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Tormentas de arena
«Cerré el coche de un portazo y, en ese instante, se abrió una grieta en una de las figuras...» Relato
Por Laura Organero Publicado en Relatos en 19 enero, 2021 0 Comentarios 13 min lectura
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Tormentas de arena

 

Me sentía cansada de tanto conducir. Después de haberme pasado la mitad del día en un autobús con el logotipo de un galgo, terminé por alquilar un coche para atravesar una zona conocida como el mango de sartén. Había escuchado que en esta parte de Texas se forman unas tormentas de arena tan fuertes que, a veces, las partículas se meten en el motor de los coches y estos dejan de funcionar para siempre.
Había venido a visitar a mi amiga Cathy, la escultora. Nos conocimos diez años atrás en un curso de punto. Yo me inscribí porque el gato persa que tenía con David se había quedado con él tras la separación y necesitaba librarme de todos los ovillos que tenía por casa.
No recuerdo qué fue lo que movió a Cath, probablemente fueron los rumores que circulaban sobre el profesor: un tipo sonriente con manos de leñador que deslizaba los hilos entre los dedos de una manera que hacía que nos entraran ganas de tejer patucos y gorros de color pollito. Cathy, que ya entonces resultó ser muy hábil con las manos, acabó con una montaña de bufandas y guantes para poco después mudarse a Texas persiguiendo a un músico. Yo seguí paseando mi licenciatura por la costa este mientras empalmaba un trabajo con otro y tejía gorros de lana para el perdedor de turno. Supongo que lo que me había traído hasta aquí era mi admiración por ella.

Seguí las indicaciones que me había dado para encontrarnos en el Lost Café, un lugar que resultó parecerse a una gran urna de cristal de luces difusas cuyos mejores tiempos habían quedado atrás. Aparqué el coche entre el café y un salón de uñas con las luces de neón apagadas. Aquel sitio tenía algo de misterioso, me refiero al café, parecía como si la fricción de la arena contra el vidrio de la fachada hubiera deteriorado los cristales hasta convertirlos en una mampara borrosa. Me acerqué, abriendo los ojos lo justo puesto que se había levantado algo de viento, ahuequé las manos y pegué la nariz al cristal para encontrarme con un tacto suave y caliente. El lugar estaba medio lleno y todo en su interior presentaba un aspecto grisáceo, con gente lánguida bebiendo en vasos de papel y platos desechables. Me atreví a abrir la puerta y sentarme en la primera mesa libre cerca de la entrada. Apenas tuve tiempo de quitarme la chaqueta cuando, al bajar la mirada, me topé con la imagen de unas piernas vestidas con medias color visón. Era una camarera cincuentona con el pelo rizado de manera agresiva, diría que casi violenta. Entre la maraña que conformaban sus rizos había conseguido fijar un bolígrafo.
—¿Ya sabe lo que quiere? —dijo mascando chicle.
—No, aún no.
—Pues debería —Y se fue, la muy… se fue.
Preparé una respuesta ingeniosa y en cuanto se acercó de nuevo, lo solté:
—No como nada que tenga cara —mentí.
—¿Qué tal unas patatas con queso fundido? ¿Una ensalada verde? ¿O una batata asada? —para cuando dijo batata ya estaba sonriendo.
—Tráigamelo todo.

Cathy llegó al mismo tiempo que la ensalada verde; y la verdad, no me decepcionó, la ensalada era, como su nombre decía, una ensalada verde. No era del verde al que estamos acostumbrados en la costa este, pero estábamos en Texas y probablemente le estaba robando la comida a algún ternero con arena en los ojos.
Cathy tampoco me decepcionó, se parecía bastante a la mujer que había conocido más de diez años atrás. Aquella veinteañera bonita y pequeña, capaz de conversar, tejer con gracia y sonreír al profesor mientras hacía que los dedos bailaran con la aguja. Aún conservaba ese rubio de sol y playa que tenía cuando nos habíamos conocido, me quedé mirando su flequillo espeso con envidia.
—Parece como si solo te alimentaras de guarniciones —dijo mirando el plato.
Para entonces la camarera había vuelto, me di cuenta de que llevaba una chapa con lo que en algún momento fue su nombre, aunque las tormentas de la zona hubieran borrado ya las últimas letras.
—Tomaré un té helado sin azúcar —dijo  sin mirarla—. Este sitio es horrendo —añadió en voz baja.
—¿Entonces qué hacemos aquí?
—Se me ocurrió que te gustaría.
—¿Por qué iba a gustarme? —pregunté.
—¿Por qué no? —dijo ella al coger el vaso directamente de la mano de la camarera.
—Solo digo que no encuentro un motivo concreto.
—Pensé que iba con tu personalidad —dijo e inclinó el azucarero sobre el té.
—En cuanto te acabes eso, nos vamos; quiero enseñarte mi estudio-galería —dijo y dio unas palmadas en el aire.

