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La puerta del cielo
«¡¿Qué coño quieres?! ¡¿Qué?! ¡Déjame en paz!» Relato
Por Helena Naranjo Publicado en Relatos en 22 diciembre, 2020 Un comentario 12 min lectura
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La puerta del cielo

 

Antonio

«… donde Jesús Díez fue visto por última vez la madrugada del siete de marzo del dos mil dieciséis. Cuatro años después de su desaparición, la Policía aún no tiene pistas sobre su localización. Los investigadores sugieren que el joven pudo fugarse de casa voluntariamente, aunque sus familiares sostienen que ese comportamiento sería impropio de Jesús…».

En la televisión, la reportera sigue hablando. Frente a ella hay un hombre de cincuenta años sentado en su sillón. Pasa tanto tiempo ahí que su carne se ha hecho al asiento y el asiento se ha hecho a él, así que es difícil ver dónde acaba uno y empieza el otro. Tiene una lata de cerveza en la mano; a su alrededor, por la mesita baja y el suelo, hay otras ocho, ya vacías. Algunas se han volcado y han dejado caer las últimas gotas, amarillas, apestosas, espumosas al principio y tibias y sucias después. Lleva puesta una camiseta de publicidad de una marca de refresco que hace ya años que no existe y que, de hecho, nunca llegó a probar. Tiene las pantuflas del revés: la izquierda en la derecha y la derecha en la izquierda. De vez en cuando las mira como preguntándose si debe cambiárselas, pero no lo hace.
En una esquina hay una cama de perro vacía con un par de juguetes encima; cerca, en la estantería, unas gafas de sol, rosas y femeninas, destacan entre docenas de tomos gruesos en cuyos lomos se repite la misma palabra una y otra vez: Arte. «Historia del Arte», «Iconografía del Arte», «Arte mudéjar». Algo más arriba, comparten balda una taza azul con las letras «felis cunple años mama» escritas a mano y un muñeco de plastilina que tiene arañada en el pecho la palabra «papá». Una gruesa capa de polvo lo cubre todo y enrarece sus colores.
El hombre se lleva la lata de cerveza a los labios y masculla algo con la lengua floja cuando ve que está vacía. La arruga y la tira al suelo, unas gotitas salpican la televisión. Se agarra con las manos bien abiertas a los brazos del sofá, se levanta y se estira con un crujido, no está claro si de su cuerpo o de los muelles del asiento, que conserva la huella de sus piernas aunque ya no tenga el peso encima.
La única luz de la habitación es la del televisor. Se sentó cuando todavía era de día y el sol ya se ha ido, pero no quiso encender la lámpara entonces, como tampoco la enciende ahora. No es miedo ni pereza, sino desidia. Hay desidia en todo: desidia en su ropa, desidia en su alimentación, desidia en la limpieza de la casa, cuyo suelo le deja las plantas de los pies negras si se le ocurre caminar descalzo de la cama al baño.
Se tambalea por el pasillo a oscuras. No levanta un pie lo suficiente al dar un paso y la puntera de la alpargata da en el suelo, haciéndole tropezar. Tiene que apoyar la mano en la pared para no caerse, pero lo que encuentra no es pared, sino la superficie lisa y fría de un portarretratos grande en el que hay un matrimonio joven y feliz con un hijo joven y feliz.
