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Las repeticiones de Rubik
"Sí, eso dicen. Que mi hermano es el inteligente." Relato
Por Octavio Ramírez Publicado en Relatos en 18 mayo, 2021 0 Comentarios 6 min lectura
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Las repeticiones de Rubik

 

Sí, eso dicen. Que mi hermano es el inteligente. No es que yo no lo sea, sino que aún soy joven y él se ha dado la vuelta ya por muchos países y muchas universidades y con muchas novias, también. Creo que nos hubiéramos caído mejor si no nos lleváramos tantos años.
Mi hermano resuelve problemas para apagar su mente. Rompecabezas, o fórmulas, cubos de Rubik. Los cubos de Rubik me recuerdan a los contenedores del puerto, los que papá movía de arriba a abajo con la grúa por colores.
Nos mudamos a la ciudad cuando murieron nuestros padres. Y lo lógico hubiera sido que, después del accidente, mi hermano hubiera dejado de beber: al menos aprovechar la tragedia con una lección. Lo lógico, también —le dijo mi tío—, es que los dos vivan juntos, tú ya tendrías edad de ser padre. Y tú —refiriéndose a mí— no dejes el gym, muchacho, quizás puedas ganarte una beca deportiva para ir a la universidad en poco tiempo. Mírate, estás hecho una mole, y me apretó el bíceps.
La forma de escapar de mi hermano fue con becas universitarias y de posgrados. Lo entiendo ahora, que no tiene a donde escapar. Yo también escapaba durante el día, que era el peor momento para estar en casa. Papá trabajaba de noche, llegaba cuando nos terminábamos el desayuno. Abría la puerta y la casa se infectaba de frío. Balbuceaba algo a modo de saludo y despedida y se tiraba en el sofá. Mamá decía que no juzgáramos, que era la única forma de soportar el invierno ahí, en las madrugadas del puerto. Además, tenía poca tolerancia porque nos dejaba la comida buena a nosotros, que más lo necesitábamos, para estudiar y para hacer deporte.
Mamá hacía su parte escondiendo las botellas o diluyéndolas con agua para que se emborrachara menos.
Ya sé lo que parece, que nos pegaba. Pero solo se quedaba dormido. Nunca nos hizo daño. Solo nos incomodaba tenerlo ahí, roncando, como si tuviéramos un muerto en la sala. Hacia la noche, se despertaba desparramándose del sofá. Comía un pan mientras nosotros cenábamos y se alistaba para irse de nuevo.
Para no estar mientras dormía, yo escapaba al gimnasio de la escuela, y no quería invitar a nadie a casa. Pienso que era una forma de preparación. Me estaba haciendo grande, por si algún día se despertaba del sofá con mal temperamento.

No le debería tener miedo a mi hermano, cada vez soy más grande que él. Dudo que pudiera tirarme de un empujón o golpearme de verdad. Pero a veces puede decir cosas que me dejan sin dormir durante días. Cosas de antes. O cosas que hace: mandó a hacer por internet un rompecabezas con la fotografía familiar, la que teníamos colgada sobre el sofá en nuestra antigua casa. Mi hermano da clases por la mañana y por la noche en la universidad. Por las tardes, tiene tiempo libre para volver, corregir, echarse una siesta. Cuando llego de la escuela, la botella de vodka está a tres cuartos de terminarse. Mi hermano está a punto de caer desmayado sobre el sofá y en la mano tiene una pieza de rompecabezas. En la mesa de café frente al sofá, veo el rompecabezas incompleto de la foto familiar. La cara de papá no está, y medio torso de mamá tampoco. Yo estoy casi completo, mientras que el rostro de mi hermano está a medias. Mira la pieza que sostiene en la mano con muchísimo esfuerzo, y con una lentitud dolorosa prueba a embonarla en cualquier lugar.
Al quedarse dormido, salgo a la sala y quito piezas del rompecabezas. Le hago hoyos a la foto, como si la lanzara al fuego y las flamas perforaran la imagen. Deshago su lento e intoxicado esfuerzo. No se dará cuenta.
Cuando se despierta, mira el reloj y con prisas se larga a su clase de noche. No quiero que termine el rompecabezas. No quiero que reaparezca la cara de papá. Me ha tomado muchas noches olvidar su rostro.

Hoy abrí la puerta y escuché cómo mi hermano lanzaba vasos contra la pared. Lanzaba unos alaridos patéticos. Entré a la sala. Escurrió el vodka sobre el rompecabezas y luego lanzó la botella también. Sacó su mechero pero yo lo alejé de la mesa. De un empujón, cayó sobre el sofá. Le arrebaté el mechero y estuve a punto darle una cachetada como a un niño, pero él mismo ya se daba de golpes contra la cabeza diciéndose “estúpido”, diciéndose “no puedo resolver esta puta mierda”.
Después de un rato, se tranquilizó. Guardamos el rompecabezas, mojado y apestoso de alcohol. Y sacó su cubo de Rubik mientras yo barría los cristales. Pasó unos minutos girando los cuadros de colores, en un vaivén de miradas confusas y luego se desplomó, una vez más.
Me acerco a la mesa y levanto el cubo. Los colores están completamente revueltos. Giro los rostros del cubo y resuelvo la cara de cuadros rojos. La dejo sobre la mesa. Al irse a la universidad, lo verá un poco más resuelto. Se irá menos frustrado. Cuando se duerma mañana, completaré el siguiente color.
Y seguro que el imbécil no se dará cuenta.


Octavio Ramírez es alumno de la Décimo Primera Promoción del Máster de Narrativa y nació en Ciudad de México (o “DF”, como él sigue llamándole). Pronto cumplirá mil millones de segundos de vida. Por las mañanas escribe código informático y por las noches —o a escondidas de sus jefes— escribe narrativa, ensayos y guiones. Estudió Comunicación y Marketing en la Universidad Iberoamericana. Complementó su formación en la Escuela Mexicana de Escritores, en la ECAM de Madrid y en la Screenwriters University. (También estudió otras cosas, pero esas las reserva para otra biografía).


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