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Secretaría de Estado para la soledad
«Fue una buena idea configurar al ayudante para que lo llamara así: Víctor Cariño. Resulta reconfortante. Aunque sea otra puta máquina de voz sintética.» Relato
Por Tannia R Tamayo Publicado en Relatos en 16 octubre, 2022 Un comentario 23 min lectura
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Secretaría de Estado para la soledad

 

Son las seis y veinte de la tarde y hoy es viernes. Víctor deja que su espalda se deslice por el cabecero de la cama hasta que puede apartar la bandeja del almuerzo con los pies. La mesita de noche está ocupada por la taza vacía del café de esta mañana y la caja de cartón con un poco de la pizza de la cena de ayer.
El vasito del yakisoba se ha volcado y un líquido aceitoso se derrama sobre las sábanas arrugadas a los pies de la cama, pero Víctor tiene los ojos fijos en la televisión y se está acomodando con una almohada a cada lado. Lleva puestos sus auriculares inmersivos. En la pantalla una mujer de pechos pequeños le practica sexo oral a un hombre blanco como la leche. Víctor está bajándose la bragueta, dentro del bolsillo, cuando su móvil se pone a vibrar.
—Mierda —dice.
Y atiende la llamada.
—Buenas tardes. ¿Víctor Lavilla?
Es una mujer.
—Sí. Dígame.
—Buenas tardes —de voz grave y monocorde —. Soy la responsable de su distrito en la Secretaría de Estado para la Soledad. Por su propio interés, esta conversación está siendo grabada. De acuerdo con el protocolo veintiséis, barra tres de quince de agosto de dos mil setenta y tres, le notifico que hace cuarenta y ocho horas que obra en esta Secretaría su distinción como receptor vital de su madre.
—¿Qué?
—Se lo repito —parece que leyera—: De acuerdo con el protocolo veintiséis, barra tres de quince de agosto de dos mil setenta y tres, le notifico que hace cuarenta y ocho horas que obra en esta Secretaría su distinción como receptor vital de su madre.
Víctor se pone de pie dándole la espalda a la felación y mira el reloj.
—Pero qué dice, mi vieja está descansando en el salón. Es su hora de la siesta.
Silencio al otro lado.
—¿Mamá?
Víctor ha abierto la puerta de su habitación y le ha gritado al pasillo. Las luces están apagadas. En cuatro zancadas apresuradas ha llegado al salón. La puerta de doble hoja también está cerrada, pero dentro no hay nadie.
—Vieja, ¿dónde estás?
—¿Señor Lavilla?
Se asoma a la cocina. Vacía.
Abre la puerta de la otra habitación de la casa: la persiana está bajada, la cama hecha. Un camisón arrugado cuelga del pomo del armario.
—Señor Lavilla… ¿Está usted ahí?
—¿Eh? Sí, perdone. Debe de tratarse de un malentendido. Mi madre está perfectamente, mi madre…
—Hace cuarenta y ocho horas que obra en esta Secretaría su…
Hace más de cuarenta y ocho horas que no sale de su habitación más que para recoger la comida. Víctor detiene sus pasos sin rumbo en mitad del pasillo, delante del buzón electrónico.
En la pantalla centellean decenas de mensajes sin abrir.
—Por favor, no me lo repita más veces. —Hunde aún más el puño dentro del bolsillo del pantalón—. Además, en todo caso, es mi hermano Adolfo al que ella otorgaría, quiero decir, al que distinguiría, usted ya me entiende: como receptor vital. Es a él al que siempre ha considerado más apropiado para…, para todo, en realidad. ¿Está usted segura?
Silencio al otro lado. Por fin, de nuevo, esa voz de maquinaría engranada.
—¿Es usted Víctor Lavilla?
—Pero si la vieja está bien. Es su hora la siesta.
—¿Es usted Víctor Lavilla?
Víctor saca la mano del bolsillo y la deja caer a lo largo de su pierna.
