menu Menú
Un perrito para Antonia
«Antonia quería un perrito.» Relato
Por Montserrat López Publicado en Relatos en 14 junio, 2022 4 Comentarios 5 min lectura
Sentirse en lo frágil Anterior No Siguiente

Un perrito para Antonia

 

Antonia quería un perrito. Hacía mucho tiempo que se fijaba en las mascotas de sus amigos y los perros que paseaban los vecinos frente a la casa. Tenía grandes planes para su perrito: le haría una acogedora casita en el jardín, le daría de comer todos los días, lo bañaría una vez a la semana, lo sacaría al parque cuando hiciera sol, y cuando hiciera frío se arroparía con él y mirarían las gotas de lluvia bailar en la ventana.
Así que, decidida, pidió a Papá Noel que le trajera un perrito. La mañana de Navidad, Antonia esperaba escuchar pequeños ladridos o ver alguno de los bultos bajo el árbol moverse, pero el único perrito que encontró fue un grande y mullido perro de peluche, negro y café, con unas orejas triangulares.
—Es un Pastor Alemán —le dijo mamá.
—Es un perro de mentira —respondió Antonia.
—¿Cómo de mentira? Si lo estás tocando, y ladra ¡ruf! ¡ruf! —bromeó papá.
Los hermanos de Antonia rieron, pero ella se enfureció.
—¿Cómo se va a llamar tu perrito?
—Pues Pinocho, porque todo en él es mentira.
Antonia permaneció fruncida hasta que mamá le sirvió una taza de chocolate espeso con su desayuno. Después tomó a Pinocho y le dijo:
—Bueno, Pinocho, yo no sé mentir, pero si tú haces como que eres un perrito de verdad, yo te cuidaré como si lo fueras.
Y Antonia se llevó a Pinocho con ella al jardín, le hizo una corona de flores, y lo puso en primera fila para que la viera jugar fútbol con sus hermanos.
Por la tarde, lo sentó educadamente junto a ella mientras cenaba, y luego le hizo lugar en el sofá para que viera la película con el resto de la familia.
En la noche lo cepilló antes de meterlo a la cama con ella. Al día siguiente, le puso una de sus cintas más bonitas para que estuviera guapo. También amarró con mucho esmero una canasta a su bicicleta para poder llevarlo al parque.
La familia sonreía al ver a Antonia con su Pinocho, parecía una niña feliz porque al fin tenía un perrito.
Pero Antonia tenía un secreto: por las noches, antes de cerrar los ojos, miraba por la ranura que dejaba la cortina en la ventana y a la estrella más grande le pedía un deseo:
—Deseo que Pinocho sea un perrito de verdad.
Pasaron los meses y Pinocho se había convertido en la sombra de Antonia: a donde ella iba, él iba con ella, y ella jamás lo dejaba olvidado afuera ni lo metía en su cama sin haberlo cepillado antes.
Tal como Antonia lo había planificado, cuando llovía se acurrucaba con Pinocho y miraban la lluvia desde el abrigo de la casita de cobijas que montaba para la ocasión.
Hasta que un día, jugando hasta muy tarde en el parque, cayó un aguacero repentino y los hermanos de Antonia la llevaron corriendo a casa. Al llegar, extrañó a Pinocho, que probablemente se había caído de la canasta de la bicicleta cuando los niños huyeron en desbandada.
—Tengo que ir a buscarlo —insistió, pero sus padres fueron estrictos.
—¡Ni hablar! Llueve como si el cielo se hubiera roto y te has mojado hasta los huesos. Sopa y a la cama. A primera hora buscaremos a Pinocho, no puede haberse perdido, con esta lluvia no hay nadie fuera.
Pero a la mañana siguiente Antonia no pudo levantarse de la cama, ardía en fiebre y estaba tan débil que no podía hacer más que dormir. Por las noches creía ver a la estrella brillar sobre su cama y entre sueños repetía:
—Deseo que Pinocho sea un perrito de verdad. —Y casi podía verlo corriendo tras ella desde el parque hasta la casa bajo la torrencial lluvia.
Una mañana, un rayo de luz despertó a Antonia, que abrió los ojos y vio que se encontraba en su cama, se sentía mucho mejor y la habitación se veía más luminosa. Palpó entre las sábanas buscando a Pinocho. Pero no estaba.
—¡Pinocho! ¡Pinocho!
Gritó con sus recobradas fuerzas, y entonces, en la alfombra junto a su cama algo se agitó, y un perrito negro y café de orejas triangulares saltó sobre el edredón y empezó a lamer las lágrimas de alegría que cubrían el rostro de Antonia.


Montserrat López Alsina es alumna de la XIII promoción del Máster de Narrativa de Escuela de Escritores. Nació en New Orleans y ha dedicado buena parte de su vida profesional a la literatura, en particular a formar educadores en torno al ámbito de la literatura infantil. Ha trabajado como profesora y conferencista tanto en E.E.U.U. como en Ecuador. Es licenciada en Literatura Anglosajona e Hispánica por The George Washington University, máster en Literatura Hispánica por la University of Florida y máster en Libros y Literatura Infantil y Juvenil por la Universidad Autónoma de Barcelona. Actualmente escribe desde Riobamba, Ecuador, donde el paisaje andino alimenta su vocación literaria.


Anterior Siguiente

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Cancelar Publicar el comentario

  1. Este cuento está a punto de ser una pequeña obra maestra. Pocas veces he visto la ambigüedad manejada con tanta destreza y con resultados tan estupendos. Hay que seguir escribiendo, Montse, la práctica te llevará lejos.

keyboard_arrow_up