Nos marchamos sin que me diera tiempo a probar los tubérculos. Al salir, Cath le hizo un gesto a la camarera de pelo enmarañado.
—Invito yo —dijo girándose hacia mí—. Sandra es la hermana de John. Una arpía esta Sandra, nunca reparte las propinas, pero John es un encanto, seguro que está en casa, te lo presentaré cuando lleguemos.
Cath se sentó en la parte de atrás del coche, e iba gesticulando para hacer indicaciones caóticas mientras yo trataba de seguir sus manos mirando de reojo por el retrovisor central. No tardamos mucho en llegar, de hecho, hubiera jurado que habíamos dado un rodeo.
—¿Lleváis mucho tiempo en esta casa? —dije al bajar del coche.
—Nos mudamos hace unos meses, en la anterior no encontré un lugar apropiado en el que hacer mi estudio, ya sabes, guardar la arcilla, los cinceles y todas esas cosas que tenemos los artistas.
Fuimos directas al garaje, Cath levantó una persiana que encontraba resistencia en cada una de las partículas de arena que había en el carril y forzó una sonrisa mientras tiraba hacia arriba. Después me empujó para entrar.
—Este es el lugar en el que todo está bien, aquí soy yo —canturreó bajando la puerta con rapidez y menos esfuerzo.
Era como si hubiera levantado la cortina de un teatro y el escenario fuera un garaje sucio y desordenado con algunos bultos indescifrables hechos de barro.
—Todo lo que ves está hecho con arcilla, una arcilla que hago yo mezclando la arena que recojo en la zona del mango de sartén, después la mezclo con agua mineral y hago mis maravillosas obras.
—¿Los cuadros también? —pregunté.
—Los cuadros los que más. Y mira, esa escultura fue la primera que hice al llegar aquí —dijo señalando algo que parecía un nudo.
—Parece un nudo.
—Es un nudo.
—Está bien. ¿Y esta? —dije—. Parecen dos niños, ¿son niños?
—No.
El soplido del viento de fondo y el golpeteo de la puerta del garaje se intercalaron con el inesperado silencio de Cath que, ahora, miraba fijamente un caballete.
—¿Ya has vendido alguna? —dije y señalé los bultos de barro.
—Aún no, pero hay mucha gente interesada, ¿sabes?, sobre todo clientes del Lost Café.
—¿El sitio mugriento de antes?
—Sí, trabajo en el turno de noche, te lo había dicho, ¿no? Así es como conocí a John. Hablando de él, creo que está en casa, te lo presentaré, es un encanto.

