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La visita de Urpi
«Ya ni siquiera la llamaba «mamá» y ella se daba cuenta, pero creo en el fondo que nunca me importó.» Relato
Por Alejandro Manrique Publicado en Relatos en 26 octubre, 2021 0 Comentarios 11 min lectura
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La visita de Urpi

 

Me despierto de golpe, confuso, agitando el cuerpo. Un ligero vértigo me confunde. La puerta de madera del balcón, entreabierta, deja ver la oscuridad allá afuera. Me acomodo entre las almohadas, respiro profundo y, de pronto, siento una gran tristeza. Reparo en que he soñado con la perra bóxer de mi madre; y en mi sueño la perrita me habla con una voz humana suave y apacible.
Estoy sentado en el jardín de la casa de mis padres. Lima, 1997. Tengo diecisiete años y es mediodía. Ella, apoyada sobre sus patas traseras, me mira con ternura. Sus ojos canela brillan como canicas lustrosas. Me pregunta cómo estoy, si la extraño, si tengo bonitos recuerdos de ella. Me acerco gateando. Pongo mi dedo índice entre sus ojos y le rasco la piel con delicadeza. Le digo que sí, sí a todo: echo de menos verla, juguetear con ella en el jardín, acariciarle la cabeza, el hocico, el lomo. Claro que tengo los mejores recuerdos, le digo, pero no aislados sino sensaciones más completas, como en mi primer año de universidad cuando me pasaba días enteros sentado en el sofá, leyendo alguna novela o texto académico, y ella se echaba a mi lado para acompañarme.
«Ponías tu cabeza en mi pierna y yo, cada vez que pasaba una página, te hacía muecas y te rascaba el pecho. Y tú me sonreías sólo como un perro al que uno quiere podía hacerlo: con una mirada alegre de ojos resplandecientes y con la lengua afuera».
En mi sueño ella me agradece. Suelta un pequeño ladrido, se acerca y me lame una mejilla. Yo le guiño el ojo, le doy un beso en la punta de su naricita fría y la rodeo con un abrazo. Siento su piel contra la mía y me estremezco.
Tras recordar el sueño me paro de la cama con cierta brusquedad. Aún está oscuro y el corazón me late con fuerza. Me preparo un té verde y empiezo a beberlo mientras enciendo la laptop y me pongo a buscar fotografías de la casa de mis padres. Tengo un presentimiento. Encuentro una foto en la que estoy con Urpi; así se llamaba la perrita de mi madre veinte años atrás. Ahora tengo casi cuarenta y vivo en Madrid, a donde vine a tomarme un año sabático y alejarme de todo. Quería aferrarme a un descanso de la agobiante rutina —no sólo la laboral sino también la de la memoria— y pasar mis días leyendo novelas en los cafés de mi barrio en Malasaña.
Pero este sueño con Urpi me ha sacudido de manera inesperada, como una ola que me revuelca lejos de la orilla y me quita el aire, y siento en estos momentos una necesidad apremiante de regresar a mi pasado, así haya querido olvidar numerosos pasajes desde tanto tiempo atrás.
La foto que he encontrado en la laptop es la misma escena que vi en mi sueño. Mirarla ha sido como recibir una bofetada en todo el rostro. Un mediodía de setiembre de 1997, en Lima, y tengo diecisiete años. Me hallo sentado en el jardín de la casa de mis padres. Un sol luminoso y primaveral brilla sobre el verde que me rodea. Visto una camiseta azul y un short cetrino. No llevo zapatillas, pero sí unas medias grises que se chorrean a la altura de mis tobillos. A mi lado, un ficus. Paso las manos sobre el césped; juego con él y arranco algo de pasto, arrojándolo al aire. Urpi se sienta a mi lado, se acomoda sobre sus patas traseras y me observa curiosa con su rostro inclinado. La luz hace que su pelo relumbre con un tono naranja camote. Luego, despatarrada, empieza a lamer mis manos, rebuscando y oliendo; tan risueña y alegre, como sólo yo puedo notarlo en ella.
En la escena de la foto, recuerdo con claridad, me distraigo por un segundo. Un olor ha llegado de la cocina. Mi madre se encuentra preparando el único plato que le sale bien: guiso de frejoles canario y seco de carne. Es decir, un suculento «seco con frejoles». Entonces debe ser un sábado. Hasta mí llega ese aroma tan criollo del sofrito de cebollas y ajos cortados en pequeños cuadrados. Encima, el culantro en pasta mezclándose con los sabores dentro de la sartén. Me saco la lengua y me la paso por los labios como Urpi. Ella, emocionada, comienza a hacer cabriolas y a correr por todo el jardín. Lanzo una ramita y corre, la coge y regresa feliz con ella colgando de su hocico. Más cabriolas y ladea su rostro de un lado a otro. Pisa con la pata izquierda y su carita se inclina hacia la derecha. Pisa con la pata derecha, y la cabeza se ladea hacia la izquierda. Es una perrita elegante, pienso. Lanzo la pequeña rama hacia el otro lado del jardín y me asusto porque Urpi frena antes de chocarse contra el Toyota plateado de mi padre. Reacciona a tiempo y se escabulle por debajo del Toyota con gran agilidad, apresa el trozo de rama y regresa a mí.