—Que sí, que soy yo. ¿Puedo hablar con mi madre, por favor?
La mujer le está repitiendo otra vez lo mismo. Con esa voz postiza, disfrazada. Que ya se lo ha dicho, que hace cuarenta y ocho horas que la distinción está en la Secretaría y que el plazo de alegaciones ha expirado.
—A no ser que exista una objeción suficiente y demostrable —continúa diciendo—, deberá presentarse en el transcurso del día de hoy en el Centro Unificado de Recepción Vital. En caso de que la hubiera, el acto podría posponerse. Puedo leerle el listado de objeciones suficientes. ¿Lo necesita? Por favor, conteste sí o no.
Víctor emprende la marcha otra vez hacia su habitación. Puede que, sí: puede que sea una Inteligencia Artificial lo que le está hablando.
—No. No tengo ninguna.
—Le recuerdo que los derechos y obligaciones derivados de su distinción como receptor vital son unipersonales y no son renunciables ni subrogables. ¿Lo ha entendido? Por favor, conteste sí o no.
Silencio en este lado.
—¿Señor Lavilla?
Y entonces ella lo repite otra vez. La misma frase. El mismo tono.
—Por favor, conteste sí lo ha entendido con un sí o con un no —termina la voz.
—Sí, lo he entendido.
—Necesito que me autorice para acceder a su perfil completo y utilizarlo. Bastará con que diga «Autorizo»  para proceder con los trámites.
—Autorizo.
—¿Tiene usted alguna pregunta al respecto del protocolo que acabo de poner en su conocimiento? Por favor, conteste sí o no.
—No, ninguna duda.
—En ese caso, gracias por su atención. Le deseo una buena tarde.

Víctor sube a su coche y le da la dirección al ayudante.
—Centro Unificado de Recepción Vital. Conduce tú y evita peajes.
—Ponte el cinturón, Víctor Cariño.
Fue una buena idea configurar al ayudante para que lo llamara así: Víctor Cariño. Resulta reconfortante. Aunque sea otra puta máquina de voz sintética.
Víctor fuerza las comisuras de sus labios hacia arriba pero su sonrisa se desploma.
Receptor vital de la vieja.
El coche comienza a deslizarse por el colchón invisible de electromagnetismo y él se acomoda en su butaca con el cinturón puesto.
—¿Música, Víctor Cariño? —le pregunta el ayudante.
—Cállate de una puta vez.
Tiene que avisar a Adolfo.
No hay tráfico para entrar a la ciudad, pero la autopista está colapsada en todos los niveles y carriles de salida. Fin de semana. El azul del cielo le resulta tan molesto como los coches con los que se cruza, ocupados por grupos de personas con semblantes felices.
Debió de decidirlo el miércoles, la vieja, pero no dijo nada ¿Por qué no nos dijo nada? Claro, estando Adolfo delante, ella ni mu. ¿Va a llamar a Adolfo? Víctor está dudando. El muy cabrón  la dejó plantada; el martes, Adolfo pasó de la vieja. Y no por primera vez. Luego lo arregla los miércoles a la hora del café. Con el lloriqueo de ay mami, la sesión clínica de urgencia para decidir sobre esto. Sobre aquello. Sobre la embarazada diabética que te conté, que no sabemos si sacarle al niño ya y matarlo a él, o dejárselo dentro y matarla a ella.
El divino Adolfo, decidiendo sobre la vida y la muerte de otros.
—Ay, mami, lo siento —su lloriqueo del miércoles pasado—, perdóname.
Y las manos de la vieja entre las de él, su hijo, el rubio y guapo doctor Adolfo Lavilla, vivo retrato de su padre. Su hijo mayor que tiene que ir a verla los martes para almorzar y los domingos para llevarla a misa. Pero no hay manera de que vaya dos martes seguidos. Y la vieja no ha vuelto a comulgar desde que murió papá.
—¡Pero di algo! —le había dicho Víctor a su madre—, que ni siquiera avisa de que no va a aparecer.
