Me da miedo la llegada del invierno. No me importa el frío, pero no logro acostumbrarme al rugir del viento en mis oídos. Él solía decirme que el invierno era la mejor época del año. «Siempre puedes ponerte más ropa, pero cuando hace calor no te puedes desnudar así como así». Creo que lo decía para hacerme sentir mejor, para hacerme sentir menos solo. Pero desde que tengo memoria, todas las historias que me contaba se situaban en los días de verano. Solía llegar a la casa mucho después de que hubiese anochecido, ignorando por completo los gritos de mi madre, y salía corriendo a nuestra habitación para contarme con detalle las aventuras de las que había sido parte.
Al inicio de las vacaciones se había vuelto muy amigo con el hijo del dueño de la carnicería que quedaba sobre la calle principal. Él y mi hermano se solían encontrar en el callejón detrás de la tienda a primera hora para dirigirse hacia el camino secreto que llevaba al bosque y que más adelante conectaba con el río Livia. El objetivo en ese momento era recolectar suficiente munición para no tener que volver después, ya que la corriente solía crecer y se podía volver peligroso. Las piedras lisas y redondas eran las preferidas, ya que si se les veía de cierto ángulo se parecían a una bala de mosquete y mantenían su forma aun después de salir disparadas del tubo de PVC. Con eso, y con los dedos recortados de un guante de caucho, tenían suficiente entretenimiento para todo el verano. Mi hermano los llamaba «capa lobos», y decía que si conseguías un guante de buena calidad, las piedras salían lo suficientemente rápido como para romper el vidrio de una camioneta. El hijo del carnicero tenía más fuerza y podía hacer que las piedras volaran más lejos, pero mi hermano tenía la mejor puntería. Le podía dar a una botella desde cincuenta metros sin ningún problema. Cuando terminaban de afinar la puntería, mi hermano dejaba sus «rifles» guardados debajo de una piedra y se iba a entrenar en la cancha municipal hasta que anochecía. El entrenador del equipo le había dicho que tenía que sacarle más tiempo al fútbol si quería que las universidades se fijaran en él. Mamá también le decía que tenía que enfocarse en su futuro y tenía que entrenar con más seriedad. Nunca entendí por qué lo molestaban tanto: era fácilmente el mejor del equipo, y no es como si no entrenara, sí que lo hacía, solo que también le gustaba jugar con sus amigos. ¿Qué tan malo era eso? Cuando la gente habla sobre lo que sucedió, suelen hablar de mi hermano como si hubiese sido un delincuente, pero solo era un niño. Hizo lo que hubiera hecho cualquier otro chico de su edad.
Antes del accidente, le había rogado durante días que me llevara con él. Esa mañana tuve que seguirlo desde lejos, manteniendo una distancia para poder pretender que estaba caminando hacia otro lugar por si se molestaba conmigo, hasta que llegamos al callejón y no tuvo otra opción que dejarme ir con ellos. Él intentó mantenerme alejado y seguro. Yo fui el que tuvo la idea de ponerme una botella en la cabeza: me sentía mal por obligar a mi hermano a tener que pasar tiempo con él. Eso intenté recordarle durante las semanas que siguieron. No fue su culpa, fue la mía. Yo quise estar ahí. Nunca usé lo que sucedió en su contra, ni le di más importancia de lo que tenía que tener. Pero desde ese mes de agosto no se separó de mi lado. Poco a poco las cosas fueron regresando a la normalidad y, después de un tiempo, su voz paró de temblar cuando hablaba conmigo.
Mamá no tuvo la misma fuerza para acostumbrarse. Todo lo que podía escuchar durante las primeras noches después de regresar del hospital eran sus gritos, insultando a mi hermano, sin poder arrancarle ni una sola sílaba. Después de un tiempo los gritos se convirtieron en llantos, después en lamentos decaídos y finalmente su voz se apagó por completo. Se fue sin despedirse, aunque creo que se paró en el marco de la puerta de mi habitación y me vio durante un tiempo en silencio el día en el que partió.
Vivimos con mi tío por un tiempo, pero después de graduarse, mi hermano se convirtió en mi guardián, consiguió un trabajo en la carnicería y nos mudamos a un pequeño apartamento que quedaba en el mismo edificio.
Fue en ese entonces cuando los días se fusionaron los unos con los otros, haciendo que el paso del tiempo no se sintiera lineal, sino que los momentos se juntaron para formar una masa grisácea y amorfa. Él salía por las mañanas, para bajar por las escaleras del edificio y comenzar a preparar el local antes de que llegara el padre de su amigo. Yo salía a tientas de mi habitación y arrastraba una de las sillas del comedor para ponerla junto a la ventana. Me enfocaba en situar el ruido del pueblo en un segundo plano, para poder recrear lo que estaba sucediendo en la tienda detrás de mis órganos inútiles. Poco a poco, a medida que los días avanzaban, y que el clima afuera de la ventana se enfriaba cíclicamente, las voces se convirtieron en una imagen tan vívida como lo hubiera sido una obra de teatro.
La señora Cocker solía llegar los lunes y los jueves para comprar medio kilo de jamón y dos pollos enteros respectivamente, y siempre le pedía a mi hermano que preparara estos últimos en «corte mariposa». El señor Miller solía quejarse del olor y se demoraba alrededor de media hora cada vez que visitaba en decidir lo que se iba a llevar. La rutina solía ser la misma: al terminar, cuando el frío ya era casi que insoportable, y se podía sentir en cada rincón del apartamento, se podía escuchar la reja de metal chocando en contra del asfalto, lo que indicaba que la puerta de la entrada se iba a abrir entre setenta y dos y ochenta y seis segundos, dependiendo de la lentitud con la que decidía subir las escaleras.
Pero ayer se demoró un poco más. A eso del mediodía entró una voz que nunca había visitado antes. No pude escuchar con claridad sobre qué hablaron, pero la vibración en el aire me resultó extrañamente familiar. Lo único que pude escuchar fueron las palabras «otra vida» repetidas una y otra vez por ambas partes. Cuando terminó la conversación pude escuchar cómo mi hermano salía del local, hasta la entrada principal para despedirse de la voz misteriosa, cosa que nunca había hecho antes. Al cerrar el local, un leve aliento de humo logró abrirse camino hasta mi ventana. Cuando por fin llegó, no solo apestaba a cigarrillo, sino que tenía un tufo ácido y estaba arrastrando las palabras. Se fue a dormir sin despedirse, pero musitó que ya había llamado a alguien.
Alrededor de medianoche escuché una cuerda tensionarse con violencia y las vigas de madera crujir. Decidí quedarme cerca de la ventana, para buscar algo a pesar del rugir del viento. A lo lejos suena un canto, pero no creo que sean los pájaros. Ya se acercan las sirenas.

Juan Andrés Arango es alumno de la XVII Promoción del Máster de Narrativa de Escuela de Escritores. Nació en Bogotá, Colombia. Es narrador, poeta y abogado. Su obra explora el existencialismo desde los territorios de la nueva sinceridad y el surrealismo. Ha debutado en el mundo editorial con la novela Marginalia (Dos gatos Editores, 2025) y el relato Kleos (Ediciones Akera, 2025).