Llega a la cocina. Alarga la mano dos veces, y dos veces roza la puerta del frigorífico, antes de conseguir engancharla con los dedos y tirar de ella. La bombilla le grita a los ojos, obligándolo a parpadear para enfocar la mirada. Cuando por fin logra ver bien, se encuentra con que las dos latas que le quedaban están abiertas y volcadas, el contenido se ha salido y ha empapado las baldas, la puerta del refrigerador y los cartones y botes caducados que había cerca.
Busca el interruptor de la cocina. Agita el brazo con demasiada fuerza y se desequilibra; como no logra encontrar a qué asirse, da unos pasos hacia atrás y golpea una silla. Se enciende al fin la luz, pero él no le ha dado. Cuando se yergue, la silla retrocede discretamente hasta donde estaba para no hacerle tropezar. El hombre no lo ve porque está de espaldas.
—¡Joder! Esta puta casa me va a volver loco. ¡Estoy harto ya! —La voz ronca y ebria hace vibrar las patas metálicas de la mesa, que emiten un canto agudo. Son las tres de la mañana y no se oye nada salvo sus gritos y la mesa replicando débilmente—. ¡Hasta los huevos estoy! Cada día pasa algo: la puerta que se abre sola, las putas luces encendiéndose y apagándose. ¡Y las latas de cerveza reventando siempre, me cago en la puta!
Sigue con la retahíla, ahora una maraña ininteligible de putas y joder y me cago en todo, mientras hace aspavientos y busca algo con lo que limpiar el estropicio. Acaba por agarrar un trapo manchado de salsa de tomate seca. Lo pasa por el frigorífico y los envases que se han mojado. Luego tira las latas vacías a la papelera con tanta fuerza que hacen un ruidazo al chocar con el fondo.
—¡A la puta mierda ya!
Apaga la luz de la cocina y echa a andar hacia el salón arrastrando los pies, a oscuras. Apenas ha dado unos pocos pasos cuando se enciende la bombilla del pasillo sin que él le haya dado. Se detiene.
—Joder, otra vez no.
Las comisuras de la boca se le tuercen hacia abajo como si se le estuvieran derritiendo los labios. Abre mucho los ojos, aguanta la respiración, separa los brazos del cuerpo con las manos muy abiertas. De fondo se oye el televisor.
Se queda quieto, con la mirada fija en la puerta cerrada que hay a mitad del pasillo. La manilla es de metal viejo y se ha oscurecido y ensuciado en los bordes. Justo debajo, hay una cerradura de color claro, brillante, sin arañar ni manchar porque solo se ha usado una vez: el día en el que se instaló, cuatro años atrás.
La manilla baja, y baja, y baja, hasta que no puede bajar más. Se queda ahí mientras la puerta empieza a sacudirse en el marco como si quisiera liberarse de él, pero no se abre. La cerradura resiste. Por debajo, el hombre ve que la luz de esa habitación se ha encendido.
—Tooooodos los días. Todos. Los putos. Días.
Se mantiene firme mientras la manilla sube y baja y la puerta se sacude. Transcurridos unos segundos, la luz del corredor empieza a parpadear.
Se refugia en el salón. Cierra la puerta tras de sí y se apoya en ella. El televisor se apaga. Se tapa los ojos con las manos y grita mientras la manilla chirría y la puerta cruje. Espera. De vez en cuando se asoma al pasillo para comprobar si ya ha terminado y, al ver que sigue, grita más. Los golpes indignados del vecino sobre su techo no lo acallan, nunca lo acallan. El vecino ya lo sabe, así que al final se rinde y lo deja gritar.
Resiste así durante dos horas.