Vuelvo a distraerme y a girar mi vista. Esta vez es mi madre la que me llama. Sostiene su cámara fotográfica Kodak y me dice que me va a tomar una foto. Que llame a Urpi, que mejor si salgo con ella para recordar el momento. «¡Urpi! Ven, bonita», le digo. Ella, que se hallaba debajo del ficus escarbando sobre la tierra, viene corriendo hacia mí y se lanza encima. Le doy un beso en la cabeza y la acomodo para la foto. Saca a relucir su porte fino y se sienta sobre sus patas traseras. Infla el pecho mientras yo la rodeo con mi brazo izquierdo. Clic.
Transcurrió una semana mientras mamá tomaba algunas fotos más con su cámara analógica. Alguna vecina limpiando una ventana, mi hermano saliendo de la ducha envuelto en una toalla, mi padre comiéndose un tamal con el periódico en las manos. Luego, otra semana para el revelado en algún estudio fotográfico. En ese lapso, mi madre tuvo un desmayo extraño en la cocina. Se desvaneció de pronto y sin ningún motivo. Estuvo en observación durante dos días. La mañana que regresó a casa coincidió con la entrega del sobre amarillo Kodak con las treinta seis fotos que había tomado. Rebusqué rápido y encontré la imagen en la que yo aparecía con Urpi. Sonreí y se la enseñé a mi madre, pero ella no recordó haberla tomado.
Mamá mostró claras señales de olvidarse las cosas durante los tres meses siguientes. Dónde había puesto el vaso con agua, qué día era, ¿dejé abierta la puerta de la refrigeradora?, qué carrera estudiaba mi hermano en la universidad, cómo se llamaba Urpi. Empezó a llamarla «perrita». No me hizo caso cuando le dije que la «perrita bóxer» era suya y que siempre jugaba con ella. Que ambas se querían mucho.
Mi padre la llevó al hospital para que fuera revisada de manera íntegra. Los doctores dijeron que tenía inicios de Alzheimer. Que harían lo posible para que fuera controlable, pero que la vida de mi madre cambiaría de todas maneras. Y cambió. Al cabo de un año recordaba quiénes éramos nosotros, su familia, incluso hechos pasados y anécdotas, pero el día a día se le iba volando de manera confusa. Urpi ya ni siquiera era la «perrita». Medio año más y ya ni siquiera existía. Entre que la olvidaba y perdía interés, no volvió a jugar con ella.
Además de llevar a mi madre a sus citas al hospital y a tomar el aire, mi padre daba paseos con ella. Hacían visitas a parientes y amigos, pues el contacto personal le caía bien a mamá en su esfuerzo por mantener cierto control sobre su enfermedad. Compartían mucho tiempo fuera de casa. Mi hermano ya había terminado la carrera y había dejado de vivir con nosotros. En aquella época yo tenía veintiuno y se me iba el día en la universidad; pero encontré tiempo, algunas tardes, para sentarme en el sofá de casa y leer alguna novela mientras acariciaba a Urpi. Como alguna vez lo hice.
Ahora, con el resto del té verde enfriado y sin despegar la vista de la laptop, aún a oscuras, estoy seguro de que era el único momento del día en que Urpi se sentía querida.
Por el ritmo de los estudios y los amigos, pocas semanas después, dejé de pasar tiempo en casa. Apenas regresaba me iba directo a la cama y, a veces, ni un hola a Urpi. Una caricia, menos aún. Ni siquiera tenía curiosidad en notar si ella se encontraba en el jardín o dando vueltas por ahí; también yo me había olvidado de ella.
Urpi amaneció muerta uno de esos días en su casita de medio metro cuadrado en un rincón del jardín. «Murió de tristeza», dijo mi padre de manera reflexiva y con algo de pena. No más porque desde el primer día, años atrás, él había anunciado que los perros no eran lo suyo. Cierto: nunca se había interesado por ella. A mi madre no le afectó. Escuchó las palabras de mi padre, se encogió de hombros y se fue a encender el televisor. A mí me dolió, por supuesto. Me sentí culpable.
Apago la laptop y me preparo otra taza de té verde. Me siento en el sofá, doy un sorbo, y veo que clarea allá afuera. El sueño que tuve busca decirme algo, lo sé. Trato de interpretar una señal más allá de recordar a Urpi con tanto cariño. Me quedo pensando.
Quizá el mensaje del sueño esté vinculado con mi madre. Hace tiempo que no la veo. Su enfermedad terminó por alejarme cada vez más. Ya ni siquiera la llamaba «mamá» y ella se daba cuenta, pero en el fondo creo que nunca me importó.
Y eso, lo veo hoy, me empieza a doler.


Alejandro Manuel Manrique Bellido, alumno de la X Promoción del Máster de Narrativa, nació en Lima, Perú. Es sociólogo y diplomático de carrera. Ha servido en Moscú, Londres y Berna. Ha publicado los títulos La nieve roja de Moscú (Ed. Animal de Invierno, 2016), El laberinto del zar (Ed. La Nave, 2018) y los proyectos en tiempo real en Facebook Prometeo Ruso y La novela del mundial (2018). Asimismo, formó parte del consejo editorial de La Rompedora, donde también se ha publicado su relato Ceviche para un niño y el ensayo Marguerite Duras o la intertextualidad entre diques y amantes, además de entrevistas y notas sobre sus publicaciones en otras editoriales.


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