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No dejes de tocar
«Las manos recorren con delicadeza mis curvas por los costados hacia la cadera. Dibujándome.» Relato
Por Rubén Blasco Publicado en Relatos en 14 diciembre, 2021 Un comentario 11 min lectura
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No dejes de tocar

 

«Pase lo que pase, no dejes de tocar.» Las palabras de despedida de Julie me inquietan mientras espero frente a la inmensa puerta blanca. A través de ella se filtra Fantasía Oriental de Balákirev. Quien la interpreta lo hace con maestría envidiable. Cálmate, Virgine, lo harás bien, aunque sea tu primera clase. Recuéstate sobre el sofá, coge una de las galletas de vainilla y estira las piernas. Miro mis dedos de los pies asomando delicados por las sandalias y los hago bailar al ritmo de los acordes que vienen del aula. Ya echas de menos a tus padres y solo llevas aquí un día. Un relincho impetuoso lleva mis ojos hacia la ventana. Veo mi reflejo translúcido en el cristal, un torso menudo y a medio formar, con un moño apretado sobre la cabeza, como un fantasma que flotara afuera. Y detrás, un caballo descontrolado. Me levanto en dirección a la ventana intentando que el suelo de madera victoriana cruja lo menos posible. Afuera, la vista es maravillosa. En mitad del prado, alguien intenta domar un purasangre de color carbón. La luz del crepúsculo baila sobre sus crines mientras la música acompaña sus movimientos salvajes. «Me preocupa que sus métodos no encajen contigo.» ¿Qué quiso decir Julie con eso? Ojalá pudieras saltar por la ventana y huir de vuelta a París sobre ese caballo.
Cuatro campanadas desde el interior del aula me traen de vuelta a la realidad. El silencio que dejan me comprime el vientre. Rápido, vuelve al sofá y ponte bien la falda. Al momento, veo salir apresurada a otra adolescente con una mirada pícara dirigida al suelo, sonrojada. Sonríe con vergüenza. Cierra la puerta y se apoya en ella suspirando. Al verme, se endereza con rigidez. Su expresión se tensa. Sus ojos me miran culpables.
—Hans dice que entres.
Aunque parece que pese una tonelada, cierro la puerta tras de mí con facilidad. Por este lado tiene su color natural de caoba. En esta penumbra apenas distingo las siluetas de los objetos que hay. Huele a frambuesa, un olor que siempre me recuerda a mi primer novio. Camino en absoluto silencio por la moqueta hacia el interior del aula. La poca luz que entra crea una atmosfera inquietante y sombría. Sin embargo, se respira calidez. Poco a poco, las siluetas dan paso a formas definidas. Un taburete rojo y un piano de cola blanco reinan en el centro. Cerca de la pared, entre dos grandes ventanales cubiertos por cortinas, está el profesor sentado en un sillón. A cada lado, dos columnas de luz filtrada por las rendijas revelan las motas de polvo que flotan en el aire. Un reloj de pared marca las cuatro y uno justo detrás de Hans.
—Bienvenida, Virginie, tenía ganas de conocerte en persona —dice inmóvil—. ¿Sabes ya cómo va la clase o debo perder mi valioso tiempo explicándotelo?
—Julie solo me ha dicho que no deje de tocar pase lo que pase —respondo con la vista fija en el piano.
—No necesitas saber más —dice mientras se levanta—. No está permitido ni un error, pero imagino que ya lo sabes.
Al verlo aproximarse a mí, como una figura de imponente aspecto, se me hace un nudo en la garganta que me impide hablar más. No esperaba alguien tan atractivo. Bajo un abundante pelo rubio, dirigido por unos ojos azules, tan claros que intimidan, luce un cuerpo de dos metros. Podría levantarme por encima de su cabeza con un solo brazo. Sonríe ante mi silencio y me tranquiliza acompañándome hasta el taburete. Al sentarme, el terciopelo acaricia con suavidad mis muslos.
—Aquí trascenderás a un nivel superior —dice mientras posa sus enormes y cálidas manos sobre mis hombros—. En esta sala yo soy Dios y tú una mortal que debe estar agradecida por los dones que va a recibir.
Asintiendo, comienzo a comprender los consejos de Julie.
—Y para tocar música de dioses, olvidarás toda la mediocridad aprendida hasta ahora.
Me descalzo, coloco los pies sobre los pedales. Están fríos. Acaricio las teclas de marfil con suavidad. Ya empiezas a sentir la conexión con el piano.
—Tu primera lección será tocar, sin equivocarte ni una sola vez, la obra más difícil creada por humanos, Gaspard de la Nuit de Ravel. Después podrás empezar con obras prohibidas.
Esta pieza siempre me sume en una excitación casi espiritual. Justo antes de empezar, Hans me venda los ojos. Me sé esta obra de memoria, pero nunca he probado a tocarla sin mirar las teclas.
—Tendrás que aprender a fundirte con el piano —dice mientras lo oigo arrojarse de nuevo sobre el sillón—. Veamos si estás a la altura de lo que cuenta Julie.
Ignora el nerviosismo, Virgine, puedes hacerlo, separa un poco las piernas, deja que la vibración fluya desde los pedales a través de ti hasta el teclado. Y pase lo que pase, no dejes de tocar.
