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Zorras
«¡Desáteme, no aguanto más!» Relato
Por Álvaro Villarroel Publicado en Relatos en 28 junio, 2022 Un comentario 9 min lectura
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Zorras

 

Sebastián cazaba zorros, zorros machos, ya que la piel era más apreciada que la de las hembras. Empleaba a modo de cebo la orina de Eva, una zorra de pelaje anaranjado, ya un poco vieja, que tenía enjaulada desde hacía tiempo.
Esa tarde había armado tres trampas al costado del río en la linde con la finca de doña Emilia. Se fue a dormir pronto y se despertó a las cuatro de la madrugada para ir a comprobar si había capturado algún animal, a esas horas la Guardia Civil dormía y los zorros estarían más activos. Calentó café, abrió una bolsa de patatas fritas y se metió varios puñados en la boca. Arrojó la bolsa al suelo y se chupó los dedos para calmar el picor. Luego dio un largo sorbo al café y dejó la taza sobre la mesa de plástico, encima de una de esas cartas que ya nunca abría. La base de la taza, manchada por el café, formó un disco marrón en el sobre. Después se calzó las botas, cogió el zurrón, la garrota acabada en pincho y salió.
La vivienda de Sebastián estaba al final de una de las calles que bajaban desde la plaza del pueblo. El asfalto, a la altura de su casa, se convertía en grava, y se transformaba en un sendero angosto paralelo al cauce del río. Caminó rápido, pero evitando que crujiesen las pequeñas piedras que formaban la vía. Cuando llegó a la vereda, aminoró el paso. El pueblo ya quedaba lejos. La única vivienda que había en la zona era la casa rural de la finca de doña Emilia, tan solo habitada ocasionalmente por los turistas de la ciudad, puesto que ella vivía también en el pueblo.
Alcanzó la primera trampa, estaba vacía. Siguió andando hacia las otras dos, que las había colocado unos metros hacia el interior de la finca, y entonces escuchó un aullido. Seguramente un zorro todavía estuviera intentando escapar de la trampa. Se acercó agitado y, al alejarse del rumor del agua, pudo escuchar con más claridad. Se detuvo y aguzó el oído, sonaba como un lamento, quizás el animal estuviera agonizando. En ocasiones, los zorros, embelesados por la orina de Eva, su zorra en cautiverio, entraban a la jaula y escapaban al tiempo que se cerraba la trampilla, lo que les causaba desgarros profundos en la piel. Cuando Sebastián estuvo cerca, puso el pincho de la garrota delante para protegerse de un posible ataque del animal en caso de que se hubiera liberado. Siguió caminando hasta llegar a las otras dos trampas, pero estaban vacías. El sonido venía de mucho más lejos, provenía de la casa rural de doña Emilia, cayó en la cuenta de que no era un animal, debía de ser un huésped.
Esas voces habrían espantado a cualquier zorro que se acercara a la zona. Dio media vuelta para volver al pueblo, pero enseguida de nuevo esa voz, parecía una mujer sollozando. Volvió a detenerse, clavó el pincho de la garrota en la tierra húmeda y empezó a hacer movimientos circulares mientras escuchaba el llanto que se ahogaba en la distancia. Después de unos minutos, decidió ir a la casa de doña Emilia.
Los sollozos cesaron y el sonido de los grillos volvió a llenar la noche. Sebastián se acercaba a la casa, ya podía ver la silueta en la penumbra. Debía ser cauteloso, si doña Emilia se enterara de que él había estado en su propiedad, le denunciaría a la Guardia Civil. La luz que salía a través de los barrotes de la ventana proyectaba la imagen de una gran jaula. La construcción era de piedra con el techo de teja a dos aguas y un camino de pizarra conectaba la puerta de entrada con una explanada que hacía las veces de aparcamiento, donde estaba estacionado un todoterreno de lujo. Durante unos minutos no hubo más lamentos y siguió aproximándose hasta detenerse a unos metros de la ventana. No vio ningún movimiento. Se acercó al lateral de la casa cuando, de pronto, volvió a escuchar con nitidez el lloro de una mujer.
—Ay, ay… por Dios, por Dios…
Era una voz rendida, rota.
