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El ruido en que nadamos
El ruido en que nadamos, de Pablo Sánchez-Llano Reseña
Por Izaskun Garikano Publicado en Reseñas en 1 abril, 2026 0 Comentarios 5 min lectura
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El ruido en que nadamos

 

El ruido en que nadamos, de Pablo Sánchez-Llano, parte de una premisa mínima: un joven espera en un parque un último encuentro. Pero esa espera no es el punto de partida de la acción, sino su interrupción. Sobre ese instante suspendido, Sánchez-Llano construye una novela de interioridad en la que el tiempo y la memoria dejan de ser temas para convertirse en principios arquitectónicos: el presente no avanza, se abre hacia el pasado en una dinámica discontinua y asociativa que responde no a la lógica cronológica, sino a la emocional. El trauma de la pérdida materna es el eje que lo organiza todo, y el ruido del título, esa memoria que no se deja articular en discurso, el fondo sordo que lo atraviesa.

Desde La Rompedora, compartimos la lectura que Izaskun Garikano, alumna del Máster de Narrativa, dedica a esta novela singular y exigente. Su reseña atiende a los mecanismos formales con los que el libro sostiene su propuesta: la estructura centrífuga, los procedimientos próximos al flujo de conciencia, el control compositivo que le da coherencia afectiva a un relato donde las referencias temporales permanecen deliberadamente inestables. Izaskun nos recuerda que la potencia de esta novela reside en la correspondencia entre forma y experiencia: la fragmentación no es estilo, sino la expresión de una subjetividad que percibe el tiempo como algo que no pasa, sino que regresa.

 

El ruido en que nadamos
de Pablo Sánchez-Llano

Reseña de Izaskun Garikano

Tiempo suspendido y memoria fragmentaria en
El ruido en que nadamos

En El ruido en que nadamos, Pablo Sánchez-Llano construye una novela de interioridad cuya trama se construye sobre una premisa mínima: un joven espera en un parque un último encuentro. Huérfano de madre desde los doce años, ese tiempo de espera no funciona como punto de partida hacia la acción, sino como una superficie en la que el presente queda suspendido. 

Sobre esa grieta abierta en el presente, Sánchez-Llano construye una narración en la que tiempo y memoria dejan de ser meros temas narrativos para operar como principios estructurales. Ese instante detenido funciona como punto de anclaje desde el cual se despliegan incursiones en la memoria. Los recuerdos emergen por contigüidad afectiva, se superponen en una dinámica que no corresponde al tiempo cronológico, sino al emocional, más discontinuo y asociativo, y resignifican la espera. 

En este sentido, la estructura de la novela puede entenderse como centrífuga: el presente no avanza, sino que se abre en múltiples direcciones que expanden el relato hacia el pasado. Cada recuerdo no esclarece, sino que introduce nuevas zonas de ambigüedad, reforzando la percepción de una subjetividad fragmentada. La memoria, lejos de operar como herramienta de reconstrucción, aparece como un territorio inestable, atravesado por lagunas, repeticiones y distorsiones. 

La espera adquiere así una dimensión estructural y simbólica. No es únicamente el marco de la acción, sino la condición de posibilidad del relato de una conciencia marcada por el trauma que se narra a sí misma. Porque eso es lo que la narración explora en ese breve tiempo suspendido. La pérdida materna es el  núcleo que articula la experiencia del protagonista y la causante de la alteración de su percepción del tiempo: la herida del pasado no está cerrada e irrumpe continuamente modulando el presente.  

Formalmente, esta concepción se traduce en una prosa que incorpora procedimientos próximos al flujo de conciencia —transiciones no señalizadas, elipsis, encadenamientos asociativos— sin renunciar a cierto control compositivo. Sánchez-Llano no busca reproducir el desorden mental, sino darle forma, establecer una lógica interna que, aunque no narrativa en sentido clásico, resulta reconocible en su coherencia afectiva. La lectura exige, por ello, una atención sostenida, capaz de orientarse en un espacio donde las referencias temporales permanecen deliberadamente inestables.

El “ruido” al que alude el título puede leerse como metáfora de esa memoria que no se deja articular en discurso, que persiste como fondo sordo y constante y condiciona toda percepción. No hay síntesis ni resolución: el encuentro esperado carece de centralidad frente a la experiencia misma de la espera. La novela se cierra sin clausurar, fiel a una concepción del tiempo en la que el pasado no pasa, sino que continúa operando.

En última instancia, la potencia de El ruido en que nadamos reside en la correspondencia sostenida entre su forma y la experiencia que relata. La fragmentación, la suspensión y la deriva no son meros recursos estilísticos, sino la expresión de una subjetividad que percibe el tiempo y la memoria como elementos que permanecen e irrumpen en el presente con insistencia, y su tratamiento riguroso determina su eficacia. 

 


Izaskun Garikano es alumna de la XVI Promoción del Máster de Narrativa de Escuela de Escritores. Nació en Donostia. Es licenciada en Ciencias de la Información por la Universidad del País Vasco y Realizó sus primeras colaboraciones con medios locales de su ciudad y trabajó durante dos años en el gabinete de prensa de los Cursos de Verano de la Universidad del País Vasco. Desde entonces, se ha dedicado a elaborar textos periodísticos para organizaciones relacionadas con la economía social. Su trayectoria profesional hace que sus intereses temáticos se relacionen con la dislocación de las personas en la sociedad.


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