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Los Lloradores del cielo
«La tormenta cargó de corriente el mecanismo hasta que las bombas hidráulicas reventaron.» Relato
Por Guillermo Rochette Publicado en Relatos en 8 abril, 2026 0 Comentarios 5 min lectura
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Los Lloradores del cielo

 

Cuando éramos niños, debido a las recurrentes sequías, los artesanos de nuestro pueblo aprendieron a decantar las nubes. En todo el desierto, eran conocidos como los Lloradores del cielo.

Decantaban siempre en los días nublados. Unían, una tras otra, largas cañas de azúcar agujereadas, luego apuntaban hacia arriba lo más que podían, y, como un llanto, conseguían exprimir  las nubes gota a gota. Nosotros, a veces, empujados por la sed y por la impaciencia infantil, mientras sucedía el goteo, pegábamos nuestras lenguas agrietadas al extremo de la caña y el agua sabía dulce y fantaseábamos sobre estar sorbiendo de un charco en el aire con una pajita de madera altísima.

Durante una larga década, decantar las nubes nos trajo prosperidad. El agua corría del cielo a la tierra, de mano en mano, de boca en boca; el agua se repartía a demanda. Los  nuestros podían lavar la ropa, se aseaban y bebían hasta saciarse. Con eso era suficiente. Incluso restaba para los visitantes, que comenzaron a recorrer vastos kilómetros de arena y calor para conseguir al menos un bidón con el que consolar a sus propios pueblos. Y los Lloradores del cielo los abastecían, sacaban las cañas, decantaban. Y los Lloradores del cielo les donaban hasta dos bidones con tal de que no repitieran tan a menudo aquel trayecto riesgoso.

Alguno vio negocio en aquello. Nos condenó a todos vendiendo a nuestras espaldas el agua que le había sido regalada.

Otros oportunistas lo imitaron. Litros y más litros empezaron a ser vendidos en lugares ignotos. A nuestros artesanos, que al principio tenían buena fe, se les ofreció una ridícula comisión. La aceptaron. Con los años, nuestro pueblo volvió a estar sediento, el desierto estéril. Igual que los visitantes, también nosotros tuvimos que empezar a comprar el agua.

Al poco, aparecieron extranjeros pudientes dispuestos a levantar mercados para tantos clientes; a levantar una fábrica para tantos mercados. Y casi como un síntoma propio de la sed, nos entregamos a trabajar en ella.

Atrás quedaron los tiempos de los artesanos. Tan altos eran los tubos de acero sobre el hormigón como una vez lo fueron las cañas de azúcar. Estos, sin embargo, emanaban gases, empodrecían el aire. Una estructura que no podía pertenecer al desierto; incómoda para nosotros como caminar descalzos sobre arena caliente. Pero ahí estaba, descomunal, gris, y cuando cruzábamos la puerta, pasábamos por debajo de un gran cartel en la fachada que decía: «Los Llorados del Cielo S.A.».

Nos hacían memorizar el proceso. Lo llamaban licuefacción a baja temperatura. Utilizando bombas hidráulicas, inyectábamos presión en las nubes, y a través de conductos, lo suficientemente fríos para volverlas líquidas al instante, recogíamos el agua, llenábamos tanques. No sabía dulce. Este  agua que ahora bebíamos era insípida e incolora, como el hielo. Así descubrimos que en realidad las nubes solo eran toneladas de cristales congelados, y que le debíamos a la atmósfera que no se nos cayeran encima.

Aunque a veces lo deseáramos. Rogábamos por que el cielo entero se viniera abajo, infiltrándose en todas partes.

Porque trabajábamos incluso cuando salía el sol y cobrando poco. Hicimos el cálculo: por cada día profundamente nublado, con lo que ellos hubieran podido erigir mares sobre cemento, a nosotros se nos daba para comprar un bidón, dos a lo sumo. La cantidad diaria que debíamos producir era inequívocamente precisa; notaban la diferencia cuando bebíamos de los tanques. Por eso algunos se empleaban incluso en días soleados, con tal de encontrar una nube más para completar la cuota, para saciarlos, para intentar saciarse. Eso provocó una indignación irreparable en nosotros.

Con paciencia mezquina, esperamos a una de esas pocas mañanas en las que se nos tenía prohibido decantar: cuando campaba un temporal violento. Ese día nos colamos en las instalaciones, encendimos las máquinas, dejamos que funcionaran durante horas y horas; hicimos el mismo trabajo que de costumbre. Pero, esta vez, la presión resultó excesiva. Logramos saturar los conductos y desbordar los tanques. La tormenta cargó de corriente el mecanismo hasta que las bombas hidráulicas reventaron. El agua inundó la fábrica. No sin peligro, conseguimos huir mientras se desplomaba.

Fuera, protegidos por la distancia,  observamos. El agua y el metal hicieron estallar las cristaleras. El caudal corría hasta tocar la arena. Se formaron ríos que en cuestión de minutos discurrieron en dirección al pueblo. Cuando llegamos, nadie preguntó cómo había sucedido, ni siquiera los ya ancianos Lloradores del cielo. Las familias recogían con cubos el agua que se serviría más tarde en la mesa. Los niños chapoteaban, pegaban el pecho al suelo mojándose la cabeza. El temporal había cedido y podía verse el sol de un cielo completamente despejado. Por un momento, temimos que fuera irreversible, temimos que el cielo quedará así, tan azul.

 


Guillermo Rochette Martín es alumno de la XVI promoción del Máster de Narrativa de Escuela de Escritores. Nació en Madrid. Acaba de licenciarme en Ciencias Físicas en la Universidad Complutense y está firmemente decidido a dedicar su futuro a la literatura.


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