Muy despacio, pegado al muro de la casa, Sebastián avanzó hasta la ventana. Desde ese ángulo, entre los espacios que dejaban las cortinas, veía un sofá pequeño y encima una maleta abierta con ropa y un neceser con estampado de flores. Al lado, un escritorio donde había unas llaves, un paquete abierto de chicles de menta, dos copas de cava vacías y un bolso negro con cierres dorados. En el suelo, una camisa a rayas rojas y blancas y unos pantalones de hombre. Dio unos pasos para ampliar la visión del interior. Alcanzó a ver sobre la cama la espalda desnuda de un hombre, que estaba de costado sobre las piernas de la mujer. Una venda cubría los ojos de ella, tenía los brazos en cruz atados a la forja de la pared mientras cabeceaba a un lado y a otro, parecía agotada. Sebastián se aproximó a la puerta y movió el picaporte. Al entrar en la casa, escuchó a la mujer pedir ayuda. Ella sin duda lo había oído y su voz recobró vitalidad.
—¡Ayúdeme, por favor!
La puerta de la habitación estaba entornada, Sebastián la empujó con suavidad y observó la escena igual que uno de esos rompecabezas que son imposibles de solucionar. Se adentró en el cuarto y ella comenzó a hablar muy nerviosa.
—Por favor, ayúdeme. ¿Quién es? Necesito ayuda, por favor. Llevo horas así. ¿Quién es? ¿Doña Emilia?
Sebastián no dijo nada. Miraba a su alrededor haciendo un esfuerzo por comprender que estaba ocurriendo. La mujer, con las manos atadas al cabecero, solo llevaba la venda en los ojos y unas bragas naranjas. Las lágrimas junto con el rímel habían dibujado un camino negro hacia los lados de la cara. Las piernas y el torso estaban parcialmente ocultos por el cuerpo del hombre que permanecía inerte como un animal muerto. Al acercarse, Sebastián golpeó sin querer una silla.
—¡Desáteme, no aguanto más! ¡¿Quién es?!
La mujer movió la cabeza en dirección a él, como si de esa manera pudiese percibir mejor al visitante. Sebastián acercó el garrote por el lado del mango hacia el cuerpo del individuo. Lo apoyó sobre el hombro y lo empujó. Apenas se desplazó unos centímetros, era robusto y pesado.
—¿Quién está ahí?, ¿quién está ahí?, ¿quién está ahí?
Sebastián encajó la empuñadura del garrote en la clavícula del hombre, tiró con fuerza hasta que quedó boca arriba y liberó el cuerpo de la mujer. Ella hizo un ruido similar al graznido de un cuervo. La mujer exhibía unas carnes blandas y rosadas como el vientre de una vaca y un pecho abundante que se desparramaba hacia los costados. Encogió las piernas y dejó a la vista las sábanas amarillentas y empapadas de orina. Se había orinado.
Los ojos y la boca del hombre estaban entreabiertos. Era el aspecto de un cadáver y, a juzgar por el nerviosismo de ella, llevaría así horas. Sebastián tocó la cara del individuo, la piel estaba fría. Se alejó unos pasos y observó a la mujer, que se había hecho un ovillo y emitía un tenue sonido que a Sebastián le recordó al gemido de los cachorros cuando se ahogaban. La venda negra que tapaba sus ojos era de un satén grueso, era imposible que viese nada, en otro contexto podría haber resultado divertido o excitante, pero en esa situación resultaba ridículamente trágico. Sebastián se sentó en una silla y del zurrón sacó tabaco y papel de fumar. Lió un cigarrillo, lo encendió y en ese preciso momento fue como si ella se despertara de un trance.
—¡Le pido por favor que no me haga daño! Puede llevarse el dinero, solo le pido que no me haga daño. Necesito ayuda, no me haga daño. Se lo suplico.
Sebastián continuó fumando en silencio. Las bragas, empapadas de orina, atraían su mirada. Era imposible no mirarlas, tan sucias y tan húmedas como la cola peluda de Eva, su zorra. Si se acercaba lo suficiente, sin duda, podría olerlas. Se levantó y dio una última calada al cigarro.

 


Álvaro Villarroel es alumno de la XIII promoción del Máster de Narrativa de Escuela de Escritores. Madrileño de cuna y crianza, se licenció en Psicología en la Universidad Complutense. Después se formó como controlador aéreo, profesión que actualmente ejerce. Pasó casi veinte años trabajando como controlador en Barcelona, donde continuó sus estudios: un posgrado en Psicopatología en la Universidad de Barcelona, la licencia de Piloto comercial y, finalmente, escritura creativa en el Ateneu de Barcelona.


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