—Tú cállate, mequetrefe —dijo Adolfo—. Si salieras de tu habitación de vez en cuando podrías atenderla mejor.
—¡Salgo cuando me toca, jeta!
Y ella callada. En su sillón orejero, con el cráneo cubierto por el cabello gris apretado en un moño y unos ojos acuosos que van de Adolfo a Víctor y de Víctor a Adolfo.
Y sigue el lloriqueo con las manos de la vieja atrapadas entre las suyas, a ver si suma justificaciones al plantón del martes: la graduación de las gemelas por la tarde, dos doctoras más, mami. El almuerzo que María Eugenia ha preparado con su director de ventas para que la promocionen a no sé qué jefa de no sé qué palabro en inglés.
Y no se presenta y tú te quedas sola y el martes se te pasa sin comer. Que Adolfo te quiere mucho, ay, mami, de verdad que no para de pensar en ti. Pero no le da la vida; el hospital, las gemelas, María Eugenia.
Adolfo lo mira con los ojos brillantes. Sus manos de uñas impecables sobre las de la madre.
—Menos mal que está aquí Víctor —dice—, menos mal que él tiene tiempo para cuidarte.
Y Víctor no sabe si es sarcasmo. Pero es cierto: tiene tiempo. Porque no es médico, no tiene gemelas, ni una Eugenia morenaza a punto de promoción. Es el hermano pequeño que escribe poemas que no le importan a nadie una puta mierda. Poeta sin horario fijo, en bata, en la cama. ¿Cómo va a alquilarse una casa si no tiene ni para comer? Cómo desea partirle la cara a su hermano mayor, esa cara pulida de nariz recta que huele a aftershave de marca.
Pero se sienta sobre sus manos, literalmente.
—¡Solo tienes que venir los martes y los domingos, cabrón, que yo también tengo una vida!
Se lo dice a gritos y la vieja se remueve entera en el sofá. Está tan pálida que parece que no hay piel encima de su calavera.
—Pero, vieja, ¿de verdad no le vas a decir nada?
La vieja calla. Hunde los hombros menudos y desaparece aún más dentro de su jersey de punto.
Adolfo la besa y se va al hospital con ese gesto tan suyo; esa prisa que le crispa la cara desde el entrecejo al labio superior. Claro, el doctor Lavilla tiene que salvar vidas. Ay, mami.
El miércoles por la noche, mientras mira el puré de calabacín goteando en la barbilla de su madre, le da la sensación de que a la vieja le faltan las palabras, o que no se le ocurre tema de conversación, ni siquiera para, como siempre, disculpar a Adolfo. O darle la murga con lo guapas que son las nenas, y todo lo que trabaja su hermano mayor, y lo considerado que está en el hospital.  Eh: y las vidas que salva.
Eso es lo único que le nota.
Ella que no para de hablar ni debajo del agua.
Eso fue lo único raro, si es que hubo algo raro que le notó a la vieja el miércoles.
El ayudante detiene el coche, que se posa en el suelo con un zumbido grave. Las puertas se desbloquean
Clic.
—Víctor Cariño. Hemos llegado: estamos en el Centro Unificado de Recepción Vital.
Por una vez, Víctor Cariño es el elegido, piensa sintiendo un sabor acre en el fondo de la garganta. Ya lo avisarán, a Adolfo. Alguien de la Secretaría lo llamará. Seguro.

—Por favor, sígame.
Una joven, no más de treinta años, lo acompaña por un pasillo de techo cóncavo. Cada tanto se suceden a uno y otro lado puertas casi camufladas en la superficie bruñida de las paredes. Víctor anda unos pasos por detrás de esas caderas. Bajo la luz lechosa, los zapatos blancos de medio tacón de la joven repiquetean como el pico de una gallina sobre el suelo abrillantado. Tiene los tobillos delgados y los gemelos se le marcan por debajo de las medias blancas.
—Es aquí —dice ella deteniéndose delante de una de las puertas.
