¿tú por qué necesitas tantas herramientas?
—Porque lo último que hizo mi ex antes de dejarme fue enseñarme a usar el taladro y ahora me estoy haciendo yo sola una estantería para mis libros.
Claudia no mentía. En su habitación de Huertas, 31, todavía repleta de cajas de mudanza, tenía apilados un taladro, ocho guías de metal blanco, treinta y dos escuadras y seis baldas de madera con los bordes canteados que el propio Roberto acababa de ayudarle a subir hasta casa. Él la observó mientras Claudia ordenaba todo el material en el escaso hueco que quedaba entre la cama y la pared, y después dejaba a Pepa y a Goku en el salón, y después cerraba la puerta de la habitación.
Entonces, con la puerta del dormitorio cerrada, seguí observando a Claudia. La miré mientras se desvestía, mientras follábamos y sobre todo al terminar, mientras ella me daba la espalda para comprobar concienzudamente que el condón no estuviera roto. Aunque ahora ya sabía dónde quedaba la farmacia más cercana, prefería no tener que hacer otra visita de emergencia, me dijo. Esa noche me contó unas cuantas cosas más porque esa noche yo miré y Claudia habló. Me dijo, por ejemplo, que cada vez que follaba con alguien le entraba la paranoia de haberse quedado embarazada, que desde hacía tres meses no se hablaba con su padre y que nadie en el jardincillo del Prado cuchicheaba a mis espaldas. Al parecer tan solo me miraban en silencio, con una curiosidad indiferente y anodina que no me daba para arrancar ningún relato, así que en ese momento, tumbado sobre la cama de Claudia y con Claudia a mi lado, decidí mantenerme firme en la mentira con la que he comenzado estas líneas.
En la quinta noche que Roberto pasó en la habitación de Claudia, las estanterías ya estaban perfectamente montadas sobre la pared y los libros, colocados por orden alfabético. Fue entonces cuando Roberto le pidió que le prestara uno, uno que a ella le gustara especialmente. A la mañana siguiente, antes de irse a trabajar, Roberto comenzó a leer Bonsái en su casa de Delicias, 46, con Goku estirado sobre el suelo de terrazo del salón y la radio puesta de fondo.
Alargó la lectura todo lo que pudo, la alargó durante un par de semanas; apenas leía cinco o seis páginas al día. Roberto quería saborear la narración, retenerla en la memoria, apreciar los detalles de la prosa. Lo que en realidad quería era postergar al máximo ese momento ineludible, ese que yo tan bien conocía y que no tenía retorno posible, en el que la historia me aburriría y yo tendría que abandonarla a la mitad. En la estantería de mi salón, algo más modesta que la de la habitación de Claudia, había arrumbado ya a Madame Bovary, a Jane Eyre, a Emma, a tantas otras, a tantas todas.
Con Bonsái lo intenté, Claudia. Con Bonsái quise llegar hasta la última página. Leí el primer párrafo, «al final ella muere y él se queda solo, al final Emilia muere y Julio no muere, el resto es literatura». Leí el primer párrafo y leí los que le seguían, leí hasta que Emilia le pregunta a Julio qué sentido tiene estar con alguien si no te cambia la vida, leí mientras yo le preguntaba a Emilia, y a Claudia y a Julio, qué sentido tiene leer una historia si ya desde el primer párrafo conoces el final.
A pesar del esfuerzo y de sus nobles intenciones, Roberto no daba el perfil de buen lector. Era incrédulo, desordenado, apenas constante. El libro que le pidió prestado a Claudia, como tantos otros antes, quedó abandonado a medias, y Roberto y Goku no volvieron a aparecer por el jardincillo del Prado a la hora en la que el museo cerraba sus puertas, ni a esa ni a ninguna otra.
La misma tarde en la que Roberto desistió de Bonsái y dejó para siempre el marcapáginas hundido en la mitad del libro, él y Goku se buscaron un nuevo pipican cerca de Legazpi. Echar una meada allí, en ese barrio lleno de pastelerías ecuatorianas y de bares de cerveza barata, no era tan elegante como hacerlo bajo la atenta mirada de Goya, con los Jerónimos resguardándote a un lado y el paseo del Prado susurrándote al otro. Pero a Goku, que los primeros días gimoteaba melancólico por Pepa, el nuevo emplazamiento le pegaba mucho más: allí se daban cita, a la hora del paseo de la tarde, otros cinco chuchos callejeros, cero dogos, cero perros de aguas y dos galgos, porque en todos los barrios de Madrid, ya sean pijos o ya sean humildes, tiene que haber galgos.
Claudia rompió su silencio exactamente siete días después de certificar que Goku y su solitario dueño se habían esfumado. A Pepa se le olvidó rápido el desplante, pero Claudia decidió escribir a Roberto al móvil. Le pedía, en un mensaje muy educado pero muy asertivo, que ya que era cartero por favor le enviara el libro de vuelta a su casa por correo postal. Roberto leyó el mensaje mientras Goku se desfogaba en el pipican de Legazpi, lo leyó hasta el final, y después se limitó a bloquear el número de Claudia y a eliminarlo de su lista de contactos. Antes tecleó una respuesta de lo más escueta. Solo hay dos tipos de tontos: los que prestan libros y los que los devuelven.
Lo hubiera dejado ahí, lo hubiera dejado en esa frase que ni siquiera era mía, pero Claudia no estaba conforme con el final. A los dos días, me escribió un email. Me instaba, en un mensaje algo menos educado pero igualmente muy asertivo, a que no fuera un cutre y a que sin favor le enviara el libro de vuelta a su casa por correo postal. Le contesté con un email en blanco y con solo un archivo adjunto donde le hacía llegar las partes en tercera persona de este relato. No respondió, así que a la semana le volví a mandar otro email en blanco y con solo un archivo adjunto donde le hacía llegar las partes en tercera persona, y también las partes en primera persona, de este relato. Esta vez sí respondió. Apenas era una línea de texto, sucinta y certera y previsible. Todos tus finales son igual de desagradables.
Le escribí un tercer mensaje, este no estaba en blanco, este no tenía ningún archivo adjunto, este volvió a quedar sin respuesta. Apenas era una línea de texto, aburrida y repetida y sincera. Cuéntame algo nuevo, cuéntame algo que no sepa.


Bárbara Sánchez es alumna de la XIII promoción del Máster de Narrativa de Escuela de Escritores. Nació en León (España) en 1989. Estudió Periodismo porque le parecía el camino más realista para vivir de la escritura. Ha trabajado en radio (Cadena SER) y principalmente en prensa escrita (Diario de León, ABC). Durante cinco años formó parte de la redacción de El País, donde se especializó en reporterismo local y de temas sociales. Ahora se dedica al diseño gráfico y de productos digitales, mucho más estable, algo mejor pagado, también creativo, igualmente lleno de ideas y de historias por contar.


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