El problema no son las personas a las que amamos contra pronóstico, contra toda lógica, contra nosotros mismos a veces. El problema no son nuestras obsesiones imperiosas, perturbadoras e inconfesables. El problema no es el tiempo que corre demasiado despacio y que se resiste a adelantarse, deleitándose en semanas infinitas. El problema, el enemigo, son los deseos, es con ellos con los que hay que lidiar, con los que hay que acabar, a pesar de todo.
Algunos deseos desaparecen arrastrados por el viento, pero otros se aferran a los muros de modo sorprendente, se empeñan en subsistir al hambre, a las pulmonías y a los silencios. Algunos incluso sobreviven a las palabras, a la realidad y al mismísimo olvido. Cuando esto ocurre, cuando son los deseos los que se adueñan del bolígrafo y escriben sin teclas ni música, cuando van arañando las paredes del cráneo hasta ensordecerlo, cuando se meten por el esófago y te dan la vuelta desde dentro, hay que acabar con ellos.
Es difícil, porque son seductores. Al principio se perciben mullidos y calientes, como un lugar en el que descansar. Son dolor que se siente al respirar, y por lo tanto sabes que respiras, y eso suena a campana alegre y a un momento de sol entre algodones grises. Son conciencia de la boca y de los dientes, que los contienen y los alientan. Son letras que forman palabras en la arena, que se escriben una y otra vez, no importa cuántas veces las disfrace el agua. Son brillos a los que persiguen niños hechizados, son páginas que hacen promesas, que dibujan soles, que construyen hologramas de respuestas. Y hay que matarlos así, fabulosos, a veces inmensamente tiernos, inmensos. Hay que matarlos, a pesar de todo.
A pesar de todo. A pesar del modo en que te envuelven con dulzura, a pesar de los ojos, a pesar del pecho. Porque a veces pesan, pesan como las dimensiones del mundo. A veces se echan a volar y te subes en ellos hacia abajo y no hay modo de remontarlos. A veces te alimentan con plomo. A veces están al fondo del abismo, y parecen cometa, pero son ancla. A veces flotas en ellos con cemento en las piernas, y hay que matarlos. A pesar de todo.
Hay deseos que son fáciles de eliminar. Algunos, de hecho, nacen muertos, abortados en cualquier punto de la gestación por las dudas, los miedos infecciosos o el esfuerzo de las uñas clavándose en el vientre. Otros no llegan ni a engendrarse, conscientes de la esterilidad absoluta a la que se enfrentan. Algunos se van cayendo solos por el camino, acaban aplastados en parabrisas o expulsados por los neumáticos a las cunetas.
Pero hay deseos que se te incrustan en la piel como garrapatas, que están conectados con la sangre, con las vísceras, con algo que no podemos arrancar sin desgarrarnos a nosotros mismos. A esos hay que evitar mirarlos a los ojos, a toda costa. Es mejor taparles la cara con otras caras, aturdirlos con un movimiento incesante, negarlos en todos los idiomas, hay que hacerlo o se corre el riesgo de caer hipnotizados sin remedio. Son vampiros a los que no puedes evitar acercarte, a los que regalas tu sangre sabiendo en qué terminará todo. Es ahí cuando hay que acabar con ellos, al límite de lo irremediable, cuando te parece que eso es lo que más ansías, justo ahí. El momento en que la estaca se clava, el más terrible, en ese instante mueren muchas cosas, hay que saberlo. Mueren los espejos, muere la línea de los ojos, y es una muerte sin temblor, sin suspiros, sin música de fondo. La más terrible de las muertes.
Por eso, a veces, tu decisión inquebrantable de hacerlo vacila, dudas solo un instante, pero la oportunidad se pierde. Y en el fondo es eso lo que querías, y con una feliz inconsciencia les das un tiempo más, un instante más, mientras ellos germinan dentro acaparando los días, instalándose en la columna vertebral, trastocando las frases, dominando las manecillas del reloj. Y disfrutas de que crezcan y te exploten por dentro, sin que nadie se dé cuenta. Esperas, porque sabes que es imposible matarlos sin que cambie el tiempo para siempre, sin que todo se desdoble, sin que se desalen los océanos, sin que se confundan las oscuridades. Pero ha de hacerse. A veces lo sabes. A pesar de todo.
Así que no los matas realmente, pero te cuentas una épica versión de tu victoria en la batalla. Te cantas una nana para hipnotizarte, «ya no importa», «ya no es nada», «ya no es nadie», tarareas. Lo cierto es que no te sorprende cuando, pese a todo, el deseo rebelde resurge, al igual que lo hace una planta arraigada en la fractura de la roca, no importa cuántas veces haya sido arrancada, cuántos inviernos hayan pasado sin que haya dado señales de respirar ni de mecerse. A veces, sin más, alguien pronuncia su nombre, a veces emergen sin querer imágenes que no estaban en las fotos, a veces los sueños se rebelan y van en línea recta. A veces, algunos deseos, sencillamente, vienen a demostrar que no podemos matarlos, que se morirán cuando ellos decidan hacerlo.
Y un día, quizás, sin que hubiera podido intuirse en modo alguno, descubres que esos deseos eternos llevaban tiempo muertos, que agonizaron solos susurrando muy bajito para que nadie pudiera oírlos. Murieron cuando tuvieron a bien hacerlo, quién sabe qué causas y efectos operaron en ello. Y saberlo es como llegar, náufrago, a una isla desierta en la que esperas encontrar alguna señal de vida, en la que alucinas ruidos y sombras sin significado, y te das cuenta de que, cuando menos esperabas que ocurriera, ya no hay nada. El deseo se ha ido, sin más, de modo irreversible, por quién sabe qué razones, sin dejar ninguna clave para la posteridad sobre cómo hubiera podido ser exorcizado. Simplemente decide morirse, contra pronóstico, cuando le da la gana.
Y entonces, a pesar de todo, lloras como solo se llora por lo irremediable. Por última vez.

Anabel González es alumna de la XVII Promoción del Máster de Narrativa de Escuela de Escritores. Es psiquiatra especializada en trauma, docente, investigadora y divulgadora. Autora de numerosos libros de divulgación sobre salud mental, traducidos a varios idiomas, el más reciente de los cuales es Lo que no pasó (Editorial Planeta). Dirige Imaya Editorial, una pequeña iniciativa orientada a la interconexión entre salud mental y literatura. Colabora en los programas de radio No son horas (Onda Cero) y Tras la tormenta (Radio Nacional).
Hay en tu texto, Anabel, una verdad que no se deja domesticar, una rebeldía, la de los deseos que nos habitan aunque intentemos enterrarlos. Lo has escrito con una belleza que duele, como si cada palabra supiera exactamente dónde rozar para despertar lo que parecía dormido.
Y, sin embargo, lo más valiente no es nombrar su muerte, sino no haber dejado morir el impulso de escribirlos. Porque ahí, en esa obstinación por experimentar la literatura, el deseo no se asesina, se transforma, respira de otro modo, pero sigue vivo.
Felicidades por eso. Por seguir abriendo grietas donde aún crece la palabra y compartiéndolo.
Como siempre un verdadero placer aproximarse de tu mano a la psique humana.