Avanza la palma de su mano hasta que casi toca el lugar donde se supone que están las juntas. Apenas son visibles. Un clic y la puerta se abre.
—Tómese el tiempo que necesite. Las instrucciones están en manos de su madre —dice apartándose para dejarlo entrar—. Cuando acabe simplemente dígalo. Vendré a buscarlo para que se reúna con el resto de su familia. Agradézcaselo, señor Lavilla: la mujer que le dio la vida, le ha distinguido con este honor.
—Sí —dice él sin mirarla a la cara pero negando con la cabeza—, a mí.
—Considérese afortunado: su madre podría no haber ejercido su derecho. No tenía ninguna obligación. O haber elegido a su hermano. Ya me hubiera gustado que la mía me hubiera elegido a mí. Con la falta que me hacía.
La mujer se queda con la palabra en la boca porque él cruza el umbral de la puerta y pisa el pasillo que conduce a la habitación.
—Puede que ella le escuche —dice la joven a su espalda.

Está tumbada. La madre está tumbada en una cama con los brazos extendidos a lo largo del cuerpo. Lleva puesta una túnica amarilla. Tiene los ojos cerrados y el pelo suelto repartido en mechones ralos sobre los hombros. Está rodeada de máquinas. En una, brilla una cifra digital: un setenta y dos. De otra máquina cuelgan dos bolsas de plástico: la más grande contiene un líquido transparente que baja por un tubo hasta la mano de la madre, la bolsa pequeña es plateada y opaca y está conectada al tubo por una palometa verde. La vieja tiene una aguja ensartada en una vena gruesa y azul y su mano descansa sobre un papel blanco.
Las instrucciones.
Las señales electrónicas rompen de vez en cuando el silencio de la habitación.
Víctor se detiene a poco más de un metro de la cama.
—Mamá —dice.
Ella no mueve ni un músculo. Él, en cambio, da un paso atrás y gira la cabeza hacia la puerta cuyas juntas ya no se distinguen.
—Mamá —repite.
Esta vez es casi un susurro.
Avanza un poco más. Con pasos cada vez más pequeños. Sin apartar la mirada del sobre que hay debajo de la mano de su madre. Es blanco como la sábana. Lo coge con dos dedos y tira de él hasta que cede. Vuelve a mirar la puerta antes de abrirlo y leerlo. No tarda. Cuando acaba, dobla el papel y localiza la cámara que parpadea en la esquina del techo. Asiente repetidas veces mirándola. Mete el papel en el sobre y lo guarda en el bolsillo de su pantalón.
—Vieja: no sé qué decir. —Se sienta a su lado —. ¿Lo has hecho por la pasta? Podríamos haberlo hablado.
Víctor se recoloca en el borde de la cama y hunde los dedos entre sus cabellos rizados. Se peina. Se rasca. Se despeina. Mira a su madre.
—Hay que joderse, vieja —exclama.
Y se tapa la cara con las manos. La madre no se mueve, pero los números azules comienzan a cambiar mientras él solloza. Setenta y dos, ochenta y cinco, noventa y cuatro. Cuando llega a cien un pitido largo lo saca del claustro de sus manos con un sobresalto.
Entonces, como si alguien tirara de él, se levanta y gira la palometa verde que conecta el tubo flexible con la bolsa plateada. La cánula se opaca y se tiñe de gris.
Víctor se sienta y coge la mano de su madre en el momento en que el líquido turbio alcanza la vena. Un setenta y ocho, azul, se estabiliza y la pantalla se apaga. Las señales acústicas cesan. Los dedos de la anciana comienzan a azulear entre las manos de su hijo y sus labios se destiñen unos instantes después.
—Joder, mamá —susurra Víctor.
Ella respira con una cadencia cada vez más pausada. Tiene la boca cerrada y los músculos faciales endurecidos. Las ojeras, como si los ojos se estuvieran replegando, se han vuelto negras. Los pies, al final de la túnica amarilla, ya son del mismo color que las manos.
