
Hay libros que no se explican desde fuera: se explican desde dentro, desde el lugar y el momento en que fueron escritos. Nadie es visible sobre la tierra, de Nerea Garrán, es uno de ellos. Concebido en el semiencierro de 2021, el poemario surgió de un curso online con Laura García de Lucas y fue creciendo hasta convertirse en un universo con voz y estructura propias. Detrás del libro hay una autora formada en historia del arte, vinculada a la investigación académica, que se adentra en la poesía como en un territorio de libertad donde el lenguaje puede ser tensado, reconfigurado y, sobre todo, jugado. Una autora que reivindica lo lúdico como parte esencial del hecho poético y que asume la ambigüedad como forma de pensamiento.
Desde La Rompedora, compartimos la conversación que Noelia Pereyra, alumna del Máster de Narrativa, mantiene con Nerea Garrán a propósito de este debut poético. La entrevista recorre los pliegues del libro desde su origen: el verso de Pizarnik que le da título, la invisibilidad como experiencia y como forma, la construcción de una voz performada que se sabe máscara sin dejar de ser íntima, las imágenes nacidas del siglo XVII y los diarios de Samuel Pepys, el equilibrio entre lo dicho y lo sugerido. Garrán nos habla también de lo que la poesía le permite y la narrativa le niega, del tiempo que hizo posible este libro y del proyecto híbrido, entre el diario y el ensayo, en el que trabaja ahora.
Este poemario comienza a escribirse en plena pandemia. ¿Cómo influyó ese contexto en el nacimiento del libro?
Lo empecé en 2021, en ese momento de semi-encierro en el que vivíamos con mascarillas y había todavía mucha incertidumbre. En esta época pasaba bastante tiempo en casa, así que decidí apuntarme a un curso online de poesía para poder seguir conectada con la escritura y con otras personas. Creo que ese contexto tuvo mucho que ver con el tema de la invisibilidad. Estábamos encerrados, aislados, en un espacio donde lo privado se intensificaba y lo público desaparecía. Todo eso permeó el libro sin que yo lo decidiera de manera consciente.
El título es profundamente evocador. ¿Cómo lo elegiste?
El título es de un verso de Alejandra Pizarnik, del poema «Un abandono», incluido en Los trabajos y las noches (1965). Lo descubrí leyéndola en esos días y, en el momento en que lo vi, supe que tenía que ser el título de mi poemario. No fue una decisión racional, no hice un análisis de pros y contras. Simplemente lo sentí así. Es como si hubiera cruzado un puente: tomo ese verso, lo atravieso, y después el puente desaparece. Queda la estela de Pizarnik, pero el título ya pertenece a otro universo, al que yo estaba construyendo.
La invisibilidad atraviesa el libro. ¿Qué significa para ti?
Tiene que ver con la fragilidad, pero también con el límite entre lo visible y lo invisible. En la pandemia vivíamos en una especie de repliegue. Y al mismo tiempo, si pienso en las redes sociales, vemos casi lo contrario: una exposición constante donde lo público y lo privado se confunden. Creo que el libro dialoga con esa tensión. Pero muchas de estas reflexiones las hago ahora, con distancia. Mientras escribía no pensaba en ello; estaba inmersa en una serie de sensaciones que luego he podido pensar y analizar mejor. También hay emoción y nostalgia por aquello que no has vivido, además de un sentimiento ambiguo de soledad, ligado al propio proceso creativo. Es la idea de saber que hubo una época en la que éramos felices, pero es como si de pronto todo el mundo hubiese desaparecido de la tierra.
En una de tus presentaciones del poemario, en la que estuve presente, has dicho que la voz del poemario no es del todo tú. ¿Quién habla en estos poemas?
Es una voz que me pertenece y no. Es una especie de personaje de mí misma, una voz performada. Creo que tiene que ver con esa idea de representación que también vivimos en redes sociales: somos y no somos cuando nos mostramos. Es una voz muy consciente de su artificio, pero al mismo tiempo muy íntima. Tampoco la construí de manera calculada; apareció sin más. Solo después entendí que estaba dialogando con una frontera entre identidad y representación. En ese momento trabajé con dos planos, por así decir: uno real (el de la poeta que escribe) y otro imaginado (el de la viajera temporal).
