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Olor a petróleo
"Con las puntas de los dedos ya teñidas de azul oscuro, escarbé en la tierra de la maceta más cercana y desenterré unas antiguas monedas." Relato
Por Quima Bolsa Publicado en Relatos en 31 mayo, 2021 0 Comentarios 5 min lectura
Nerea Garrán en Nueva York Anterior Siguiente

Olor a petróleo

 

Llegué hasta una ciudad lejana que, sin embargo, resultó estar cerca, pues te habría seguido al fin del mundo. La discoteca estaba en una nave donde antaño se habían reparado cascos de embarcaciones de recreo. Las luces de la fachada iluminaban las guías por donde se arrastraban los barcos desde el agua hasta el varadero. El lugar aún desprendía un fuerte y adictivo olor a petróleo.
Apareciste enseguida. Te vi sostener entre los dedos unos segundos las cortinas de terciopelo rojo que flanqueaban la entrada, mirar la sala por encima de las cabezas de las tres mujeres uniformadas de negro que custodiaban la puerta, y entrarle a la noche con paso seguro. Siempre decías que la noche eran cuatro paredes donde se detenía el tiempo, y no había pasado ni mañana.
Detrás de ti iba ella, caminando con pasos pequeños de muñeca a causa de los zapatos de tacón altísimos y los pantalones negros tan ceñidos. Una blusa de gasa color azul oscuro y tornasolado flotaba y se abría a su alrededor como los pétalos de una flor sobre el tallo, y dejaba ver su cintura y un sujetador de raso como los de las actrices italianas de los cincuenta.
Yo estaba al final de la barra, en el único lugar de toda la discoteca donde no miraste.  O quizá sí, pero hacía tanto que yo era invisible.
Atravesasteis la sala de la mano como los protagonistas de una escena romántica, o como en un sueño. Un foco iluminaba la pista de baile como si se tratara de un escenario. Tenía un aire teatral, la discoteca, con las lámparas de cristal colgando, las paredes tapadas por cortinas de terciopelo carmesí que arrastraban un buen palmo por el suelo, y en el centro un cilindro lleno de partículas de polvo. Como en un teatro en que la función aún no ha empezado, la vida acontecía en las zonas oscuras, desde donde brotaba un murmullo de voces por encima de la música, no demasiado alta a esas horas tempranas.
Hombres y mujeres se quedaron inmóviles ante vuestra belleza. Se interrumpieron las conversaciones; las últimas palabras resbalaron de los labios entreabiertos y se elevaron hasta el techo como burbujas, o globos, o enredadas en el humo de los cigarrillos, sin haber alcanzado los oídos de los destinatarios. Durante unos segundos los asistentes simplemente esperaron entre vapores de embriagador olor a petróleo, perfumes caros y tabaco, a que vosotros cruzarais la sala en dirección a la barra. Erais hipnóticos como performers.
Os sentasteis no lejos de mí, en dos taburetes idénticos al taburete en el que yo estaba. El mismo tacto mullido del asiento de cuero en las nalgas, la dureza de la barra del reposapiés a través de la suela de los zapatos, los codos acariciando las vetas de la madera de la barra. Las palabras que se habían elevado convertidas en gas, rebotaron en el techo, salieron disparadas en las direcciones más inesperadas, y alcanzaron a destinatarios para quienes no habían sido pronunciadas. Algunos las atraparon codiciosamente y las guardaron para sí en los pequeños bolsos, o bajo el ala de las chaquetas. Otros se las sacudieron a manotazos, como a insectos portadores de enfermedades mortales. La mayoría miraron alrededor buscando al emisor para devolverlas.
Las que nadie quiso vinieron a depositarse en mi vaso. Perdieron su condición gaseosa y se transformaron en un líquido azul del tono exacto que tus ojos bebían en la blusa de tu acompañante.
Era amargo. Lo apuré de un trago y rompí el vaso contra el suelo de la pista donde ya estabais bailando, ella con los pies descalzos. La luz estroboscópica intermitente fragmentaba y aceleraba vuestros movimientos como en las películas de cine mudo. Tú estás, tú no estás. Ella está, ella no está. Vosotros estáis, nosotros no estamos.
En una pared había una boa dentro de una gran pecera. Dicen que las serpientes son sordas, pero yo vi temblar la vertical de sus pupilas, y viéndola fue que se ordenaron dentro de mí las palabras que nadie había querido y yo me había bebido de un trago.
Con las puntas de los dedos ya teñidas de azul oscuro, escarbé en la tierra de la maceta más cercana y desenterré unas antiguas monedas. Pagué con ellas las copas que me había tomado y puse sobre los ojos y bajo la lengua las que me habían sobrado.
Las tres porteras uniformadas de negro me desearon buen viaje y me señalaron la zona iluminada por los focos de la fachada: la cuesta que descendía hasta el azul oscuro y definitivo del mar, por donde antaño subían los barcos para ser reparados en el varadero.
Pero el brebaje había surtido un inesperado efecto anestésico y, aturdida, me pregunté qué hacía allí, llamé a un taxi y con las monedas pagué el viaje de vuelta a casa.


Quima Bolsa es alumna de la Décimo Segunda Promoción del Máster de Narrativa. Nació en Zaragoza y vive en Barcelona. Apasionada desde niña por la literatura y la escritura, la vida la llevó por los derroteros de los negocios internacionales y ha tenido empresas propias en España, Hong Kong, Polonia, Alemania y México. En el 2018 abandonó toda actividad profesional para dedicarse por entero a la escritura. En la actualidad, además del master, está estudiando el grado de Humanidades en la UOC. Uno de sus primeros relatos ganó en el 2020 el XV certamen literario comarcal Jardiel Poncela de la Ribera Baja del Ebro.


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