La madre deja de respirar. El pecho se detiene. Su cara se tiñe de un gris tan apelmazado que ya no se distingue del de los labios.
No respira.
—¿Mamá?
El hijo cierra sus manos sobre las de ella hasta que los nudillos se le ponen blancos. Con la última exhalación, la madre abre los ojos y las pupilas, enormes, se imprimen para siempre en la mirada enrojecida de Víctor.
Durante los siguientes minutos la quietud es absoluta. Ella aún lo mira, quemando la última luz en el fondo de sus ojos. La madre se va mientras las arrugas de la cara se desdibujan, se alisan y desaparecen. Mientras sus ojeras se aclaran hasta envolverse el rostro con el color de la cera fundida.
La boca, abierta. La nariz, afilada. Las mejillas hundidas.
Por fin, el hijo adelanta una de sus manos y con la misma yema de los dedos con los que le cierra los ojos, le toca los labios.
Doblados hacia adentro.
La boca tan abierta.
—Ya he acabado —dice.
En seguida se oye el repiqueteo lejano de los zapatos de medio tacón.
—¿Dónde están tus dientes, vieja? —dice—. Así no te puedes morir.
Entonces mira la mesita y ve los dientes sumergidos en un vaso de cristal, al lado de un abanico de encaje blanco y una botella de agua.
Víctor saca los dientes del vaso y mete los dedos dentro de la boca que era de su madre. Se moja los dedos con la saliva de la muerta hasta que encuentra sus encías duras y le coloca los dientes de resina.
Se mira los dedos. Se los lleva a la nariz. Juega con la saliva entre ellos. Los restriega contra la sábana.
Lo último que hace, antes de salir de la habitación donde su madre le ha dado la vida al morir, es coger el abanico de encaje.
Clic.

Adolfo está en el pasillo abovedado, hablando frente a frente y en voz muy baja con la mujer de los gemelos gruesos.
—Gracias —dice cogiendo una carpeta que ella le tiende.
Los labios de la mujer están pintados de un rojo intenso y le están dedicando una sonrisa cómplice que a Adolfo le podría gustar si no fuera porque no la entiende; no imagina qué secreto podrían tener en común. Y además está fuera de lugar; su madre acaba de morir. ¿Por qué le sonríe así? Está a punto de perder la paciencia cuando ve a su hermano pequeño salir de la habitación donde a él se le ha negado el acceso.
—El ejemplar para la Secretaría debe registrarse allí antes de veinticuatro horas. —Sigue tan risueña—. El ejemplar para la familia debe presentarlo el receptor vital en su banco para que sean efectivas las transferencias a su cuenta corriente.
Adolfo mira a través de ella como si fuera translúcida. Lo que lleva Víctor en la mano es el abanico que María Eugenia le regaló a mamá en Navidad. Es una reliquia carísima. El corazón se le sube a los oídos y le golpea furioso debajo de las sienes.
—¿Me escucha, doctor Lavilla?
—Está entendido —dice Adolfo.
La tipa es un obstáculo visual entre ellos. ¿Pero por qué sonríe?
—Adiós —acierta a decir cuando ya la ha dejado atrás.
Míralo, va pensando con cada paso que los acerca: Dando por saco hasta el final. Víctor, el generoso. ¿No, mamá? Tan generoso. Tan sensible.
—Joder, tío —dice—, no me has llamado.
Víctor se mira los dedos.
—Le he puesto los dientes.
—¿Por qué no me avisaste?
—Sin dientes parecía un verso mal acabado —contesta Víctor con los ojos muy abiertos.
¿Los dientes?
Adolfo abre la boca como si fuera a decir algo, pero se queda en silencio.
¿De qué gilipollez poética habla?
Víctor. Los porros en el instituto y el alcohol en la facultad. Los suspensos. La habitación siempre cerrada. Aquellas chicas con las uñas comidas que olían a tabaco y a sudor. Las broncas de noche: no son horas de llegar a casa, borracho como una cuba. Las broncas de día: no le hables así a tu madre. Eternas peloteras que no servían para más que para joderles la vida a los dos. A papá y a mamá. Pobres.