En mi mente surge la escena que representan los primeros acordes. Ondina, una joven sirena, visita a un hombre en el puerto con la intención de seducirle. Has de ser muy sensual y misteriosa en esta parte. Mis dedos corren con ligereza por el teclado, llamando la atención del marinero. La sirena le canta las maravillas de su mundo submarino. Después de una larga secuencia de luminosos y burbujeantes acordes, ella le declara su amor y le pide que se vaya con ella. En ese momento de clímax, oigo como Hans se levanta del sofá. Poco después, un suave aliento cálido, acariciando el lóbulo de mi oreja, casi hace que me equivoque en uno de los saltos de la mano derecha. No te desconcentres, haz hablar a la sirena con toda la sensualidad que llevas dentro. Se acerca el final de esta parte y la seducción llega a su punto álgido. Unos dedos acarician mi cuello. Un escalofrío por mi espalda hasta mi entrepierna hace que me arquee como lo haría Ondina nadando. Sigue así, Virginie, sube la intensidad. La sensación se detiene cuando el marinero, con mucho pesar, la rechaza porque ya está muy enamorado de una mujer mortal. Los dedos también se apartan de mi cuello. Lloro con ella. Después río con ella. Y ambas huimos al mar a esconder nuestras lágrimas. El segundero del reloj resquebraja el silencio que ha quedado en el aire.
Unas manos tocan mis hombros al tiempo que comienzo a interpretar el segundo movimiento, La Horca. La sirena llora por el rechazo, con una desdicha que crece como la oscuridad que trae el crepúsculo. Con esos dedos, de nuevo masajeando con sensualidad mi cuello y hombros, bajando casi hasta tocar mis todavía pequeños pechos, me cuesta mucho sacar la tristeza que la melodía me exige. Por lo que más quieras, no te detengas. Las manos recorren con delicadeza mis curvas por los costados hacia la cadera. Dibujándome. Algo nuevo ocurre. Algo que no había sentido en todos mis años de estudio. El bucle de teclas a pedales que cierro con mi cuerpo ya no es el único. Fluye uno nuevo de mí hacia el aire. Como dos círculos tangentes. Me siento el centro del símbolo del infinito. A pesar de sentirme presa de una excitación casi incontrolable, consigo acabar el movimiento sumida también en la tenebrosa pesadumbre que nubla el corazón de Ondina.
En el último movimiento de la obra, Scarbo, un duende malvado, aparece para atormentar a la sirena. Mientras traigo a la realidad los acordes de pesadilla con los que arranca, las puntas de unos dedos recorren mis muslos desde las rodillas hasta las ingles. Primero lento y suave y, poco a poco, más deprisa. Luego, imitando mis bruscos movimientos hasta la parte más grave del teclado, bajan hasta mis pies, molestándome en los cambios de pedal y haciéndome cosquillas, igual que el duende se ríe de la desdichada sirena. Casi no puedo controlar los espasmos. Ahora esas manos exploran entre mis piernas mientras otras dos más aparecen bajo mis pechos de forma inexplicable. Amenazan con tocarlos, aunque no llegan a hacerlo a pesar de que te mueres de ganas de que lo hagan. Aguanta, puedes soportarlo. Haz bailar grotesco a Scarbo para intimidar a Ondina, tal y como están haciendo contigo ahora. Canaliza el frenesí sexual que te abrasa, ignora el dolor de brazos y dedos. Se acerca el clímax final. Todo ese fuego interno se concentra en mi abdomen y, justo cuando está a punto de estallar, su tacto sobre mi piel desaparece cuando acaba la música. Scarbo se ha ido. Me quito la venda a toda velocidad, miro a mi alrededor, pero no hay nadie. Hans sigue en su sillón, inmóvil, con los ojos cerrados, como si nunca se hubiera levantado de él. Por fin, se acerca, clavándome sus profundos ojos cristalinos. Sus manos sobre la cola del piano me turban y agitan.
—Nada mal, Virginie, has superado la prueba —dice en un susurro.
No puede terminar así, quiero seguir, necesito explotar.
—Puedes irte, mañana empezarás las lecciones de verdad.
Incrédula, me levanto y le lanzo una mirada suplicante. Cinco campanadas del reloj de pared me sacan de donde quiera que esté y vuelvo a percibir el olor a frambuesa.
—Cierra la puerta al salir y dile a la siguiente alumna que entre —dice de camino a su asiento.
Me despido desconcertada, apoyo mi mano en el pomo de la puerta, muy despacio, pero él ya no me mira.
Salgo y cierro tras de mí con la mirada clavada en el suelo. No consigo borrar la sonrisa de la cara. Me apoyo contra la hoja y suspiro. El relincho del caballo, que galopa ahora con confianza alrededor del domador, me lleva de nuevo hacia mi reflejo en la ventana. Pero ahora, desde aquí y con la noche reinando fuera, veo mi cuerpo entero y más nítido.  Mírate, con las mejillas rosas, los ojos brillantes y la respiración y otras partes de tu cuerpo descontroladas. Ha sido la mejor clase de tu vida. Con la mano aún aferrada a la manecilla de la puerta, busco a la alumna sentada en el sofá. Pero ahí no hay nadie. Nada te impide volver a entrar.


Rubén Blasco, alumno de la XI Promoción del Máster de Narrativa, nació en Huesca. Estudió desarrollo de productos electrónicos y la carrera de música en la especialidad de violín, además de un máster en «Obras maestras de la literatura universal». Hoy en día es técnico de postventa en una de las mayores multinacionales de maquinaria industrial. Ha publicado 25 artículos sobre ciencia y astronomía en el Diario del Alto Aragón y más de 100 en diferentes blogs y páginas web, además de encargarse de las citas diarias sobre astronomía en el mismo periódico. Su relato, Lavanda, también ha sido publicado por La Rompedora.


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