menu Menú
La zurcidora
«A las patas de una mesa estaban atados los mellizos.» Relato
Por Karina Matheus Publicado en Relatos en 21 junio, 2022 4 Comentarios 8 min lectura
Jaula forjada Anterior Sentirse en lo frágil Siguiente

La zurcidora

 

Figura negra con ojos de fuego
Que clava su deseo en mi frente
Aliento corrupto
Que señala el escogido
Oh, no, no, Señor, ayúdame

 

La montaña estaba casi negra. Con un caminar siniestro, la noche se apoderaba de ella y la convertía en un gigante lóbrego que avanzaba y aplastaba el aire de los pocos pobladores que quedaban afuera sin refugio. A esas horas en que la oscuridad se cernía sobre el valle, solo las envejecidas paredes de las casas con diminutas ventanas podían mantenerlos amparados del frío y de las sombras.
Desde su ventana, Inna los veía apresurando el paso entre jadeos, con las gargantas contraídas y las venas brotadas. Una vez puestos los cerrojos, los hombres encendían las chimeneas y las lámparas, las mujeres servían el pan y el cocido, y los pequeños jugaban con sus títeres frente al fuego mientras entonaban versos como ángeles en lamento:

«Mira esas llamas
suben y suben
¿Quién está allí?
¿Quién se ríe así?
Oh, no, no, Señor, ayúdame».

Inna retornó a su labor frente a la máquina de coser. Zurcía los retazos irregulares con precisión mecánica pero, mientras pedaleaba para hacer las puntadas, no dejaba de pensar en aquellos mellizos. Hacía dos tardes los había visto jugar en un cobertizo cerca del granero. Aún faltaba mucho para que cayese la noche, así que no había motivo para preocuparse. Reparó en los descosidos de los muñecos de trapo con los que jugaban; trozos de algodón se escapaban en medio de sus inocentes estrofas. Pensó en usar la aguja e hilo que siempre llevaba consigo para remendárselos. Sin embargo, siguió de largo y esa fue la última vez que alguien vio a los pequeños.
«Pobres criaturas», «¿hasta cuándo esta maldición, Señor?», «si me hubiera detenido solo un momento a remendarles los muñecos». Inna retorcía el hilo del desasosiego entre la aguja y la tela, tratando de recordar cómo había empezado todo. Buscó en sus memorias más lejanas: vio a su bisabuela cosiendo, a su abuela midiendo el hilo y a su madre cortándolo; a las mujeres del pueblo llorar; a los hombres con caras largas tras estériles búsquedas; a todos menguar los tragaluces con ladrillos; a su madre marcharse sin darle un beso; a su bisabuela expirar con lágrimas; a ella misma enhebrar las agujas que su abuela usaba para reparar los hilachos de sus muñecos…
Puso a hervir el agua con unas pocas hierbas de belladona para su té nocturno. Deseaba acabar con la fatiga de los pensamientos y perderse en un laberinto de sueños que al día siguiente no recordaría. Sirvió la infusión en una taza de barro y antes de tomar el primer sorbo, un ruido seco desvió su mirada hacia la ventana. Las copas de los árboles devoraban los últimos rayos de sol. «A nadie le importa ya esta oscuridad maldita», pensó. Un nuevo golpe en el cristal la hizo acercarse: frente a su casa, una niña lanzaba piedrecitas a su ventana. Inna fue hacia la puerta y la abrió tan solo unos centímetros. La pequeña, con el vestido harapiento, le sonreía y le saludaba agitando su mano.
—¡Oye! ¿Qué haces a estas horas afuera? Regresa a tu casa.
La niña, de cabello negro y semblante pálido como la propia Inna, la miró fijamente por unos segundos antes de darse vuelta y correr por el prado que antecedía al bosque y la montaña. Inna salió detrás de ella siguiéndola hasta el linde del bosque, donde la niña se perdió entre los arbustos. Inna se detuvo. No se atrevía a entrar en ese lugar; sentía su pecho estremecido y un vaho denso salía por su boca. Miró atrás, a su casa, y luego alzó la cabeza hacia el cielo, cada vez más oscuro. «Esta maldición…».
La imagen de los mellizos y la de la niña la invadieron en espiral, punzándole el cerebro. Miró al frente, soltó un suspiro y cruzó la estrecha vereda en busca de la pequeña. Los arbustos estaban llenos de hojas punzantes con minúsculas espinas que rasguñaban su ropa. Ella intentaba abrirse paso entre el follaje y un suelo que descendía cada vez más mientras la luz se iba desvaneciendo como si con cada pisada estuviese entrando al inframundo. Inna sentía que la observaban, que decenas de ojos invisibles se clavaban sobre ella. Siguió y siguió hasta que la vereda se acabó: había entrado al bosque. Escuchó un murmullo ininteligible que iba y venía en ráfagas a su alrededor. El bosque era oscuro y gélido. Quiso avanzar, solo que ni sus piernas ni su respiración entrecortada se lo permitían. Estar allí era estar aterida en las tinieblas. Miró a todos lados y se dio cuenta que había perdido la orientación. Sus ojos no distinguían formas y por más que estiraba sus brazos no encontraba rama alguna para asirse. Solo estaba la oscuridad. Temblando se agachó hasta palpar la tierra, hasta sentirla, olerla. Era una tierra seca y sulfurosa.
—De aquí proviene esta maldición —dijo, con voz quebrada.
Una luz intensa bañó su rostro. Frente a ella, a solo unos pasos, la niña abría una puerta y entraba a una casa. Inna gateó hasta el umbral. A medida que se acercaba escuchó unos quejidos, mezclados con el sonido de una cosedora. Con sigilo, y aún a rastras por el piso, se asomó por la hendija de la puerta. Notó que esa casa era como la suya, solo que más vieja, más ruinosa, más inmunda, con una máquina de coser roída en medio de la sala. La niña, parada al lado de un caldero, servía un brebaje en una taza de barro, rota y descolorida.  La pequeña llamaba «mamá» a alguien. Inna abrió un poco más la puerta. Del otro lado de la máquina de coser, vio unas manos largas y arrugadas que cosían unos retazos irregulares, que medían con una vara el hilo y que con unas tijeras teñidas de óxido y sangre seca lo cortaban.
—Mamá…
A las patas de una mesa estaban atados los mellizos. A uno de ellos, que sollozaba con un quejido susurrado, la niña le daba el té. El otro yacía inerte sobre el suelo.
Inna contuvo un alarido.
—¡Mamá!
La zurcidora, una figura negra y ojos de fuego, cosía retazos de piel.