Seguí a Cath sin abrir la boca, el salón era una estancia aún más desoladora que el propio garaje. A decir verdad, no hubiera dicho que John fuera el hermano de aquella camarera avejentada, parecía el típico cantautor atractivo con pinta de vaquero, de esos tipos que prueban suerte tocando en bares de autopista y antros con suelos de madera. Hubiera dicho que el hombre orquesta llevaba un buen rato descansando sobre un sofá de dos plazas con los pies extendidos sobre la mesa; al lado de sus botas puntiagudas había un par de botellas vacías de Lone Star.
—Cath nunca me había hablado de ti. Anda, nena, podrías traerme una cerveza. Por cierto, ¿habéis oído lo de la tormenta?
—¿El qué? —pregunté mientras veía cómo Cath se marchaba.
—Se acerca una tormenta de arena, lo acaban de decir en las noticias —dijo él.
—He oído que hay muchas por aquí —contesté.
—Depende —dijo rascándose una barba descuidada.
—¿De qué?
—De cómo sople el viento. A veces hay una al mes. Otras veces todo está en calma durante semanas y solo te preguntas cuándo será la próxima.
—¿Entonces ahora es la época?
—Siempre es la época, ¿sabes? Lo importante es que no te atrape el remolino. Es lo más peligroso, sin duda.
—En la costa este no tenemos tormentas de arena, pero a veces cae una nevada que lo colapsa todo y nos quedamos aislados.
—Ya, tesoro, pero la nieve es otra cosa. El roce de la arena lo acaba estropeando casi todo. Lo único que podemos hacer cuando aparece es ponernos a cubierto —dijo John mirando hacia la cocina.
—Al final parece la misma cosa, pero a kilómetros de distancia, ¿no?
—Supongo —dijo él aún con la mirada en la cocina.
—Supongo —y me encogí de hombros.
Cath regresó con una cerveza en la mano y la dejó a los pies de John, junto a las otras botellas vacías. Después le levantó los pies de la mesa y colocó un cojín debajo.
—John, lo vas a manchar todo de tierra —dijo sentándose a su lado.
—Le estoy diciendo a tu amiga que hay un aviso de tempestad para esta tarde.
—Entonces será mejor que te marches ya —dijo Cath.
—No sé si le dará tiempo a llegar. ¿Dónde te quedas? —preguntó antes de dar un trago a su tercera Lone Star.
—En el motel que hay dos salidas más al oeste. Alquilé un coche y me preocupa que el mecanismo pueda llegar a estropearse.
—Guárdalo en el garaje y quédate —dijo John.
—¿En mi estudio? —dijo Cath incorporándose.
—El estudio, el garaje, ¿qué más da?, se le va a estropear el motor si no lo pone a cubierto y el coche no es suyo.
—Si te apuras, te dará tiempo a llegar —dijo ella levantándose de un salto.
—Preferiría no tener que conducir a toda prisa, no conozco estas carreteras, a la ida me desorienté y estuve dando vueltas un buen rato —dije.
—Te abriré el garaje para que aparques —dijo John.
—Me haríais un favor —dije y busqué los ojos de Cath bajo su flequillo.

Cuando salimos los tres a la calle el ambiente era pesado y ocre. Me pareció escuchar un silbido que venía de lejos; arranqué el coche e incluso con el motor en marcha, pude escuchar la resistencia que encontraba la puerta del garaje al deslizarse. John la había subido con una mano mientras con la otra aún sujetaba la cerveza, que bebió de un trago y la puso sobre uno de los bancos de trabajo de Cath.
Después vi cómo movía un gran caballete de pintura y lo apartaba a un lado, junto a la escultura de dos figuras que yo había confundido con niños. John era un tipo grande que se movía con torpeza, e hizo que una de las figuras se llevara un golpe de las patas extendidas del caballete, aunque la cosa no fue a más, Cath musitó algo e inclinó la cabeza.
John subió al asiento del pasajero y me puso una mano en la rodilla, por un instante imaginé que una lluvia de arena caía desde sus botas de vaquero hasta el felpudo del copiloto.
—Allá vamos, por este lado vas bien —dijo mientras asomaba la cara por la ventanilla.
Pisé el acelerador con suavidad mientras veía a Cath con los brazos cruzados mirando fijamente las esculturas. El coche encajó a la perfección en el hueco que había preparado John. Apagué el motor y ambos nos bajamos del coche.
—Gracias —dije y paseé la mirada de uno a otro.
Cerré el coche de un portazo y, en ese instante, se abrió una grieta en una de las figuras infantiles, la fisura fue avanzando y abriéndose paso casi como si se tratara de una ilusión; después, contagió a la figura que estaba a su lado, y en cuestión de segundos la escultura entera comenzó a desvanecerse hasta convertirse en un montón de tierra.
No dije una palabra, tragué saliva y me limité a escuchar el sonido de los granos de arena entre mis dientes.


Laura Organero, alumna de la XI Promoción del Máster de Narrativa, nació en Madrid. Estudió Publicidad y Sociología. Ha trabajado en investigación de mercados dentro del sector editorial y en recursos humanos para la banca. El mundo corporativo nunca le terminó de satisfacer, por lo que ahora dedica su tiempo a la escritura, la cocina y la enseñanza profesional del yoga. Sus experiencias en países como Estados Unidos, Canadá, Nueva Zelanda, Centroamérica, Asia Oriental y parte de Europa nutren sus relatos. También forma parte del consejo editorial de La Rompedora.


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