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Pereira
"Cuando abrió la puerta del cuarto, el olor a éter y muerte se le vino encima." Relato
Por Olga Rosa Romero Publicado en Relatos en 25 septiembre, 2018 16 Comentarios 5 min lectura
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Pereira

A las tres de la madrugada, el teniente Pereira llegó al forense del pueblo de Soyula, resguardado en la pick up negra o su ataúd temporal, como él mismo le decía. Al salir de la camioneta la voz hueca del teniente le dijo a Higinio:

—No tardo. No te muevas de la entrada. Quiero salida franca.

Entró directo al fondo del pasillo cercado de bancas de madera desvencijadas. Cuando abrió la puerta del cuarto, el olor a éter y muerte se le vino encima. Su nariz larga y rectilínea se plegó un poco; su mirada quedó fija en un cuerpo tendido sobre una plancha de acero. Viéndolo sin miramientos piadosos, en realidad no era un cadáver sino una coladera de coágulos púrpuras por todos lados; manía poco práctica de gastar balas a lo pendejo. La camisa y los jeans se adosaban al cuerpo como una venda de sangre. Le dijeron que era el Islero, el capo que se le escabullía una y otra vez como una víbora de cascabel en medio del monte.

Dos de sus hombres se mantenían en posición de firmes pegados a la pared. Escuchó de inmediato el choque de los talones de sus botas y la frase de siempre: a sus órdenes, señor. El teniente asintió con la cabeza y se acercó a la plancha. La recorrió, despacio, por los cuatro lados. Luego se quedó parado observando lo que quedaba del rostro del muerto y dijo:

—Una ráfaga más y me entregan una bolsa de carne molida revuelta con huesos.

Se pasó una mano por la cabeza hasta llegar a la nuca; se acomodó el cabello que se ocultaba un poco bajo el cuello de la chamarra negra. Caminó hacia un lado para ver el perfil del cadáver. Se puso en cuclillas unos segundos y se levantó. Sacó un lapicero del interior de la chamarra y separó un poco la oreja de la cabeza del cadáver. No pudo ver nada, estaba cubierta de sangre. Enseguida ordenó a uno de los soldados:

—Jacinto, límpiale la oreja. No uses alcohol, solo agua. Hazlo con mucho cuidado.

—Sí, mi teniente.

Pereira se hizo a un lado y dijo:

—Todos estamos de acuerdo. No hay ni una puta duda. Este hombre no es el Islero. Se nos escapó. ¿Verdad? ¿Alguno de ustedes tendrá los huevos para decirme que pasó?

—No fue nuestra culpa —contestó Ampudia, el soldado más alto—. Fue uno de los gringos. Era un escuincle pendejo. Le entró miedo y empezó a disparar a lo loco. Mató a este, que iba con el Islero.

—¿Y el escuincle pendejo dónde está? —preguntó Pereira.

—Este hombre alcanzó a rociarlo con una ráfaga —respondió Ampudia, señalando al cadáver con el índice—. Fue un fuego cruzado. Se lo llevaron los gringos.

Jacinto interrumpió la conversación:

—Listo, mi teniente. La oreja está limpia.

Pereira se acercó al cadáver, levantó la oreja y encontró el pequeño chip en forma de un grano de arroz oculto bajo el pliegue que la unía con la cabeza. Sacó su celular, activó la brújula y esta empezó a dar vueltas sin parar.

—Funciona —masculló entre dientes.

Enseguida, ordenó a Jacinto que cubriera el cadáver con una manta y dijo:

—Vámonos. Este cadáver tiene dueño. Es de los gringos. No tardan en venir por él. El escuincle pendejo y el muerto estaban en el mismo bando. Mañana hablamos.

Pereira miró el cadáver por última vez. Movió la cabeza de un lado a otro. Salió del forense. Se subió a la pick up. Traía un avispero machacándole la cabeza: «Son del mismo bando. No quieren que se sepa que el Islero está vivo. No se nos escapó… Maldita sea, ellos lo tienen».
La luna iluminaba toda la calle por donde venía una Suburban azul: la típica camioneta de los vecinos del norte para cargar cadáveres. Pereira se puso una gorra negra blindada que sacó de abajo del asiento mientras mascullaba una orden:

—Arráncate, Higinio. Sin luces. Despacio, despacio, como si fueras a buscar pelea con la morena.

Después, escuchó el chirriar de las llantas de la Suburban y unas ráfagas de metralleta abriéndose paso dentro del forense.

Se metieron al monte en la primera brecha que hallaron. Bajo unos sauces esperaron una hora. Luego pasaron frente al forense sin detenerse. Volvieron al monte y regresaron al edificio por la parte de atrás. Pereira sintió un puyazo en el estómago: la pick up de sus hombres seguía estacionada junto a la puerta, al lado de la Suburban. Los había perdido. Tardaron un puto segundo, solo un puto segundo, y se los cargó la chingada. Las mandíbulas de Pererira se tensaron. Volvió a mirar a Higinio y se puso un dedo en los labios infaustos que ya no morderían la mujer que le mató el Islero; enseguida, con otras señas, le ordenó: calma, voy solo, quédate aquí. Cargó sobre el hombro la correa de su metralleta. Escuchó unas risotadas, las de los gringos, igual de podridos que los narcos de acá. Con una patada abrió la puerta, y roció toda la metralla de odio que llevaba dentro de las entrañas. Los hombres zigzagueantes bailotearon como electrocutados, igual que los muertos que cargaban sobre sus espaldas. Pereira no desperdició ni una bala, más bien le faltaron. Los cuerpos que perforó eran una coladera de coágulos púrpuras encima de los cadáveres de Jacinto y Ampudia.

En la memoria de Pererira se sumaron dos vidas más a la cuenta del Islero.

 


Olga Rosa Romero, alumna de la Novena Promoción del Máster, nació en la Ciudad de México y es economista.


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  1. Tan descriptivo y vívido que se siente la angustia al leer y casi se puede ver el color de la sangre y las caras de todos, hasta del escuincle p….!!!!!….. ¿y que sigue?…..

  2. Muchas gracias por tu comentario. Falta que Pereira encuentre al Islero. Vamos a ver si sale una serie de relatos.
    Un abrazo

  3. Como siempre un deleite leerte, me transportaste a la escena y permites que el lector forme parte de la historia y pueda ver el cuadro completo. Muchas felicidades y una vez más me dejas con ganas de más.

  4. Un relato impactante ,crudo,real que corta la respiración y no puedes dejar de leer de corrido.Historias que pasan en muchos lugares y Olga las describe con una gran maestría.

    1. Estimada Teresa, gracias por tus comentarios. La verdad, me atrae mucho el realismo negro y trabajar con detalle las movimientos de los personajes, sus voces, sus gestos que dicen tanto.
      No tengo el gusto de conocerte, pero me parece que tenemos muchas coincidencias litetarias en nuestras lecturas.
      Un abrazo

    1. Lilita, gracias por tus comentarios. Es cierto, la decisión de venir a España ha valido la pena en todos sentidos. El placer de leer y escribir ha crecido, como diría Sara, mi querida amiga colombiana, infinitamente.
      Un beso

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