 


Karina Matheus es alumna de la XIII promoción del Máster de Narrativa de Escuela de Escritores. Nació en Venezuela, aunque ahora reside en Londres, donde desarrolla sus obras como artista y escritora. Es graduada en Comunicación Social con Mención Cine y TV de la Universidad Católica Andrés Bello y de Especialización de Mercadeo para las Artes en Venezuela. Ha estudiado artes aplicadas, música, danza y fotografía. En Miami ha cursado talleres de Escritura Creativa en español con Miami Book Fair y Miami Beach Library System. Semifinalista de Cuentomanía 2018 y ganadora del voto popular con el cuento “La Reina del Carnaval”, llevado a libro gracias a BEART y presentado por Arts Connection Foundation en Miami Book Fair. Su cuento “Un zepelín para Ramona” quedó como finalista en el concurso “La Nota Latina” 2019 y fue publicado en la antología “Así Somos”. ARS Communis Editorial incluyó su relato “El arcángel Miguel” en la compilación “Féminas” en 2020 sobre infidelidades y mentiras escritas por mujeres. Su cuento “El taburete” fue publicado en 2021 en la antología “Vacaciones sin hotel” por Ediciones Aguamiel. Su trabajo creativo puede ser visto en su página www.karinamatheus.com


Anterior Siguiente

Responder a Amado Vivas Quintero Cancelar la respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Cancelar Publicar el comentario

  1. Que narrativa tan linda hija y cuanto orgullo siento al leer tus excelentes relatos.

    Recibe un gran abrazo y mis bendiciones más sinceras. Mis mejores deseos para que tus logros sigan convirtiéndose en exitosos pasos en tu vida.

    Te quiero mucho.

  2. Me alegro muchísimo por todo lo bueno que te está pasando en tu vida literaria…tienes mucho talento y espero algún día ver en la tele o el cine una obra tuya. Cuídate!!!

  3. ¡Felicitaciones Karina! No sabía que habías incursionado en el mundo literario.
    ¿La Zurcidora es un cuento o una novela?
    ¿Lo que leí termina ahí o tiene su continuación?
    Me encantó la historia y me generó intriga saber si hay más de ella. Mi pasión es la lectura.
    Un besote, Dios te bendiga y éxitos en todos tus proyectos.

keyboard_arrow_up