 

Jesús

—¡¿Qué coño quieres?! —grita de golpe—. ¡¿Qué?! ¡Déjame en paz!
Sigo sacudiendo la puerta, subiendo y bajando la manilla, dándole patadas al marco. Hoy no debo ceder, no puedo dejarlo en paz. Han sido cuatro años muy largos para ambos, las tonterías se tienen que acabar ya.
—Quiero que entres —respondo, aunque no pueda oírme. Ojalá pudiera, sería tan fácil—. No seas cobarde, hazme caso y punto.
Abre la puerta del salón, pero no una ranura, no con delicadeza, sino con un golpe que me sobresalta. El pomo choca contra la pared del pasillo y la madera retumba. Rebota tan fuerte que tiene que pararla con la palma de la mano para que no le dé en la rodilla.
—Se acabó —dice.
Dejo lo que estoy haciendo y me vuelvo hacia él. ¿Se acabó?
Se lleva la mano al cuello, a una llave que cuelga de una cuerda negra y deshilachada. Se la saca por encima de la cabeza mientras camina hacia mí.
—Quieres esto, ¿a que sí? Puta casa. Ya voy.
Deja de decir palabrotas. Antes nunca decías palabrotas, señor catedrático. Vuelve en ti.
Llega hasta la puerta. Me aparto para que no me atraviese. No es que pase nada, pero no me agrada ver el interior oscuro y gelatinoso de mi padre. Acerca la llave a la cerradura y los ojos están a punto de salírseme de las órbitas. Entonces se me ocurre mirarlo a la cara. Está llorando. Joder, lo he hecho llorar. Lo siento mucho, no tenía más remedio.
Mete la llave. Todavía espero que se eche atrás, pero no lo hace. La gira. La gira, la está abriendo. Venga, ábrela ya.
Baja la manilla, que está floja ya después de tanta pelea, y empuja. La luz sigue encendida. Observa sin expresión alguna en la cara.
Aquí dentro, todo está exactamente igual que estaba: hay pósters de grupos de rock por las paredes, una cama deshecha, una batería electrónica en una esquina, un ordenador que en su momento fue de última generación, un equipo de música que durante mucho tiempo fue el responsable de sus peores dolores de cabeza, unas zapatillas rojas en el suelo junto con unos calcetines blancos usados, una camiseta y unos vaqueros en la silla, una sucia pelota de fútbol en la esquina, una mochila andrajosa que nunca quise tirar a pesar de que la tenía desde el instituto, y que todavía contiene mis libros de la universidad, mis carpetas, mis bolígrafos, mis apuntes desordenados, mis subrayadores medio secos.
Por primera vez en cuatro años, mi padre entra en mi dormitorio, ve todo aquello que fue mío, todo aquello que él me compró y que era parte de mí. Cuántas horas habré pasado aquí… especialmente desde que me mataron. Y cuántas lágrimas habré derramado… lágrimas fantasmales que se deshacían al llegar al suelo, o tal vez lo atravesaban para seguir descendiendo hasta Dios sabe dónde.
Ha entrado. Ha entrado al fin. Riego el parqué con unas cuantas de esas lágrimas fantasmales cuando lo veo mirar alrededor y recordar. Estoy aquí, papá.
Se acerca a tocar un cuaderno sobre el escritorio. Está abierto y torcido, lo solté de cualquier manera y la página que quedó debajo se dobló. Toca eso como podría haber tocado cualquier cosa. Le pasa los dedos, a lo mejor intenta leer lo que pone y no puede porque mi letra es terrible, y siguió siendo terrible hasta el final por mucho que él intentase corregirlo.
—¿Dónde estás? —pregunta—. ¿Qué te ha pasado?
Eso ya da igual, ¿no?
Me acerco al equipo de música. Lo enciendo. Subo el volumen y le doy al play. Empieza a sonar una canción que ambos conocemos, una canción de nuestro grupo favorito: Knockin’ on Heaven’s Door, de Guns N’ Roses.
Se vuelve de golpe. Camina hasta el aparato, hasta mí, con la boca abierta. Se detiene ante él y escucha como si fuese mi voz la que le hablase.

Mama, take this badge off me
I can’t use it anymore
It’s gettin’ dark, too dark to see
It feels like I’m knockin’ on Heaven’s door

Tarda en reconocer la canción. Veo en su mirada que la recuerda cuando suena, precisamente, la línea que me interesa: «It feels like I’m knocking on Heaven’s door». Le tiembla la barbilla. Levanta la mano hacia el equipo y por un momento creo que va a apagarlo, pero en su lugar sube el volumen al máximo para escuchar la siguiente parte.

Knock, knock, knockin’ on Heaven’s door
Knock, knock, knockin’ on Heaven’s door
Knock, knock, knockin’ on Heaven’s door
Knock, knock, knockin’ on Heaven’s door

Me fijo en sus ojos. Desearía cruzar miradas, pero sé que no me ve. Lo siento mucho, papá. Nuestro tiempo era más limitado del que creíamos.
No tengo ni idea de qué será de él a partir de ahora. Morirá de pena o vivirá como pueda; en cualquier caso, la agonía se acabó para ambos.
Escuchamos juntos la canción entera. Él se anima a cantar y yo le sigo desde este plano de la existencia. Soy el único que oye cómo se cruzan nuestras voces. Cuando suenan los últimos acordes, llamo por fin a la puerta y, desde el otro lado, alguien me la abre.


Helena Naranjo, alumna de la XI Promoción del Máster de Narrativa, nació en Córdoba y estudió Comunicación en la Universidad Loyola Andalucía. Ha vivido en Córdoba, Gijón, Países Bajos y Madrid. En su experiencia profesional destaca su trabajo en una agencia de publicidad y su colaboración con empresas.


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