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Los idólatras y todos los que aman
Los idólatras y todos los que aman, de Adriana Murad Konings Reseña
Por Gabriel Campana Publicado en Reseñas en 22 abril, 2026 0 Comentarios 7 min lectura
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Los idólatras y todos los que aman

 

En Los idólatras y todos los que aman (Anagrama, 2025), Adriana Murad Konings regresa con una novela que explora el duelo, la ficción íntima y la necesidad de creer. Graduada del Máster de Narrativa de Escuela de Escritores y autora de Los días leves, seleccionada para el Premio Herralde en 2020 y finalista del Premio Nadal en 2023, Murad Konings ha construido una voz singular dentro de la narrativa española contemporánea.

En esta reseña, Gabriel Campana se adentra en la espiral emocional que la autora traza entre Rita, una doctoranda ensimismada, y Elizabeth, su casera devota. Nos guía por los mecanismos de la mentira como consuelo, el amor a los animales como último asidero afectivo y el modo en que la ficción moldea la realidad hasta desdibujarla. Los invitamos a acompañarnos en esta lectura que, más que respuestas, nos deja preguntas incómodas sobre aquello que estamos dispuestos a creer.

 

LOS IDÓLATRAS Y TODOS LOS QUE AMAN
de Adriana Murad Konings

Reseña de Gabriel Campana

 

En Los idólatras y todos los que aman (Anagrama, 2025), Adriana Murad Konings propone una novela tan sutil como incisiva, donde un hecho en apariencia doméstico y menor se convierte en el germen de una historia inquietante, profunda y conmovedora. La autora se adentra en las zonas grises del duelo, las dinámicas familiares disfuncionales, la percepción trastocada y la necesidad humana —íntima, desesperada— de creer, aunque sea en lo imposible.

A partir de un hecho desgarrador, la novela se repliega sobre sí misma como una espiral, avanzando hacia un centro emocional cada vez más denso. En ese movimiento hacia lo íntimo, dos mujeres que no podrían parecer más distintas quedan unidas por un vínculo que al principio se insinúa como fortuito, pero que poco a poco se revela como una forma de destino compartido. Rita, una doctoranda ensimismada en su tesis, y Elizabeth Jameson, su casera, ordenada y devota, se presentan como figuras antagónicas, pero a medida que avanza la historia, comienzan a reflejar —casi sin querer— las zonas oscuras, frágiles y no dichas de la otra.

La novela construye una red compleja de espejos: entre lo visible y lo oculto, entre la verdad y lo creíble, entre el afecto y la necesidad. Lo que podría haber sido una farsa ligera se convierte, bajo la mirada precisa de Murad Konings, en una reflexión penetrante sobre la mentira como forma de consuelo. La autora no juzga a sus personajes, pero los muestra con una exactitud quirúrgica, iluminando sus debilidades y contradicciones sin condenarlos.

Es ahí donde la novela se ensancha y no deja de crecer. Porque ese equívoco —del que Rita es cómplice silenciosa— no solo se mantiene, sino que se intensifica. En parte por la sugestión de Elizabeth, que comienza a ver señales que refuerzan su creencia, y en parte porque Rita, lentamente, empieza a participar del juego que ella misma ayudó a desencadenar. Como si esa verdad falsa, esa pequeña mitología doméstica, ofreciera algo más soportable que la realidad: una lógica alternativa, más amable, más necesaria. Una ficción que ambas, en distinta medida, terminan por necesitar.

Esta construcción no se da en el vacío. Alrededor de Elizabeth se dibuja una familia donde cada vínculo está tensionado. Florian, su hijo, la culpa por el accidente que marcó su vida. Su nuera parece más interesada en la casa que en cualquier lazo afectivo real. Sus nietos se mueven entre el desapego y la obligación. En ese paisaje árido, la figura de su mascota —ese lazo afectivo sin condiciones— es el único asidero emocional que Elizabeth reconoce como propio. En cuanto a Rita, su vida académica y personal gira en torno a una fascinación por lo extraño, lo espectral, lo que se niega a desaparecer.

El gran mérito de la novela está en su ambigüedad, en su capacidad de permitir que los matices respiren. Es una obra que se mantiene en ese espacio inestable donde lo emocional y lo narrativo se entrelazan con naturalidad. La novela ofrece una lectura intensa, estilísticamente impecable, capaz de sostener en un mismo plano lo absurdo y lo verdadero, el engaño y la ternura.

La prosa de Murad Konings es sobria, elegante, con destellos de humor negro que estallan en los momentos justos. Cada capítulo funciona como una escena que avanza en varias direcciones a la vez: emocional, simbólica, argumental.

Uno de los núcleos simbólicos más poderosos de la novela es el amor a los animales. Pero no como sentimentalismo fácil, sino como núcleo afectivo real, como espacio donde los personajes encuentran una forma de lealtad y ternura que les es esquiva en sus vínculos humanos. En un mundo donde los afectos se encuentran mediado por el interés, la obligación o la culpa, la relación con un animal aparece como lo más sincero que alguien puede experimentar. Y también lo más devastador cuando se quiebra.

Como en toda gran novela, hay una lectura subterránea que late bajo la superficie. Los idólatras y todos los que aman habla del poder de la ficción: de cómo las historias —las que leemos, las que contamos, las que inventamos para sobrevivir— pueden moldear la realidad hasta el punto de desdibujarla. En este sentido, Rita actúa como una especie de narradora encubierta, una figura ambigua y fascinante que manipula y cree al mismo tiempo. Es la que pone en marcha una ficción y acaba atrapada en ella. La que desea tanto una verdad, que termina por fabricarla. La novela se pregunta, sin hacerlo de manera explícita, qué valor tiene la verdad cuando una mentira puede ser más reparadora. Y si, en ese caso, seguir sosteniéndola es una forma de compasión o una forma de escape.

Al cerrar la novela, queda una sensación extraña: no de certeza, sino de inquietud. Como si uno también hubiera elegido, en algún punto, creer. Como si lo importante no fuera descubrir lo que realmente sucedió, sino entender por qué necesitamos pensar que pudo haber pasado.

Una lectura que no solo conmueve, sino que deja una pregunta incómoda y persistente: ¿qué estamos dispuestos a creer para no estar solos? ¿Y cuánta parte de nuestra vida se sostiene sobre ficciones construidas con cariño, con miedo, con desesperación?

Con esta novela, Adriana Murad Konings no solo consolida su voz como una de las más singulares de la narrativa española contemporánea, sino que demuestra que la literatura, en sus mejores formas, es ese lugar donde la mentira y la verdad se confunden para que podamos seguir viviendo.

 


Gabriel Campana es alumno de la XVI Promoción del Máster de Narrativa de Escuela de Escritores. Nació en Buenos Aires, Argentina, y desde niño comenzó a escribir sus primeros relatos. Más adelante, participó en diversos talleres literarios. Algunos de sus cuentos han sido publicados en antologías y en la revista literaria Alborismos. Fue finalista en el “VI Certamen Nacional de Poesía y Cuento Breve de Ediciones Ruinas Circulares”, en el «8.º Premio Itaú de Cuento Digital» y en el “IV Premio de Abreu 2024”. También fue finalista en el «IV Concurso de Letras Marinas» y en el “Premio Iberoamericano Rubín de Novela 2021” con su novela corta Una vida mejor. Recibió el segundo premio en la «IX edición del Certamen Internacional de Relatos Patricia Sánchez Cuevas», presidido por Almudena Grandes.


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