Siempre quejándose de la madre: Alfonso, tío, que vengas tú a aguantarla toda la semana. Que es muy pesada. Que no calla, coño: que si la reforma de la reforma de la puta cocina, Dios: desde las baldosas hasta los botes de la despensa pasando por el congelador. Y luego nunca está contenta con nada: la tortilla está cruda; la tostada, demasiado hecha; el agua del té hay que hervirla. Insufrible la vieja, Adolfo, que tú vienes de visita y no lo sabes.
Con lo fácil que era darle el gusto a la pobre.
Vago, desagradecido.
Que no, Adolfo, te equivocas, que tu hermano es generoso. Todo corazón. Tan sensible.
Que sí, Adolfo: tú como vienes de visita no lo sabes, pero la vieja está todo el día pidiendo. Y cuando uno está poeta no puede interrumpírsele: así no puedo.
Tanto culparla a ella de tu fracaso.
Valiente zángano, si no te da la voluntad ni para abrir el correo.
Vieja. A Adolfo no le gusta nada como suena. A ella tampoco le gustaba.
La maldita manía de hacer las cosas a medias, Víctor. Así te ha ido y así te va.
Que te nos has ido.
Y este, ¿qué?: Víctor Tansensible y sus lágrimas de cocodrilo.
Entonces Alfonso da un paso adelante. Es más alto que su hermano.
—Tú, esto, lo tenías hablado con mamá —dice—, si no, de qué: el médico soy yo.
Tenía que haberlo visto venir: el hermanito pequeño se lo ha montado delante de sus narices desde que murió papá y al final lo ha conseguido.
—Aunque te hubiera llamado no hubiera cambiado nada, ella quería que lo hiciera yo  —Víctor cabecea arriba y abajo—, yo solo.
—Cuando me fui el miércoles estaba bien. ¿Qué pasó después?
Adolfo le habla tan cerca, que el pelo de Víctor vibra con su aliento.
—Justo al final ha abierto los ojos. Como asombrada.
Víctor apoya la espalda en la pared.
El hermano mayor lo coge por los hombros y lo zarandea como a un muñeco desmadejado.
—¿Qué te dijo? ¿Qué le dijiste?
—Perdón…, perdóname, vieja. —Víctor agacha la cabeza, coge las manos de su hermano y las junta con cuidado entre las suyas—. Dios, menos mal que no estabas, Adolfo.
Adolfo se deshace de las manos de Víctor como si quisiera arrojarlas contra el suelo y grita:
—¡Suéltame! —Lo señala—: ¿Sabes a cuánto asciende la renta de mamá de todos los años que la Secretaría estima que le quedaban por vivir?
Víctor calla.
—Van a ingresarte ciento setenta mil euros, mequetrefe. Y te darán una bonificación mensual de ciento cincuenta euros por ahorrarle al Estado veinte años de sanidad. ¡Hasta que te mueras! —exclama— ¿Y tú para qué lo quieres? ¡No tienes a nadie!
Víctor calla.
Desde el fondo del pasillo se oyen los zapatos de medio tacón acercándose, repiqueteando en el suelo como una gallina.

 


Tannia R. Tamayo es alumna de la VII promoción del Máster de Narrativa de Escuela de Escritores. Madrileña de nacimiento, Tannia es licenciada en Químicas y doctora en Economía. Ha sido profesora en la URL y en la EOI. Fundió y dirigió Make-A-Wish Spain hasta el 2014. Actualmente trabaja en ella como voluntaria. También ha estudiado ciencias naturales, sociales y arte, «pero no porque le guste clavar codos, ni siquiera porque sea muy lista, sino porque la dopamina la premia cuando descubre». El peso del humo (Ediciones Alberto Santos Ciencia Ficción, 2022) es su primera novela.


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