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La perdiz
"Mi tío tomó la foto después de la caída de la perdiz en el centro de la laguna y de que yo nadara hasta ella para recuperarla y se la trajera entre mis dientes, sujeta por el cuello." Relato
Por Jesús Barrero Publicado en Relatos en 8 junio, 2021 0 Comentarios 5 min lectura
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La perdiz

 

Quien observe la imagen verá una laguna entre las montañas, el sol alumbrando las aguas verdosas y un niño de doce años en bañador con una escopeta en la mano y una perdiz en la otra. A quien no se ve en la foto es a mi tío. También llevaba traje de baño, un slip de leopardo y una escopeta con la que trataba de cazar rebecos, corzos y aves. La foto la tomó después de la caída de la perdiz en el centro de la laguna y de que yo nadara hasta ella para recuperarla y se la trajera entre mis dientes, sujeta por el cuello, mientras mi tío tocaba el reclamo como si estuviera llamándome para que regresara antes.

Me sentía en cierto modo un nadador olímpico que llega a la orilla mojado pero con fuerzas para seguir cazando. Mi tío se puso el chaleco en el que llevaba los cartuchos y me dio una palmadita en la cabeza. “Bien hecho”, me dijo. Y seguimos caminando bajo el sol de julio, en los confines de las montañas, en un paraje solitario en el que los rebecos se ocultaban de nosotros y en el que solo alguna desdichada perdiz o algún águila hambrienta cruzaban el cielo. Nos exponíamos al sol echándonos crema sobre brazos, pecho y cara, y yo miraba la laguna que me parecía ahora de un color menos verde, más sucio. Durante un par de horas dimos vueltas por el monte, escondidos tras los arbustos, con las zarzas y las ortigas que arañaban las piernas.

Mi tío respiraba con dificultad, pero, de vez en cuando, mientras aguardábamos y yo pensaba que iba a espantar con su respiración ronca y ruidosa a todos los animales de la montaña, sacaba la bota de vino y pegaba un lingotazo. Luego me la pasaba. “Toma, bebe, pero no chupes.” Yo subía la bota al cielo, echaba el chorro y, aunque se me caían gotas por el pecho, la vaciaba todo lo que podía en la boca hasta que él me la arrebataba. “Eh, no te pases, es solo para mojar los labios y quitar la sed.” Después esperábamos agazapados, escuchando los sonidos del aire fresco de la montaña que golpeaba los matorrales y la quietud del paraje. Al cabo de un rato, cuando el sol había secado sobre mi pecho las gotas de vino y no habíamos escuchado nada parecido a un rebeco, salíamos y caminábamos hasta encontrar otro punto estratégico en el que hacer sonar el reclamo.

Al llegar las dos de la tarde, medio quemados a pesar de la cantidad de crema que nos habíamos puesto y sin haber cazado nada más, volvimos a la laguna, al lugar donde estaban las ropas y los bocadillos y allí nos echamos al agua y nadamos. Mi tío salió primero y yo me quedé un rato sumergiéndome en el agua fría, viendo los rayos del sol caer sobre la laguna, sintiendo el agua en mis brazos delgados.

Cuando salí, mi tío me tendió la perdiz y dijo: “Te voy a hacer una foto con el trofeo”. Cogí la escopeta y sujeté a la perdiz (la única prueba de que habíamos ido de caza) por el cuello, donde había puesto los dientes, y él estuvo buscando el ángulo adecuado hasta que apretó el disparador.

Luego sacamos los bocadillos y nos pusimos a comer. Mi tío me contaba siempre la historia de la ocasión en la que se había encontrado a un oso. Lo hacía de forma dramática, con detalles fantasiosos y a veces hasta ridículos. Pero ese día no habló del oso y se puso a contarme que a mi tía le gustaba que se la follara por el culo. Lo dijo así, de repente, no sé si afectado por el vino, pero lo contaba sin emoción, de una forma descriptiva y casi técnica, como si hablara de cargar la escopeta. Yo no sabía cómo podía ser eso divertido, pero me daba mucho asco pensar en ello mientras tomaba el bocadillo de chorizo, cuya grasa se había hecho líquida y se desparramaba por el pan a causa del calor, y que empezó a saberme a perdiz muerta.

Después nos quedamos un rato en silencio y, antes de emprender el regreso a pie, mi tío dijo que debíamos coger piedras, las piedras más bonitas que pudiéramos encontrar. Eran para regalárselas a mi tía, me dijo cuando le pregunté para qué las quería. “Aquí arriba no hay conchas, como en el mar, pero las piedras son especiales.” Las buscamos lo más perfectas posibles; que tuvieran los cantos redondos y pulidos y con vetas de color rojizo para que fueran más llamativas. Mi tío las observaba durante unos segundos antes de decidir si las aceptaba. Rechazó muchas de las que le llevé, pero al final llenamos la cesta de piedras que colocamos junto a la perdiz muerta y comenzamos el descenso para llegar a casa antes del anochecer.


Jesús Barrero, alumno de la XI Promoción del Máster de Narrativa, nació en Asturias. Licenciado en Periodismo por la Universidad de Navarra, ha estudiado también fotografía y diseño. Funcionario del estado, se alejó de la escritura hasta que retomó su pasión con varios cursos de la Escuela de Escritores, y ahora con el Máster de Narrativa de Escuela de Escritores. Forma parte del consejo editorial de La Rompedora y sus relatos Refugiados en las miradas y Sin cabeza, también han sido publicados por esta revista.


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