Las imágenes del libro son muy plásticas, casi surrealistas. ¿Cómo surgían?
Surgían de forma muy natural. Yo estaba inmersa en un universo muy particular: leía sobre el siglo XVII, sobre la restauración inglesa, los diarios de Samuel Pepys… Tenía la casa llena de libros de esa época. Las asociaciones salían solas porque era lo único que hacía durante el día: leer, investigar, mirar imágenes, escuchar música, pintar. Los primeros fogonazos eran como ensoñaciones, aunque luego trabajaba los poemas para que tuvieran coherencia. Y fue un proceso muy divertido. Hay una dimensión lúdica en todo esto que también quiero reivindicar.
Tus poemas parecen habitar el límite entre lo dicho y lo sugerido. ¿Cómo trabajas ese equilibrio?
Creo que tiene que ver con la propia poesía y con la ambigüedad de la que ya hemos hablado. La poesía no tiene que ver tanto con contar una historia como el lugar y la manera desde la que cuentas esa historia. Es como querer atrapar agua entre las manos, no se puede. Pero sigues intentándolo una y otra vez hasta encontrar la forma de hacerlo. También me gusta mucho la idea de abrirnos paso a machetazos en una selva virgen. Creo que esto es un poco el juego.
¿Qué te permite la poesía que no encuentras en la narrativa?
La poesía me permite ser más libre que la narrativa. Puedo retorcer el lenguaje, decir las cosas de otra forma, jugar a traspasarlo. Creo que la poesía es un terreno donde podemos permitirnos explorar sin juicio o censura a través de los subterfugios del propio lenguaje. Es más relajada, más flexible. Fíjate que yo vengo también de la investigación académica —estoy haciendo un doctorado en estudios artísticos y literarios— y esa escritura es muy exigente, me consume mucha energía. La poesía, aunque también tiene su dificultad, es más lúdica, más genuina. Eso la hace menos agotadora para mí. Siento que puedo pasarme horas trabajando en un poema sin cansarme.
¿Qué te gustaría que sintiera el lector al leer Nadie es visible sobre la Tierra?
Me gustaría conmoverlo, que sintiera que puede ir más allá de las palabras. Y que, a pesar de ser un poemario con una estructura y un final, también está abierto a posibilidades interpretativas. Me gustaría que sintiera curiosidad por bucear entre sus recovecos, atreviéndose a explorar otras lecturas, otros universos. Y es que la ambigüedad en la poesía es la que hace partícipe al lector en la construcción de sentido.
Antes de publicar Nadie es visible sobre la tierra has publicado una novela. ¿Dirías que tu novela fue influenciada por el poemario que ya tenías escrito?
Esto es interesante, porque es a partir del poemario que decido escribir una novela y no al revés, a pesar de que publicase primero la novela. Y sí, creo que, en parte, la influencia viene dada por el tono lírico que atraviesa la novela y que surge de la poesía.
Después de cinco años, ¿cómo miras hoy este libro?
Lo miro con cariño y con cierta distancia. Creo que en estos años he ganado seguridad técnica, llevo mucho tiempo formándome y ahora domino mejor las herramientas. Pero este poemario fue un estreno, un descubrimiento. También fue posible porque en ese momento tenía más tiempo para mí: podía leer, pintar, escuchar música… Podía explorar diferentes lenguajes artísticos sin la presión que tengo ahora. Ese espacio de libertad fue decisivo para crear el universo de Nadie. Hoy escribo desde otro lugar, pero reconozco en este libro el momento en que la poesía se convirtió en un territorio propio.
¿Cuál es tu próximo proyecto literario?
Sigo escribiendo poesía y narrativa al mismo tiempo, con un proyecto híbrido que me gustaría que viera la luz pronto. Un diario que tiene que ver con la poesía y el ensayo.